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Unas 100 personas hacen cola en una fría mañana de la primavera de 1971. La mayoría no tienen ni idea de lo que hacen allí, pero en el anuncio decían que se pagaba bien, y encima iban a formar parte de un estudio científico que quizás algún día los haría famosos. Y así fue, aunque no como ellos esperaban.

Hace unos años, el psicólogo Philip George Zimbardo contaba una anécdota durante una entrevista. Ocurrió en el año 2004 en la habitación de un hotel. Zimbardo recuerda que no podía dormir, probablemente a altas horas de la noche, y encendió la tele. Haciendo zapping de repente se queda paralizado con una imagen tremenda: en la pantalla aparecían prisioneros desnudos amontonados en una pirámide.

Imagen: Zambardo en el 2017 (Wikimedia Commons)

Detrás de esta gente se encontraban dos soldados estadounidenses muertos de risa, una mujer y un hombre. La siguiente imagen que vio fue la de otra soldado que sostenía a un prisionero encogido en el suelo con una correa. Luego vino la imagen que más tarde se convertiría en un icono en los medios: la del prisionero con un saco sobre la cabeza y cables eléctricos sujetos a sus manos mientras se tambaleaba sobre una pequeña caja de madera. Los soldados le habían dicho que si se caía de la jaula, recibiría una descarga eléctrica letal.

Aquellas imágenes que seguro que muchos recuerdan provienen de la prisión de Abu Ghraib, en Bagdad, cuando el ejército estadounidense usó este tipo de técnicas para torturar a los prisioneros tras la invasión de Iraq en 2003. ¿Cómo se pudo haber permitido aquello? La versión oficial de la administración en Washington vino a decir que los torturadores eran una excepción en el ejército, una especie de manzanas podridas, y que las tropas del país no eran capaces de llevar a cabo este tipo de conducta atroz.

Sin embargo, Philip Zimbardo, solo en aquella habitación de hotel, sabía perfectamente que aquello no era cierto. Treinta años antes, había sido el responsable de establecer una prisión donde se practicaba la tortura. El experimento más loco del siglo XX lo había orquestado el hombre que ahora veía aquellas escenas horrorizado.

La preparación

Imagen: Stanford (Wikimedia Commons)

Con 38 años, en 1971 Zimbardo lanza un anuncio en algunos medios de California:

Se necesitan estudiantes universitarios varones para el estudio psicológico de la vida en prisión. 15 dólares por día durante 1-2 semanas a partir del 14 de agosto. Para obtener más información y solicitudes, visite la Sala 248, Jordan Hall, Stanford U.

Imagen: Anuncio en el periódico (WC)

¿Por qué? La idea del experimento provino del curso que Zimbardo había impartido en la universidad. Algunos estudiantes habían elegido el tema “La psicología del encarcelamiento” y habían llevado a cabo unas mini prácticas en las cárceles durante todo un fin de semana. Zimbardo se sorprendió por la profunda impresión que la breve experiencia había tenido en los estudiantes, por lo que decidió investigar más el asunto.

Así llegamos a esa escena del comienzo. De los más de 100 solicitantes que aparecieron en la sala 248, Zimbardo eligió a los estudiantes que habían obtenido las mejores notas en una serie de pruebas de personalidad que evaluaban lo honestos, confiables y estables que eran.

Imagen: Imagen aérea del campus (Wikimedia Commons)

Una vez tenía a los “voluntarios”, arrojó una moneda al aire para dividirlos en grupos de guardias y presos. Once estudiantes fueron informados por teléfono que serían los presos, además, se les comunicó que debían estar disponibles en sus habitaciones el domingo 15 de agosto.

Los otros diez, que debían interpretar alos guardias, fueron presentados el día antes del inicio del experimento al superintendentede la prisión, el mismo Philip Zimbardo, y su adjunto, David Jaffe, en realidad un asistente de investigación del profesor. Ese día se les mostró la prisión, que se había instalado en el sótano del edificio de Psicología. Tres pequeñas salas de laboratorio cuyas puertas se habían reemplazado por barras que debían servir como celdas.

También había salas de vigilancia para los guardias y un corredor de unos 10 metros de largo vigilado por una cámara de video que se utilizaba como área donde las inspecciones podrían llevarse a cabo. Por último, a través de un sistema que instaló Zimbardo en las celdas, los guardianes podían emitir órdenes y escuchar secretamente a los reclusos.

Al acabar de enseñarles el “centro”, Zimbardo acompañó a los guardias a una tienda de excedentes del ejército para elegir sus uniformes. Cada uno también recibió un silbato, gafas de sol de espejo y una porra de goma. Debían trabajar en turnos de ocho horas y recibieron una única orden general: “mantener el grado razonable de orden dentro de la prisión, el necesario para un funcionamiento efectivo”.

El experimento

Al día siguiente, la policía del campus de la Universidad de Stanford detuvo a los otros 11 estudiantes bajo sospecha de robo. La policía comenzó a gritar frente a sus habitaciones con las sirenas y los esposó mientras los vecinos miraban por las ventanas con incredulidad para ver qué estaba pasando.

Imagen: Stanford Experiment

Desde allí fueron trasladados con los ojos vendados a la prisión, donde se les exigió que se desnudaran. Luego los fotografiaron, los trataron con un polvo de desinfección y les entregaron la ropa de la prisión, que consistía en una especie de bata blanca con un número en la parte delantera y trasera, y sin ropa interior debajo. También tenían que usar sandalias de plástico y una media de nylon como gorra, ah, y una cadena con un candado colgaba de uno de sus tobillos.

Imagen: Stanford Experiment

Durante el breve período de encarcelamiento simulado, Zimbardo intentó inculcar a sus prisioneros el mismo tipo de emoción que experimentan los verdaderos detenidos después de un largo receso tras las rejas: impotencia, dependencia y desesperanza. De hecho, las ropas fueron diseñadas para humillarlos y despojarlos de su individualidad. La cadena que rodeaba sus tobillos servía como un recordatorio constante de dónde estaban, incluso mientras dormían.

Imagen: Stanford experiment

El primer día, las 16 reglas que los guardias habían elaborado con la ayuda de David Jaffe se leyeron en alto:

Regla número uno: los presos deben permanecer en silencio durante los períodos de descanso, después de apagar las luces, durante las comidas y siempre que estén fuera del patio de la prisión. Regla número dos: los presos deben comer a la hora de comer y solo a la hora de comer... Ocho: los presos deben dirigirse entre sí solo por su número de identificación... Dieciséis: la falta de obediencia a cualquiera de las reglas anteriores puede resultar en un duro castigo. 

Varias veces durante cada turno, incluso en mitad de la noche, los guardianes tenían el poder de reunir a los prisioneros para llevar a cabo unarevisión. En estos encuentros se les pedía que indicaran su número de identificación y recitaran las 16 reglas de la prisión. Al principio, estas inspecciones tomaban no más de diez minutos, sin embargo, con el tiempo podrían llegar a durar hasta una hora.

Curiosamente, Zimbardo no tenía realmente ninguna hipótesis sobre lo que podría suceder en tal situación. El objetivo del experimento, un tanto vago cuando fue formulado inicialmente, era descubrir cuáles podrían ser los efectos psicológicos de ser un prisionero o un guardia de una prisión. El profesor quería entender exactamente cómo podría ser este escenario, entender cómo los prisioneros pierden su libertad, su independencia y su privacidad, mientras que los guardianes se vuelven cada vez más poderosos al controlar las vidas de los prisioneros.

Imagen: Stanford experiment

Sus primeros experimentos demostraron lo fácil que las personas normales pueden ser inducidas a cometer actos inhumanos, ya sea colocándolos en un grupo donde ya no se les percibe como individuos, poniéndolos en una situación en la que consideran a otras personas como enemigos o, peor aún, como objetos. El “experimento de la prisión de Stanford”, como se lo conoce popularmente hoy, combinó varios de estos mecanismos diferentes.

Imagen: Stanford experiment

El segundo día, después de una inspección a las 3.30 de la mañana, los prisioneros se rebelaron. Se quitaron sus gorras, arrancaron los números de sus ropas y se atrincheraron en sus celdas. Los guardias usaron un extintor para alejarlos de la puerta y luego impusieron un castigo: los cabecillas fueron encerrados en el “agujero”, una caja oscura al final del corredor.

Imagen: Stanford experiment

Aquellos que no habían jugado ningún papel en los disturbios recibieron tratamiento preferencial en una celda especial y con una comida algo mejor. Poco después, sin ninguna advertencia o explicación, los guardias colocaron a personas de los dos grupos en la misma celda. Esto desorientó a los internos y los hizo comenzar a desconfiar los unos de los otros. Nunca más se rebelaron como grupo.

Los guardianes procedieron a instituir reglas de lo más absurdas, a disciplinar a los prisioneros de forma totalmente arbitraria y a darles tareas sin sentido que debían cumplir en un plazo estimado. Por ejemplo, los hicieron mover cajas de una habitación a otra y luego de vuelta a la habitación original, a limpiar el inodoro con las manos desnudas o a sacar plumas de forma individual de sus mantas durante horas. También se les ordenó que se burlasen de sus compañeros reclusos o incluso que simularan actos sexuales con ellos.

Imagen: Stanford experiment

No había pasado ni 36 horas, y Zambardo tenía una bomba de relojería. Poco después, el profesor se vio obligado a liberar al preso 8612, quien sufría una depresión severa, episodios incontrolables de llanto y ataques de ira. Al principio dudó, pensando que el estudiante solo estaba fingiendo estar al límite de su capacidad. Zimbardo consideró inconcebible que un participante exhibiera reacciones extremas de este tipo después de un breve período de tiempo en una prisión simulada. Sin embargo, durante los siguientes tres días, lo mismo sucedió con otros tres reclusos.

Imagen: Stanford experiment

Luego ocurrió algo inesperado. Un malentendido dio como resultado que los sujetos de prueba creyeran que no tenían opción de abandonar el experimento voluntariamente. La mayoría seguía agarrándose a lo bien pagado que estaban las pruebas, pero lo cierto es que no lo estaban pasando bien. Poco a poco, los límites entre el experimento y la realidad comenzaron a difuminarse, tanto para los prisioneros como para los guardias. Cuanto más duraba el experimento, más frecuente se hacía la necesidad de recordar a los guardias que no se permitía la violencia física.

Imagen: Stanford experiment

El poder que el experimento les había dado convirtió a los estudiantes que se habían inclinado hacia el pacifismo en guardias de prisión sádicos. Incluso Zimbardo comenzó a comportarse de manera extraña. Un día, uno de los guardias pensó que había escuchado a los prisioneros planear una rebelión. El profesor escribió al respecto en su trabajo:

¿Cómo debíamos reaccionar a este rumor? ¿Creen que grabamos el patrón de transmisión de los rumores y nos preparamos para observar el inminente escape? Quizás es lo que deberíamos haber hecho, porsupuesto, si actuamos como psicólogos sociales experimentales. En cambio, reaccionamos con preocupación por la seguridad de nuestra prisión.

Imagen: Stanford experiment

Lo que hizo Zimbardo, totalmente fuera de sí y metido en su personaje de superintendente, fue acudir a la policía de Palo Alto para tratar de trasladar a los prisioneros a la antigua cárcel de la ciudad. Como lo oyen. Cuando la policía se negó mientras lo miraban con la cara desencajada, el hombre salió rápido de la comisaría mientras gritaba sobre la falta de cooperación entre las cárceles. Zimbardo, literalmente, se había convertido en el superintendente de la prisión.

Lo siguiente que Zimbardo comenzó a temer fue que después de las primeras horas de visita los padres de los estudiantes insistirían en llevar a sus hijos a casa. Así que ordenó que la prisión se convirtiera en un lugar algo más espacioso, mientras que a los prisioneros se les daba buena comida y se les permitía lavarse y afeitarse. A los visitantes les recibió una mujer joven. Todos tuvieron que presentarse en la recepción, esperar media hora y luego se les concedió diez minutos de visita.

Imagen: Stanford experiment

Algunos de los padres estaban conmocionados por el estado demacrado de los prisioneros, pero incluso ellos parecían tomar la prisión al pie de la letra y terminaron preguntándole al superintendente de forma individual si podían proporcionar mejores condiciones para sus hijos.

Imagen: Stanford experiment

Poco después, el profesor convocó a un sacerdote católico que había trabajado en cárceles con anterioridad. A la mitad de los prisioneros se les pidió alinearse y repetirle sus números. Aunque los prisioneros no habían cometido ningún delito y Zimbardo no tenía absolutamente ningún poder legal sobre ellos, se les aconsejó buscar la ayuda de un abogado para asegurar su liberación.

Imagen: Stanford experiment

El cuarto día, Zimbardo formó una junta para la libertad condicional a la que los presos podían apelar para su liberación anticipada. Casi todos ellos estaban dispuestos a renunciar a los 15 dólares por día a cambio de que los dejaran salir. Esta ‘Junta de Libertad Condicional´ los envió de regreso a sus celdas mientras deliberaban sobre sus súplicas.

Imagen: Stanford experiment

Sorprendentemente, todos los prisioneros cumplieron, a pesar de que podrían haber reducido su participación en el experimento sin más inconvenientes simplemente negándose a aceptar los pagos. Sin embargo, no tenían la energía para hacerlo. Como escribió el profesor:

Su sentido de la realidad había cambiado, y ya no percibían su encarcelamiento como un experimento. En la prisión psicológica que habíamos creado, solo el personal correccional tenía el poder de otorgar la libertad condicional.

Mientras tanto, apareció un abogado a quien los padres habían contactado para que liberaran a sus hijos. Habló con los prisioneros para averiguar cómo planeaban pagar la fianza y prometió regresar después del fin de semana, aunque incluso él sabía que esto era solo un experimento y que la cuestión de la fianza era ridícula.

Imagen: Stanford experiment

En este punto, todos los involucrados habían perdido completamente de vista dónde terminaba su rol y comenzaba su verdadera identidad. Un día por la noche, cinco días después del inicio del experimento, la novia de Zimbardo, Christina Maslach, visitó la cárcel. La mujer también era psicóloga, y había aceptado entrevistar a los prisioneros al día siguiente.

Imagen: Stanford experiment

No había mucho que hacer en ese momento, así que Maslach se sentó en la sala de control para leer un artículo. Sobre las 12 pm, Zimbardo avisó a su novia y señaló la pantalla del televisor de circuito cerrado mientras exclamaba: “¡Rápido, rápido, mira lo que está sucediendo ahora!”.

Imagen: Stanford experiment

Maslach levantó la vista y se sintió horrorizada. Los guardias gritaban a una fila de prisioneros encadenados en sus tobillos, y cuyas cabezas estaban ocultas en bolsas de papel. Se trataba del momento del baño nocturno antes de que se apagaran las luces. Si los prisioneros quedaban atrapados en la noche, tenían que hacer sus necesidades en sus celdas en un cubo, uno que por cierto, los guardias derramaban al azar.

Imagen: Stanford experiment

¿Lo ves Christina? Vamos, mira, ¡Es increíble!”. Sin embargo, Maslach realmente no quería mirar. Cuando Zimbardo le preguntó qué pensaba del experimento cuando salía de la cárcel, ella le respondió de forma tagante: “¡Lo que le estás haciendo a esos chicos es algo terrible!” Luego siguió una gran discusión, en el curso de la cual Zimbardo se dio cuenta por primera vez que todos los involucrados en el experimento habían interiorizado los aspectos destructivos de la vida en prisión. Aquella noche el profesor decidió suspender el experimento a la mañana siguiente.

Tras el experimento

Imagen: Placa commemorativa en la Universidad (Wikimedia Commons)

Lo cierto es que como el profesor tenía la prisión vigilada las 24 horas con una cámara de video, su estudio es considerado como uno de los grandes precursores de los formatos televisivos que luego se llamaron “reality”, con la importante diferencia de que no se estaba llevando a cabo para generar grandes audiencias.

Pero incluso eso no tardó en llegar tras su terrible experimento. En el año 2002, la BBC lanzó un reality bajo el título de The Experiment, uno que fue diseñado para repetir el experimento de Stanford frente a millones de espectadores. Zimbardo considera los resultados de este trabajo, en el que estuvieron presentes dos psicólogos, como altamente cuestionable, ya que los participantes fueron conscientes de todo el tiempo que estaban siendo filmados.

Sorprendentemente, la industria del cine solo se interesó por el experimento treinta años después del evento. En marzo de 2001 se proyectó una película alemana titulada Das Experiment. En ella, un psicólogo coloca a veinte estudiantes en una cárcel simulada, diez en el papel de prisioneros y los otros diez como guardias. Pero después de tres días, las cosas se salen de control.

Captura de pantalla: Das Experiment

Sea como fuere, un estudio de seguimiento realizado un año después del experimento de Zimbardo no reveló efectos perjudiciales duraderos en ninguno de los participantes. Incluso el prisionero 8612, quien había sido el primero en caer, más tarde se convirtió en un psicólogo en la cárcel del condado de San Francisco.

Con todo, probablemente el resultado más importante del experimento de Stanford fue la comprensión de lo poderosa que puede ser la fuerza de las circunstancias. Como en el también popular experimento de Milgram, las personas perfectamente normales exhibieron un comportamiento completamente inesperado en una situación dada. Claramente, la personalidad de un individuo no puede usarse para predecir su comportamiento si se encuentra en una situación en la que no conoce ninguna de las reglas básicas. Como Zambardo escribió después del experimento:

Cualquier acto que cualquier ser humano haya hecho alguna vez, por horrible que sea, es posible llevarlo a cabo por cualquiera de nosotros bajo las presiones situacionales correctas o incorrectas ... Ese conocimiento no excusa el mal, sino que lo democratiza, comparte su culpa entre los participantes ordinarios, en lugar de demonizarlo.

Que tenga o no razón el señor Zimbardo es otra historia que cada uno debe descifrar en su cabeza. Resulta tremendamente difícil aceptar un hecho tan desagradable sobre la naturaleza humana, después de todo, ¿quién puede o quiere creer tener un torturador en casa?

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Miguel Jorge

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