Hay días en los que el cielo parece no aclarar nunca y, de repente, una galleta, un chocolate o un plato caliente resultan mucho más tentadores de lo habitual.
No es una sensación completamente inventada. Diversos estudios han encontrado que el apetito y las preferencias alimentarias pueden variar con las estaciones, especialmente durante otoño e invierno. En algunas personas, estos cambios también se relacionan con un mayor deseo de consumir carbohidratos.
La explicación, sin embargo, es más compleja que culpar directamente al llamado chorro polar.
Qué tiene que ver el chorro polar con el mal tiempo
El jet stream o corriente en chorro es una franja de vientos muy intensos que circula a gran altura y ayuda a dirigir sistemas de altas y bajas presiones.
Cuando su trayectoria se ondula o se desplaza, puede favorecer períodos prolongados de lluvia, nubosidad o tiempo estable dependiendo de la región. En determinadas configuraciones, estas ondulaciones pueden contribuir a que un patrón meteorológico se mantenga durante días o semanas.
Eso significa que el chorro polar puede influir indirectamente en la cantidad de sol que recibimos, pero no existe evidencia de que actúe directamente sobre los circuitos del hambre.
La conexión más plausible está en lo que ocurre después: menos luz, cambios en los horarios y una modificación de nuestros ritmos biológicos.

Menos luz puede cambiar el apetito y el estado de ánimo
La exposición a la luz es una de las principales señales que utiliza el cerebro para ajustar el ritmo circadiano, el reloj interno que regula sueño, actividad, hormonas y otros procesos fisiológicos.
Durante los meses con menos horas de luz, algunas personas experimentan cambios importantes en el estado de ánimo y el apetito.
Esto es especialmente evidente en el trastorno afectivo estacional, una forma de depresión que aparece recurrentemente en determinadas épocas del año y que puede incluir aumento del apetito, mayor ingesta calórica y deseo de alimentos ricos en carbohidratos.
Un estudio clásico también encontró que las personas con este trastorno presentaban modificaciones estacionales en su respuesta al sabor y en sus antojos de carbohidratos.
La serotonina no explica todo
Durante años se popularizó la idea de que comer carbohidratos aumenta automáticamente la serotonina y, por eso, el cerebro “pide dulces” cuando hay menos luz.
La realidad es menos sencilla.
La serotonina participa en la regulación del estado de ánimo y del apetito, y se han propuesto alteraciones en este sistema como parte del trastorno afectivo estacional. Sin embargo, los investigadores todavía no cuentan con una explicación única capaz de relacionar directamente cielo gris, serotonina y antojo de azúcar.
Una revisión sistemática sobre alimentación y trastorno afectivo estacional encontró diferencias en los hábitos alimentarios de quienes lo padecen, pero también concluyó que las intervenciones basadas simplemente en aumentar el consumo de carbohidratos no han demostrado mejorar los síntomas.
MASSIVE JET STREAM DEFORMATION ÜBER SÜDEUROPA – ….
er mäandert und bildet starke Höhenströmungen mit 250 – 300 km/h aus – ein Garant für Wetter-Extreme! pic.twitter.com/oCP2STwuoi
— hendrik R. hannes (@hendrikRhannes) September 22, 2026
En otoño podemos comer más aunque no tengamos depresión estacional
El fenómeno tampoco se limita a personas con un diagnóstico clínico.
Un estudio realizado con 315 adultos encontró un patrón estacional en la alimentación: durante el otoño aumentaban la ingesta calórica total y, especialmente, el consumo de carbohidratos. También se registraron comidas más grandes y una mayor sensación de hambre.
Otros trabajos han observado una tendencia hacia un mayor deseo de carbohidratos durante otoño e invierno en parte de la población.
Eso sugiere que factores ambientales y estacionales pueden modificar nuestra conducta alimentaria incluso sin producir un trastorno del estado de ánimo.
Entonces, ¿por qué apetece tanto la “comfort food”?
Probablemente intervienen varios mecanismos al mismo tiempo.
Menos luz puede alterar los ritmos circadianos y el estado de ánimo. El frío también cambia nuestras rutinas: pasamos más tiempo en interiores, nos movemos menos y estamos más expuestos a alimentos altamente palatables.
A eso se suman factores culturales. Asociamos los días fríos o lluviosos con chocolate, repostería, sopas, pastas y otros platos que solemos considerar reconfortantes. Por eso, la explicación no es tan simple como “el mal tiempo hace que el cerebro necesite azúcar”.
Lo que sí sabemos es que las estaciones pueden influir en el apetito y en nuestras preferencias alimentarias, y que la reducción de la luz parece desempeñar un papel importante en algunas personas.
El chorro polar puede ayudar a explicar por qué el cielo permanece gris durante días. Pero entre una corriente de aire situada a kilómetros de altura y ese deseo repentino de chocolate existe toda una cadena de procesos biológicos, ambientales y psicológicos.