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Ciencia

El T. rex dominaba la Tierra hace 66 millones de años, pero un pequeño dinosaurio tenía una mandíbula que nadie esperaba. Su especialidad era comer frutas

Paleontólogos descubrieron en Estados Unidos un dinosaurio emplumado del tamaño de un pavo que podía triturar frutas gracias a una mandíbula extraordinaria. El fósil revela una faceta desconocida de la vida en el Cretácico.
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Cuando pensamos en los dinosaurios que vivieron hace 66 millones de años, es difícil no imaginar al Tyrannosaurus rex persiguiendo presas entre gigantescos herbívoros. Sin embargo, en aquellos mismos ecosistemas existían criaturas mucho más pequeñas que habían desarrollado formas de alimentación sorprendentemente sofisticadas. Una de ellas acaba de cambiar lo que sabemos sobre la dieta de los dinosaurios.

Un equipo internacional de paleontólogos identificó una nueva especie llamada Infernogallus jamesi, un dinosaurio emplumado, sin dientes y aproximadamente del tamaño de un pavo. Lo extraordinario no es solamente su aspecto, sino una mandíbula capaz de realizar movimientos similares a los que utilizan algunos loros modernos para triturar frutas.

El descubrimiento, presentado el 28 de octubre por el Royal Ontario Museum, aporta una de las evidencias anatómicas más sólidas de dinosaurios especializados en consumir frutos carnosos. Y plantea una posibilidad inesperada: que estos animales también participaran en la expansión de las primeras plantas con flores.

Una extraña mandíbula escondida en el territorio del Tyrannosaurus rex

El T. rex dominaba la Tierra hace 66 millones de años, pero un pequeño dinosaurio tenía una mandíbula que nadie esperaba. Su especialidad era comer frutas
Reconstrucción artística de Infernogallus jamesi alimentándose de frutas mientras un Tyrannosaurus rex aparece al fondo. Este pequeño dinosaurio emplumado vivió hace unos 66 millones de años. © Danielle Dufault, 2025 / Royal Ontario Museum.

Los fósiles fueron encontrados en la formación Hell Creek, una extensa región geológica de Estados Unidos conocida por conservar restos de algunos de los últimos dinosaurios antes de la gran extinción del Cretácico.

Allí convivían gigantes como el T. rex y el Triceratops, pero también pequeños terópodos emplumados. Infernogallus jamesi pertenecía a los cenagnátidos, un grupo de dinosaurios emparentados evolutivamente con animales carnívoros, aunque algunos desarrollaron dietas muy distintas.

El ejemplar estudiado pesaba aproximadamente 12 kilogramos y conservaba algo excepcional: un cráneo casi completo y articulado. Hasta ahora, los paleontólogos disponían de muy poca información sobre la anatomía craneal de este grupo. Según el estudio publicado en Nature Communications, los investigadores utilizaron tomografías computarizadas para reconstruir los huesos del cráneo e identificar cómo estaban organizados los músculos responsables de la mordida.

Lo que encontraron fue una estructura inusual. Determinados huesos del paladar descendían hacia el interior de la boca y modificaban la orientación de los músculos mandibulares, permitiendo que el pico se desplazara hacia delante y hacia atrás. A diferencia de las mandíbulas que funcionan principalmente mediante movimientos verticales, este mecanismo habría permitido aplastar alimentos blandos de forma mucho más eficiente.

Un dinosaurio que masticaba como algunos loros modernos

El T. rex dominaba la Tierra hace 66 millones de años, pero un pequeño dinosaurio tenía una mandíbula que nadie esperaba. Su especialidad era comer frutas
Reconstrucción artística de Infernogallus jamesi, sus restos fósiles y una comparación de su tamaño corporal. © Danielle Dufault, 2025 / Royal Ontario Museum.

La comparación más interesante apareció cuando los científicos estudiaron las semejanzas entre Infernogallus y algunas aves actuales. El loro de Pesquet, una especie especializada en consumir frutas, posee adaptaciones musculares comparables que facilitan el procesamiento de alimentos blandos. Los investigadores encontraron un mecanismo funcional semejante en el dinosaurio, pese a que ambos pertenecen a linajes evolutivos muy diferentes.

Las crestas y ranuras de su pico también habrían ayudado a aplastar la pulpa de frutos carnosos, posiblemente separándola de semillas más resistentes. Gregory Funston, investigador de la Universidad de Stony Brook y responsable del trabajo, explicó que durante más de un siglo los paleontólogos desconocían cómo eran realmente los cráneos de estos dinosaurios. El nuevo fósil mostró una especialización alimentaria mucho más extraña de lo previsto.

La anatomía sugiere una dieta basada en buena medida en frutas, aunque no demuestra que fueran su único alimento. Los investigadores consideran probable que también consumiera otras partes blandas de las plantas.

El descubrimiento podría cambiar la historia de las primeras frutas

Durante el Cretácico, las plantas con flores comenzaron a expandirse y los frutos carnosos aumentaron progresivamente en tamaño y diversidad. Sin embargo, todavía se conoce relativamente poco sobre qué animales los consumían y cómo contribuían a dispersar sus semillas.

La aparición de un dinosaurio con adaptaciones tan específicas sugiere que esa relación pudo comenzar mucho antes de lo que imaginábamos. Si Infernogallus consumía la pulpa y transportaba semillas sin destruirlas, podría haber participado en su dispersión, una función ecológica fundamental que actualmente cumplen numerosas aves y mamíferos. Por ahora, esa posibilidad continúa siendo una hipótesis.

El hallazgo también demuestra que los ecosistemas dominados por los grandes dinosaurios eran considerablemente más diversos de lo que muestran sus fósiles más famosos. Y mientras el Tyrannosaurus rex recorría los bosques de Norteamérica buscando alimento, una pequeña criatura emplumada había desarrollado una mandíbula extraordinaria para aprovechar algo completamente diferente: las frutas que comenzaban a transformar aquellos paisajes prehistóricos.

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