Hay hallazgos arqueológicos que parecen escritos para ocurrir en el último minuto. Esta vez fue casi literal. Cuando una excavación preventiva cerca de Binyamina, en el entorno histórico de Cesarea, estaba llegando a su cierre, los arqueólogos encontraron algo que no encajaba con el paisaje habitual de cerámica, tierra y restos de un antiguo lagar: mármol.
Según informó la Autoridad de Antigüedades de Israel, citada por The Jerusalem Post, el descubrimiento se produjo durante las obras del proyecto ferroviario “Connecting Israel”, impulsado por el Ministerio de Transporte y Ferrocarriles de Israel para duplicar la línea costera y permitir trenes de alta velocidad entre Haifa y Tel Aviv. Lo que debía ser una intervención arqueológica de rutina terminó con dos esculturas romanas de unos 1.700 años saliendo del fondo de un pozo de vino.
Dos rostros de mármol donde solo debía haber restos de vino

Las piezas son protomes, es decir, representaciones escultóricas de la cabeza y la parte superior del torso humano. De acuerdo con The Times of Israel, miden unos 55 centímetros y pesan aproximadamente 60 kilos cada una, una escala nada menor para un hallazgo aparecido en un contexto tan inesperado.
Lo extraño no es solo que aparecieran allí. Es cómo aparecieron. Los directores de la excavación, Eliran Oren y Avishag Reiss, explicaron a la Autoridad de Antigüedades de Israel que las esculturas no estaban en su lugar original de exposición, sino colocadas ordenadamente, boca abajo, dentro del pozo de recolección de un lagar romano-bizantino. Esa disposición sugiere una acción deliberada, no un simple abandono accidental.
El arqueólogo Michael Sorotskin describió el momento con una mezcla de sorpresa y desconcierto: mientras excavaban el lagar, algo empezó a sobresalir del suelo. No era la cerámica habitual. Era mármol. Según recoge Ynetnews, las dos esculturas fueron apareciendo poco a poco, hasta revelar un hallazgo que los propios excavadores calificaron como excepcional.
La inscripción de Licurgo convierte el hallazgo en un rompecabezas histórico

Una de las esculturas conserva una inscripción en griego antiguo con el nombre Licurgo, y ese detalle cambia por completo la lectura del descubrimiento. No estamos solo ante dos bustos bien conservados, sino ante una pieza que podría vincularse con una figura reconocible del mundo grecorromano.
El doctor Peter Gendelman, especialista de la Autoridad de Antigüedades de Israel en la región de Cesarea, explicó que hay dos personajes históricos especialmente relevantes con ese nombre: Licurgo de Esparta, asociado tradicionalmente con la fundación del sistema político y militar espartano, y Licurgo de Atenas, estadista y orador del siglo IV a. C. Gendelman fue prudente: la investigación acaba de empezar y todavía no se puede confirmar a quién representa la escultura.
Esa cautela es importante. Una inscripción no resuelve automáticamente el misterio, pero sí lo orienta. Si la identificación se confirma, el hallazgo permitiría entender mejor qué referencias culturales circulaban entre las élites de Cesarea en época romana y por qué una figura del imaginario griego pudo terminar convertida en decoración de prestigio en una villa o edificio público de la región.
Una villa lujosa, unos baños cercanos y una ciudad acostumbrada al mármol
El lugar también importa. Según explicó Gendelman, este tipo de esculturas solían exhibirse en edificios públicos o en casas de la élite romana, donde funcionaban como una forma de conexión con el mundo cultural y espiritual de la Antigüedad clásica. Cerca del punto del hallazgo ya se habían descubierto restos de una casa de baños, por lo que una hipótesis posible es que los bustos decoraran una villa lujosa de algún residente de Cesarea.
La idea encaja con lo que se sabe de la ciudad. Un estudio publicado en Polish Archaeology in the Mediterranean por Rivka Gersht y el propio Peter Gendelman describe a la Cesarea tardoantigua como una auténtica “ciudad de mármol”, donde siguieron llegando cargamentos de piezas, bloques y elementos decorativos incluso después del siglo IV. El trabajo señala que el mármol se reutilizaba y se incorporaba tanto a espacios públicos como privados y semipúblicos.
Ese contexto ayuda a entender por qué dos esculturas de mármol podían estar originalmente asociadas a un entorno de prestigio. Lo que sigue sin estar claro es por qué acabaron enterradas boca abajo en un pozo de vino.
El escondite es la parte más extraña del hallazgo

La gran pregunta no es solo quién aparece representado, sino por qué alguien decidió ocultar las esculturas. Oren y Reiss plantearon una posibilidad: quizá fueron escondidas para protegerlas cuando el lagar dejó de utilizarse. The Times of Israel recoge además la hipótesis de que pudieran haber sido ocultadas por temor a que fueran destruidas, quizá en un contexto de tensiones religiosas o sociales en la Antigüedad tardía.
No sería una explicación descabellada, pero por ahora sigue siendo una hipótesis. La colocación ordenada, el hecho de que estuvieran boca abajo y el uso de un pozo ya fuera de servicio apuntan a una decisión intencional. Pero falta saber si se trató de un acto de protección, de ocultamiento apresurado, de reutilización ritualizada del espacio o de una solución práctica ante el abandono de una propiedad.
Ese es precisamente el atractivo del hallazgo: no ofrece una respuesta cerrada, sino una escena congelada. Dos rostros de mármol colocados con cuidado en el fondo de una instalación vinícola, esperando más de diecisiete siglos a que una obra ferroviaria los devolviera a la luz.
Ahora empieza la parte menos espectacular, pero más importante
Las esculturas serán presentadas al público en el MUZA, el Museo Eretz Israel de Tel Aviv, durante una conferencia arqueológica prevista para el jueves 18 de junio, y permanecerán expuestas durante los meses de verano. Después pasarán por limpieza, conservación y análisis detallados para intentar determinar con más precisión a quién representan y dónde estuvieron colocadas originalmente.
Ese proceso será clave. El mármol puede revelar detalles de talla, procedencia, reutilización, desgaste y contexto. La inscripción griega puede ofrecer pistas filológicas. El lugar del hallazgo puede ayudar a reconstruir la historia final de las piezas: no solo cuándo fueron hechas, sino cuándo alguien decidió esconderlas.
Por ahora, el descubrimiento deja una imagen potentísima: dos figuras del mundo grecorromano, quizás una de ellas Licurgo, enterradas boca abajo en el fondo de un lagar romano-bizantino. No aparecieron en un templo, ni en una plaza, ni en una villa intacta. Aparecieron en un depósito de vino, cuidadosamente ocultas, como si alguien hubiera intentado salvarlas del tiempo. Y, de algún modo, lo consiguió.