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Ciencia

España iba a criar casi un millón de pulpos al año en la primera granja industrial del mundo. Cinco años de protestas, ciencia y trabas regulatorias han terminado por hundir el proyecto

Nueva Pescanova quería producir 3.000 toneladas de pulpo al año en Gran Canaria con una instalación inédita en el mundo. El plan terminó convirtiéndose en una batalla sobre inteligencia animal, acuicultura y los límites de lo que estamos dispuestos a criar para comer.
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La idea era transformar al pulpo en un animal de granja a una escala nunca vista.

Nueva Pescanova proyectaba invertir unos 65 millones de euros en el Puerto de Las Palmas de Gran Canaria para construir la que habría sido la primera granja industrial de pulpos del mundo. La instalación ocuparía alrededor de 52.000 metros cuadrados, tendría capacidad para producir 3.000 toneladas anuales y, según las estimaciones manejadas alrededor del proyecto, podría criar cerca de un millón de animales cada año.

No llegará a ocurrir, al menos allí.

Después de cinco años de trámites, polémicas y campañas internacionales, Nueva Pescanova ha retirado su solicitud para levantar la planta. La compañía atribuye la decisión a razones empresariales y regulatorias, después de que nuevas exigencias ambientales modificaran los requisitos, plazos y condiciones inicialmente previstos. También ha dejado abierta la posibilidad de estudiar otras fórmulas o ubicaciones en el futuro.

Para las organizaciones que llevaban años intentando detenerla, sin embargo, el desenlace tiene otra lectura: consideran que es la primera gran victoria de una campaña que quiere impedir que la cría industrial de pulpos llegue siquiera a convertirse en una nueva industria.

El problema no era criar pulpos. Era qué tipo de animal estaban intentando convertir en ganado

La polémica creció a medida que también lo hacía el conocimiento científico sobre estos cefalópodos.

Los pulpos son animales con comportamientos complejos y una extraordinaria capacidad para interactuar con su entorno. Una revisión científica publicada en 2026 volvió a evaluar las evidencias disponibles sobre sintiencia en cefalópodos y encontró evidencia sólida de sintiencia en los pulpos, con un grado alto o muy alto de confianza en varios de los criterios analizados.

El debate ha saltado incluso a la legislación. Reino Unido reconoce legalmente a los cefalópodos como seres sintientes capaces de experimentar dolor, sufrimiento o daño dentro de su marco sobre sintiencia animal.

Y eso genera un choque especialmente incómodo con la ganadería intensiva.

Los pulpos son, por naturaleza, animales generalmente solitarios. Criarlos a gran escala introduce problemas de agresividad, lesiones y canibalismo, además de dificultades para alimentar y sacar adelante a los animales durante sus primeras etapas de desarrollo. La literatura científica sobre acuicultura de pulpos lleva años señalando precisamente esos obstáculos.

Nueva Pescanova defendía, por su parte, que la acuicultura podía ofrecer una alternativa a una demanda mundial que actualmente depende de las capturas salvajes. La discusión, por tanto, no era simplemente científica: enfrentaba bienestar animal, sostenibilidad y un negocio pesquero de enorme tamaño.

La protesta de Gran Canaria acabó convirtiéndose en un movimiento que cruzó fronteras

El proyecto encontró oposición prácticamente desde que se hizo público. En Canarias hubo concentraciones contra la granja y las campañas terminaron extendiéndose a otros países, mientras investigadores y organizaciones de bienestar animal reclamaban impedir la aparición de esta nueva industria.

El fenómeno empezó incluso a producir leyes antes de que existieran las granjas.

Washington prohibió la cría comercial de pulpos en 2024, convirtiéndose en el primer estado estadounidense en hacerlo. California aprobó poco después su propia legislación contra la cría y comercialización de pulpos procedentes de estas instalaciones. México también ha debatido una prohibición nacional y existen iniciativas similares en otros territorios.

El objetivo es inusual: prohibir una industria antes de que consiga existir a gran escala.

La granja cayó, aunque no está claro cuánto tuvieron que ver las protestas

Ahí conviene introducir un matiz importante.

Los grupos animalistas han presentado la retirada como una victoria después de años de presión. Compassion in World Farming, una de las organizaciones implicadas en la campaña, celebró públicamente la cancelación como el resultado de años de oposición al proyecto.

Nueva Pescanova ofrece una explicación diferente: habla específicamente de nuevas condiciones administrativas, regulatorias y empresariales. Y fuentes consultadas por The Guardian han cuestionado además que las protestas locales fueran suficientemente numerosas como para explicar por sí solas la retirada.

Probablemente ahí esté lo más interesante de toda la historia.

La primera granja industrial de pulpos del planeta no llegó siquiera a abrir sus puertas, pero consiguió cambiar la conversación mucho antes de producir su primer kilo de pulpo.

Lo que empezó como un proyecto de acuicultura de 65 millones de euros terminó obligando a científicos, gobiernos y consumidores a responder una pregunta mucho más difícil: si sabemos que un animal puede sufrir y posee capacidades cognitivas complejas, ¿hasta dónde estamos dispuestos a industrializarlo para convertirlo en alimento?

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