La Dirección de Flora, Fauna Silvestre y Suelos y la Subsecretaría de Medio Ambiente de Tucumán, junto con el Instituto de Ecosistemas de Aguas Continentales (IEAC) de la Fundación Miguel Lillo, tomaron muestras ficológicas en el embalse de Escaba tras detectar una floración masiva de algas. Como medida preventiva, se suspendieron las actividades con contacto directo con el agua (natación, deportes náuticos) y se restringió la extracción de agua para consumo sin tratamiento adecuado, mientras el equipo interdisciplinario continúa evaluando la evolución del fenómeno.
Qué es en realidad una floración algal

Lo que coloquialmente se llama “floración de algas” suele ser, en la mayoría de los casos documentados en embalses de agua dulce, una proliferación de cianobacterias: microorganismos fotosintéticos, a veces también llamados algas verdeazuladas, capaces de multiplicarse de forma explosiva cuando se combinan ciertas condiciones ambientales. Según describe un manual técnico sobre cianobacterias del Ministerio de Salud, los principales disparadores son el exceso de nutrientes disueltos en el agua (sobre todo nitrógeno y fósforo, un fenómeno conocido como eutrofización), el aumento de la temperatura, la mayor intensidad lumínica y la falta de movimiento del agua. Cuando esas condiciones se alinean, una floración algal puede pasar de ser imperceptible a cubrir buena parte de la superficie de un embalse en cuestión de horas o días.
Por qué preocupa más que una simple mancha verde

El riesgo de estas floraciones no es solo estético. Algunas especies de cianobacterias son capaces de producir cianotoxinas, compuestos que pueden causar trastornos neurológicos, hepáticos, dérmicos o respiratorios en las personas, ya sea por ingestión, inhalación o contacto directo con la piel. La especie más frecuentemente asociada a episodios tóxicos en cuerpos de agua argentinos es Microcystis aeruginosa, productora de microcistinas, toxinas de efecto hepatotóxico bien caracterizadas en la literatura científica.
Un dato que suele sorprender es que buena parte de esas toxinas permanece dentro de las propias células mientras la floración está en pleno crecimiento, y se libera con más fuerza al agua cuando las células mueren o se descomponen. Eso significa que, paradójicamente, el momento en que una floración empieza a decaer visualmente puede no ser el más seguro desde el punto de vista sanitario, sino uno de los de mayor liberación de toxinas al agua.
No es la primera vez que pasa en Tucumán
El fenómeno de Escaba no es un hecho aislado en la provincia. Un relevamiento científico sobre embalses tucumanos, publicado en la revista Lilloa, identificó episodios de floraciones de cianobacterias productoras de toxinas, entre ellas Microcystis aeruginosa, Planktothrix agardhii y Dolichospermum viguieri, en distintos diques de la región. A nivel nacional, floraciones tóxicas similares se registraron en los últimos años en los ríos Uruguay, Paraná y Limay, y en embalses como Salto Grande, Río Tercero, Yaciretá, San Roque y Los Molinos, un patrón que la literatura especializada asocia al aumento de la eutrofización de origen humano combinado con temperaturas del agua cada vez más altas.
Qué se puede hacer frente a una floración ya declarada
Una vez que una floración se instala, las opciones de manejo son limitadas y no están exentas de riesgos propios. Aplicar algicidas, por ejemplo, puede lisar las células de cianobacterias y liberar de golpe las toxinas que contenían, en lugar de eliminarlas del sistema. Por eso buena parte de los protocolos actuales priorizan medidas preventivas (reducir el ingreso de nutrientes al cuerpo de agua, favorecer la mezcla de la columna de agua para evitar la estratificación térmica que beneficia a las cianobacterias) por sobre las intervenciones directas sobre una floración ya en curso, que en general se maneja restringiendo el contacto humano con el agua hasta que el fenómeno remita por sí solo.