La empresa anglonoruega Norge Mining completó en 2023 la exploración de un yacimiento de roca fosfática en la región de Rogaland, en el suroeste de Noruega, en un sitio conocido como Storeknuten. La compañía había detectado indicios del depósito ya en 2018, a partir de datos del Servicio Geológico de Noruega, pero calculaba entonces que el cuerpo mineral se extendía apenas 300 metros bajo la superficie. Las perforaciones posteriores revelaron algo mucho más grande: el yacimiento se extiende hasta unos 4500 metros de profundidad, y contiene un estimado de 70.000 millones de toneladas de fosfato.
Para dimensionar esa cifra: según el Servicio Geológico de Estados Unidos, las reservas mundiales de fosfato confirmadas antes de este hallazgo rondaban los 71.000 millones de toneladas en total, repartidas mayormente entre Marruecos (unos 50.000 millones de toneladas, la mayor reserva conocida hasta entonces), China, Egipto y Argelia. El yacimiento noruego, por sí solo, prácticamente duplicaría de un saque la cantidad de fósforo confirmado disponible en el planeta.
Por qué no es tan simple como parece
La razón por la que este hallazgo no generó una fiebre minera inmediata está en la propia naturaleza de la roca. A diferencia de los grandes yacimientos de fosfato del mundo, que suelen ser depósitos sedimentarios formados por acumulación de restos orgánicos marinos a lo largo de millones de años, el yacimiento noruego es de origen ígneo: se formó a partir de magma cristalizado en las profundidades de la corteza terrestre. Ese origen le da una concentración de pentóxido de fósforo (P2O5, la forma en que se mide comercialmente el contenido útil de fosfato en una roca) bastante más baja que la de los depósitos sedimentarios, apenas entre un 4% y un 5%, frente a concentraciones considerablemente mayores en yacimientos como los de Marruecos.
Eso no significa que el fósforo no esté ahí: significa que hace falta procesar mucha más roca para extraer la misma cantidad de mineral útil, con el consiguiente costo energético, económico y ambiental que eso implica. El refinado de fosfato es, además, un proceso intensivo en carbono incluso en yacimientos de alta concentración, así que un mineral de menor ley multiplica ese desafío.
Titanio y vanadio como acompañantes de lujo
El depósito de Rogaland no contiene solo fosfato: también alberga cantidades significativas de titanio (en forma de ilmenita) y vanadio, dos metales considerados estratégicos por la Unión Europea, con aplicaciones que van desde aleaciones de acero y componentes aeroespaciales hasta baterías de flujo de vanadio para almacenamiento energético a gran escala. Esa combinación de minerales en un mismo yacimiento refuerza su relevancia geopolítica, sobre todo para una Unión Europea que depende casi por completo de importaciones para abastecerse de fósforo, un elemento que integra su lista de materias primas estratégicas.
Un mineral que la agricultura mundial no puede reemplazar
El fósforo no tiene sustituto conocido en la agricultura: es uno de los tres macronutrientes esenciales para las plantas, junto con el nitrógeno y el potasio, y se extrae casi exclusivamente de roca fosfática para fabricar fertilizantes. A diferencia del nitrógeno, que se puede sintetizar industrialmente a partir del aire mediante el proceso Haber-Bosch, el fósforo depende enteramente de yacimientos minerales finitos, lo que llevó a distintos científicos a advertir en los últimos años sobre un escenario de escasez a largo plazo que en la prensa especializada se llegó a apodar “phosphogeddon”.
En ese contexto, un yacimiento de esta escala, aunque de baja concentración y costoso de desarrollar, cambia el panorama de largo plazo: según estimaciones de la propia Norge Mining, el sitio podría cubrir la demanda mundial de fósforo para baterías, paneles solares y fertilizantes durante entre 50 y 100 años, dependiendo del ritmo de extracción y de cuánto de ese material resulte finalmente viable de explotar.