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Ciencia

Creíamos que el Golfo de Suez era una cicatriz geológica muerta. Pero sigue abriéndose en silencio, separando Asia y África a ritmo de una uña humana cada pocos días

Un análisis detallado de corales fósiles elevados, ríos escalonados y fallas activas demuestra que el Golfo de Suez continúa extendiéndose. No es un rift fracasado, sino un sistema tectónico en hibernación lenta. Su actividad, casi imperceptible, sugiere que zonas consideradas inertes podrían esconder movimientos geológicos persistentes.
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Como siempre, la historia parecía totalmente cerrada: el Golfo de Suez había sido un rift fallido. Una fractura que quiso convertirse en un nuevo océano pero se quedó a mitad de camino, fossilizada hace cinco millones de años. Un capítulo geológico terminado. Pero el nuevo estudio publicado en Geophysical Research Letters acaba de darle la vuelta a ese relato. La grieta no está muerta. Sigue respirando, separando Asia y África a una velocidad que ronda el medio milímetro al año.

Puede parecer insignificante —lo que crece una uña en pocos días—, pero para un planeta que mide el tiempo en millones de años, es suficiente para reescribir una historia entera.

El rift que nunca se rindió

El Golfo de Suez no está dormido. África y Asia siguen separándose y la fractura avanza medio milímetro al año, un ritmo diminuto que altera la historia tectónica de la región
© NASA.

El Golfo de Suez forma parte de un complejo sistema tectónico que incluye el Mar Rojo y el Rift del Mar Muerto, uno de los laboratorios naturales más estudiados del planeta. Durante el Oligoceno y el Mioceno, las placas de Arabia y África empezaron a separarse, abriendo una enorme cicatriz continental. Con el tiempo, la actividad pareció migrar hacia el sur, “apagando” el Suez.

El equipo liderado por David Fernández-Blanco demuestra ahora que esa aparente quietud era un espejismo. Con herramientas de alta resolución, como análisis topográficos, estudios de arrecifes fósiles y perfiles fluviales deformados, han identificado señales inequívocas: el rift sigue acumulando y liberando tensión.

Los corales fósiles, por ejemplo, hoy se encuentran hasta a 18 metros sobre el nivel del mar. Solo un levantamiento tectónico prolongado puede explicar esa altura. Y varios ríos exhiben escalones y rupturas que coinciden con fallas activas, un tipo de cicatriz que no miente.

El ritmo lento que lo cambia todo

El Golfo de Suez no está dormido. África y Asia siguen separándose y la fractura avanza medio milímetro al año, un ritmo diminuto que altera la historia tectónica de la región
© Geophysical Research Letters (2025).

Las tasas actuales —entre 0,26 y 0,55 mm al año— están muy por debajo de las de un rift plenamente activo. Pero lo fascinante es que son comparables a regiones que sí están estirándose, como el sistema Basin and Range en Estados Unidos. Es decir: el Golfo de Suez no es un cadáver tectónico. Es un organismo en hibernación, funcionando a baja intensidad.

Ese hallazgo abre un problema mayor: si Suez está vivo… ¿cuántos otros rifts considerados muertos podrían estar en la misma fase? La tectónica, por lo que parece, tiene más grises de los que pensábamos.

Riesgos invisibles y una advertencia global

La región podría enfrentar un riesgo sísmico mayor del estimado. Aunque la extensión es lenta, la acumulación constante de tensión puede acabar liberándose en forma de terremotos moderados o incluso fuertes. Algunos sismos recientes a más de 20 km de profundidad ya apuntan en esa dirección.

El mensaje de fondo es claro: No hay zonas realmente “dormidas” en un planeta que nunca deja de moverse. El Golfo de Suez no es una excepción. Es un recordatorio. Una señal de que la Tierra, incluso en sus grietas más antiguas, sigue escribiendo su historia centímetro a centímetro.

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