China lleva casi medio siglo intentando modificar uno de los paisajes más hostiles de Asia. En 1978 puso en marcha el Programa de Bosques Refugio de los Tres Nortes, una operación de restauración ecológica de dimensiones difíciles de comparar con casi cualquier otro proyecto del planeta.
Su objetivo inicial no tenía demasiado que ver con el cambio climático: había que detener el avance del desierto, estabilizar las dunas y reducir las tormentas de arena que amenazaban ciudades, carreteras y campos agrícolas del norte chino. Pero 48 años después ha aparecido una consecuencia que entonces era mucho más difícil de imaginar.
Los márgenes del desierto de Taklamakan, en Xinjiang, están mostrando una capacidad creciente para retirar dióxido de carbono de la atmósfera. Un estudio publicado en enero de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) concluye que la restauración y expansión de la vegetación están transformando partes de este entorno hiperárido en un sumidero neto de carbono.
Una obra que ocupa más de cuatro millones de kilómetros cuadrados

El Taklamakan no es el desierto más grande del planeta (como afirman algunas versiones de esta historia), pero sí el mayor desierto de China y uno de los grandes desiertos arenosos del mundo. A finales de 2024, las autoridades anunciaron otro hito: habían conseguido completar un cinturón vegetal de 3.046 kilómetros que rodea completamente el desierto.
Ese cinturón forma parte de algo todavía mayor.
El Programa de los Tres Nortes abarca el norte, noreste y noroeste de China. Para 2050, su área de actuación superará los cuatro millones de kilómetros cuadrados repartidos por 13 regiones provinciales, aproximadamente el 42,4% del territorio chino. Desde 1978 se han añadido unos 32 millones de hectáreas de superficie forestada dentro del proyecto.
La cobertura forestal de las regiones incluidas pasó del 5,05% en 1978 al 13,84% en 2023, según datos oficiales. Y ahora los satélites están detectando que el cambio también se produce en la atmósfera.
El CO₂ empezó a contar otra historia

Los investigadores analizaron aproximadamente 25 años de datos sobre vegetación, precipitaciones, fluorescencia inducida por el Sol (una forma de medir la actividad fotosintética) y el intercambio de CO₂ entre la superficie y la atmósfera.
El resultado muestra una expansión sostenida de la cobertura vegetal, acompañada de un aumento de la fotosíntesis y de una tendencia hacia una mayor absorción neta de carbono. Los cambios se concentran especialmente en los márgenes del Taklamakan, precisamente donde se han desarrollado muchos de los esfuerzos de restauración.
Eso significa que una región considerada durante mucho tiempo prácticamente un vacío biológico comienza a retirar más carbono del que devuelve a la atmósfera en las áreas estudiadas.
No convierte al Taklamakan en un bosque ni supone que todo su interior esté reverdeciendo. La transformación está ocurriendo fundamentalmente en sus bordes.
Hay un resultado espectacular y también un debate científico
La explicación, además, no está completamente cerrada.
Otros científicos han cuestionado durante 2026 cuánto del aumento del sumidero de carbono puede atribuirse exclusivamente a la reforestación. Factores como el riego, las aguas subterráneas, la expansión agrícola, la fertilización por el aumento del CO₂ atmosférico y procesos propios del suelo desértico podrían influir también en las mediciones.
Los autores del estudio original han defendido posteriormente que esos factores no explican por sí solos la tendencia observada y mantienen que la revegetación de los márgenes desempeña un papel fundamental.
Ahí está precisamente lo más interesante del Taklamakan. China empezó esta operación en 1978 intentando detener arena con vegetación. Casi medio siglo después, el experimento ha alcanzado una escala suficiente como para que los científicos estén discutiendo algo bastante más grande: hasta qué punto es posible transformar uno de los ambientes más secos del planeta para que termine retirando carbono de la atmósfera.