Los puertos son lugares estupendos para barcos y bastante menos agradables para buena parte de la vida marina. La circulación limitada del agua favorece la acumulación de contaminantes, mientras el tráfico marítimo, las infraestructuras y la llegada de especies invasoras terminan convirtiéndolos en algunos de los ecosistemas costeros más modificados.
Un equipo del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) decidió comprobar si era posible aprovechar precisamente a algunos de los organismos más simples del Mediterráneo para empezar a revertir esa situación.
Eligieron cinco especies de esponjas, las sacaron de sus hábitats naturales y estudiaron cómo soportaban la manipulación, el traslado y, finalmente, la vida dentro de Marina Palamós, en Girona. El seguimiento duró 455 días.
Cuatro especies no consiguieron superar la prueba. La quinta hizo algo bastante diferente: aprendió a vivir allí tan bien que terminó reproduciéndose sin ayuda humana.
Pusieron a prueba cinco especies. Solo una parecía haberse preparado para el desastre

Las seleccionadas fueron Corticium candelabrum, Chondrosia reniformis, Crambe crambe, Scalarispongia scalaris e Ircinia oros. La competición, si puede llamarse así, empezó mal.
Corticium candelabrum murió durante la fase de preparación y ni siquiera llegó al puerto. Las otras tres especies que fueron trasplantadas junto a Chondrosia reniformis terminaron muriendo durante el experimento. Chondrosia, conocida como esponja riñón, siguió otro camino.
Los investigadores colocaron 24 ejemplares y 22 permanecieron vivos hasta el final de los 455 días, una supervivencia del 91,7%. Al principio perdieron parte de su tamaño, algo razonable después del estrés del traslado, pero posteriormente estabilizaron su biomasa.
Entonces empezaron las sorpresas.
Las esponjas comenzaron a desplazarse y algunas terminaron partiéndose en dos

Pensar en una esponja como un animal que cambia de sitio resulta extraño, pero eso fue exactamente lo que observaron.
Los ejemplares de Chondrosia reniformis fueron arrastrándose lentamente sobre las superficies, modificando continuamente su forma y buscando posiciones aparentemente más favorables. Uno llegó a recorrer 12,7 centímetros durante el experimento, mientras otros avanzaron entre seis y ocho centímetros.
No parece mucho hasta recordar que estamos hablando de una esponja. Todavía más llamativa fue su forma de reproducirse. Durante los meses cálidos, varios individuos comenzaron a dividir partes de su propio cuerpo, originando clones genéticamente idénticos.
El resultado fue que los 24 ejemplares iniciales acabaron convirtiéndose en 40 individuos, sin que los científicos tuvieran que introducir nuevas esponjas.
El equipo documentó incluso ejemplares capaces de recuperarse después de sufrir infecciones y perder tejido. Esa combinación de movilidad, regeneración y reproducción asexual es precisamente lo que convierte a la especie en una candidata especialmente interesante.
La idea no es llenar los puertos de esponjas: es conseguir que ayuden a reconstruirlos
Las esponjas pueden parecer poco más que masas adheridas a una roca, pero ecológicamente hacen bastante trabajo. Son consideradas ingenieras del ecosistema porque filtran enormes cantidades de agua, procesan bacterias y materia orgánica, reciclan nutrientes y crean superficies y refugios aprovechables por otros organismos.
Los investigadores no sostienen que una especie pueda limpiar por sí sola un puerto contaminado. La propuesta es más interesante: utilizar organismos autóctonos extraordinariamente resistentes junto con estructuras artificiales y otras especies para renaturalizar lugares que probablemente nunca podrán regresar por completo a su estado original. Y ahí está la paradoja del experimento.
Los científicos fueron al Mediterráneo buscando cinco candidatos capaces de soportar uno de los ambientes costeros más castigados por la actividad humana. Cuatro quedaron por el camino. La quinta llegó al puerto, resistió durante más de un año y terminó fabricando nuevas esponjas por su cuenta.