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Ciencia

La Tierra cambió el ritmo de sus glaciaciones hace un millón de años y nadie sabía por qué. Unos granos de polen apuntan al culpable: los vientos del Atlántico

Hace aproximadamente un millón de años, las grandes glaciaciones dejaron de seguir ciclos dominados por periodos de 41.000 años y comenzaron a prolongarse durante cerca de 100.000. Un registro de polen recuperado frente a Portugal sugiere que pequeñas variaciones orbitales desplazaron los vientos del Atlántico, reorganizaron las precipitaciones y permitieron que las capas de hielo crecieran como nunca.
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Durante millones de años, el clima terrestre pareció seguir un compás relativamente reconocible. Las grandes capas de hielo avanzaban y retrocedían al ritmo de los cambios en la inclinación del eje del planeta, con ciclos cercanos a los 41.000 años.

Pero hace aproximadamente un millón de años ocurrió algo extraño. Las glaciaciones comenzaron a ser más largas, intensas y espaciadas, hasta quedar dominadas por periodos próximos a los 100.000 años. El fenómeno es conocido como la Transición del Pleistoceno Medio y constituye uno de los rompecabezas clásicos de la paleoclimatología.

Ahora, una investigación publicada en Nature Communications propone una explicación: el cambio no habría necesitado una transformación radical de la órbita terrestre. Habría bastado con que pequeñas variaciones en la radiación solar desplazaran los grandes cinturones de viento del Atlántico Norte.

La órbita seguía cambiando como siempre, pero el hielo empezó a comportarse de otra manera

La Tierra cambió el ritmo de sus glaciaciones hace un millón de años y nadie sabía por qué. Unos granos de polen apuntan al culpable: los vientos del Atlántico
© Shutterstock / Danita Delimont

La cantidad y distribución de luz solar que recibe la Tierra varía por tres movimientos orbitales: la excentricidad de su órbita, la inclinación de su eje y la precesión, una especie de bamboleo planetario. La inclinación sigue un ciclo aproximado de 41.000 años. La excentricidad, en cambio, oscila en periodos cercanos a 100.000 años. El problema es que esta última produce un cambio relativamente pequeño en la energía total recibida por el planeta. Por sí sola, parecía demasiado débil para explicar glaciaciones tan enormes.

El nuevo estudio sostiene que la clave estaba en dónde y cuándo llegaba esa energía, especialmente durante los veranos del hemisferio norte. Pequeños descensos en la insolación estival podían desplazar hacia el sur la corriente en chorro y los vientos del oeste, alejando las borrascas de unas regiones y llevando humedad hacia otras. Ese movimiento aparentemente modesto alteraba directamente los lugares donde se acumulaba la nieve y donde sobrevivía al verano.

La respuesta estaba escondida en granos de polen frente a Portugal

La Tierra cambió el ritmo de sus glaciaciones hace un millón de años y nadie sabía por qué. Unos granos de polen apuntan al culpable: los vientos del Atlántico
© Based on Crowley, T. J., 1995.

Para reconstruir aquellos cambios, los investigadores analizaron polen fósil conservado en sedimentos marinos del margen ibérico sudoccidental. Los materiales proceden de los emplazamientos U1385 y U1386, perforados durante una expedición del buque científico JOIDES Resolution y documentados en la base paleoclimática PANGAEA.

El polen funciona como un archivo del paisaje continental. La presencia de determinadas plantas permite saber si el sur de Europa atravesaba una fase húmeda, fría o extremadamente seca. Al combinar estos datos con simulaciones climáticas, el equipo identificó una transición dividida en tres etapas.

Entre hace 1,2 millones y 930.000 años, las fuertes oscilaciones de insolación favorecían alternativamente la acumulación y el deshielo. Entre 930.000 y 790.000 años atrás, unas variaciones menos extremas desplazaron los vientos hacia el sur, provocaron grandes sequías y permitieron que el hielo septentrional se estabilizara.

Después de 790.000 años, el regreso de determinadas configuraciones orbitales llevó nuevamente humedad y nevadas hacia latitudes altas. Para entonces, las capas de hielo eran más gruesas y resistentes. El sistema había adquirido suficiente inercia para mantener glaciaciones mucho más prolongadas.

No fue un interruptor: fue una reacción en cadena planetaria

Los cambios orbitales fueron el empujón inicial, pero no trabajaron solos. Al crecer, las capas de hielo reflejaban más radiación solar, retenían enormes cantidades de agua y modificaban la circulación oceánica. Los cambios en los vientos también alteraban el transporte de polvo, el intercambio de calor con el océano y la concentración atmosférica de dióxido de carbono.

La Tierra no empezó, por tanto, a obedecer repentinamente un reloj perfecto de 100.000 años. La investigación describe algo más complejo: una reorganización gradual en la que pequeños cambios solares fueron amplificados por la atmósfera, el océano y el propio hielo.

No es la solución definitiva al llamado “problema de los 100.000 años”, pero sí un mecanismo capaz de conectar las débiles variaciones orbitales con una transformación climática gigantesca. La pista decisiva llevaba cientos de miles de años enterrada en el fondo del Atlántico: diminutos granos de polen que conservaron la memoria del momento en que el planeta cambió de ritmo.

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