Una estrella no necesita explotar para desaparecer de su galaxia. Si pasa por el lugar adecuado en el peor momento posible, la gravedad puede convertirla en un proyectil capaz de recorrer distancias intergalácticas. El mecanismo necesita dos agujeros negros supermasivos orbitando peligrosamente cerca. Esta situación puede producirse después de la colisión de dos galaxias: sus agujeros negros centrales se aproximan, forman un sistema binario y comienzan una larga danza que puede terminar con su fusión.
Cualquier estrella que se aventure entre ambos puede robar parte de esa enorme energía orbital y salir despedida. No hablamos de unos cuantos kilómetros por segundo. Las simulaciones indican que algunos de estos objetos podrían alcanzar una fracción considerable de la velocidad de la luz.
Hasta ahora nadie ha confirmado la existencia de una estrella semirrelativista de este tipo. Eso podría cambiar con Euclid y el recién lanzado telescopio Nancy Grace Roman.
Un agujero negro ya puede expulsar estrellas, pero dos pueden convertirlas en proyectiles relativistas

La idea básica se conoce desde 1988. El astrónomo Jack Hills propuso que un agujero negro supermasivo podía destrozar gravitatoriamente un sistema formado por dos estrellas. Una quedaría atrapada en una órbita más cercana, mientras que la otra recibiría la energía necesaria para escapar. Ese proceso explica las llamadas estrellas hiperveloces, algunas de las cuales recorren la galaxia a miles de kilómetros por segundo. Pero existe una versión considerablemente más extrema.
En 2015, los astrofísicos James Guillochon y Abraham Loeb estudiaron qué ocurriría cuando una estrella originalmente ligada al agujero negro más pequeño se encontrara con su compañero de mayor masa. Sus simulaciones, publicadas en The Astrophysical Journal, mostraron que esos encuentros pueden expulsar estrellas a más de 10.000 kilómetros por segundo y, ocasionalmente, acercarlas a los 100.000 kilómetros por segundo: alrededor de un tercio de la velocidad de la luz.
Los investigadores bautizaron estos objetos como estrellas hiperveloces semirrelativistas. A semejante ritmo, una estrella podría cruzar varios miles de millones de años luz desde el momento de su expulsión, siempre que sobreviviera durante el viaje.
Las cifras son gigantescas, pero también dependen de muchas suposiciones

Guillochon y Loeb estimaron que podría haber más de un billón de estrellas desplazándose a más del 10% de la velocidad de la luz dentro del universo observable. Un grupo mucho menor, de aproximadamente diez millones, podría moverse incluso cinco veces más rápido.
Pero estas cifras no representan un censo. Son una predicción basada en modelos y dependen de que una cantidad significativa de fusiones produzca parejas de agujeros negros con órbitas muy excéntricas y aproximaciones de apenas unas decenas de radios de Schwarzschild.
Tampoco significa que sistemas solares completos vayan a sobrevivir necesariamente al lanzamiento. Una estrella podría conservar planetas situados en órbitas muy cercanas y estables, pero otros serían arrancados durante el encuentro gravitatorio. La existencia de mundos viajando junto a estas estrellas es posible, no una observación confirmada.
Euclid podría encontrar unas 140 y Roman tendría capacidad para descubrir cientos
El gran problema era localizarlas. Una estrella aislada y situada entre galaxias puede confundirse con otros objetos débiles, especialmente si solo se dispone de una fotografía. Sin embargo, Guillochon y Loeb sostienen en un nuevo análisis que los estudios infrarrojos de Euclid y Roman podrían ser suficientemente profundos y extensos para detectarlas.
El estudio amplio de Euclid cubrirá al menos 14.000 grados cuadrados del cielo. Los cálculos predicen alrededor de 140 candidatos fotométricos dentro de esa región. El telescopio Roman, lanzado el 30 de agosto de 2026 y todavía en su etapa inicial de operaciones, observará áreas menores con mayor profundidad y podría descubrir varios cientos.
Encontrar un punto luminoso no bastará. Los astrónomos necesitarán detectar un fuerte desplazamiento hacia el azul en su espectro, señal de que la estrella se aproxima a una velocidad enorme. Un movimiento propio elevado, combinado con la ausencia de paralaje medible, reforzaría la conclusión de que se encuentra muy lejos de nuestra galaxia.
Si aparecen, no serán vehículos que podamos abordar ni una nueva tecnología de transporte. Serán algo más extraño: estrellas convertidas naturalmente en partículas cósmicas, lanzadas por dos agujeros negros y condenadas a viajar casi para siempre entre galaxias.