Durante más de dos décadas, un pequeño fósil de Illinois ocupó un lugar privilegiado en la historia evolutiva de los pulpos. Pohlsepia mazonensis, de unos 310 millones de años, parecía demostrar que estos animales ya existían durante el Carbonífero, mucho antes de lo que indicaban otras evidencias.
El problema es que el fósil llevaba todo ese tiempo mostrando una anatomía que nunca tuvo.
Un nuevo análisis publicado en Proceedings of the Royal Society B utilizó técnicas de imagen avanzadas para mirar dentro de la roca y encontró algo que había permanecido oculto desde su descripción en 2000: una rádula con al menos 11 elementos por fila. Esa pequeña estructura dentada ha sido suficiente para descartar su identidad como pulpo y reinterpretarlo como un nautiloide cuyos tejidos se descompusieron antes de quedar fosilizados.
Parecía un pulpo porque estaba pudriéndose

El fósil procede de Mazon Creek, un célebre yacimiento de Illinois conocido por conservar organismos de cuerpo blando del Carbonífero tardío. Cuando fue descrito científicamente, su silueta parecía mostrar un cuerpo redondeado, posibles ojos, aletas y una corona de brazos. Además, no había una concha externa evidente.
Todo encajaba razonablemente con un cefalópodo parecido a los pulpos actuales. La nueva investigación propone una explicación bastante distinta. El animal habría pasado días o incluso semanas descomponiéndose antes de quedar definitivamente enterrado. Durante ese proceso, los tejidos se deformaron, algunas estructuras se desplazaron y la concha aparentemente quedó separada del resto del cuerpo. Lo que terminó fosilizándose fue, por tanto, una versión parcialmente desarmada del animal.
Eso también explica por qué varios de los rasgos utilizados para identificarlo originalmente resultan ahora ambiguos. Los investigadores no encontraron ventosas ni ganchos asociados a los supuestos brazos y tampoco pudieron confirmar algunas de las estructuras anatómicas que parecían evidentes a simple vista.
La descomposición había hecho algo extraordinario: convertir visualmente un nautiloide en algo parecido a un pulpo.
Once pequeños dientes acabaron resolviendo el misterio

La pista decisiva apareció mediante mapeo de fluorescencia de rayos X con sincrotrón (μ-XRF). Esta técnica permitió detectar diferencias químicas escondidas bajo la matriz mineral y reconstruir una rádula que no era visible de forma convencional.
Las rádulas son estructuras utilizadas por los moluscos para procesar alimento y están formadas por hileras de diminutos dientes. El número y la forma de esos elementos pueden ofrecer pistas sobre qué tipo de animal los poseía.
En Pohlsepia, los investigadores pudieron distinguir al menos 11 elementos por fila transversal. Los coleoideos modernos (el grupo que incluye pulpos, calamares y sepias) suelen presentar siete o nueve. La disposición encontrada, junto con la morfología de los dientes, se acerca mucho más a la de los nautiloides.
Hay además un sospechoso especialmente interesante: Paleocadmus pohli, otro nautiloide hallado precisamente en Mazon Creek. Su rádula se parece tanto que los autores proponen que Pohlsepia mazonensis sea, en realidad, la misma especie y pase a considerarse un sinónimo más reciente de Paleocadmus pohli.
Perdimos al pulpo más antiguo. Ganamos otra cosa igual de rara

La reclasificación obliga a modificar una pieza importante del árbol evolutivo de los cefalópodos. Si Pohlsepia no era un pulpo, desaparece una de las principales evidencias utilizadas para situar el origen de los octobraquios en el Paleozoico. Los autores consideran ahora más compatible que las grandes líneas modernas aparecieran bastante después, posiblemente durante el Mesozoico. Sin embargo, el fósil no ha perdido su importancia.
La nueva interpretación lo convierte en la evidencia inequívoca más antigua conocida de tejidos blandos de un nautiloide, ampliando ese registro en unos 220 millones de años. Normalmente, estos animales dejan principalmente sus partes duras, por lo que encontrar restos de su anatomía blanda ofrece una ventana excepcional hacia cómo eran.
Durante 26 años, aquel fósil parecía extraordinario porque era un pulpo increíblemente antiguo. Resultó ser extraordinario por una razón completamente diferente: llevaba más de 300 millones de años conservando las pistas de cómo su propia descomposición consiguió engañarnos.