En la Europa de los siglos XVI y XVII, comprar medicamentos podía significar llevarse a casa algo bastante más inquietante que una mezcla de hierbas. En determinadas boticas se vendían preparados elaborados con cráneos humanos, sangre, grasa corporal y restos de momias egipcias. Se recetaban para tratar desde dolores de cabeza hasta hemorragias y ataques epilépticos. Y lo más sorprendente es que aquellas sustancias no estaban necesariamente relegadas a la superstición popular: también formaban parte de la medicina practicada por profesionales respetados.
La contradicción resulta difícil de ignorar. Mientras los europeos denunciaban el supuesto salvajismo de los pueblos americanos por practicar el canibalismo, algunos de sus propios médicos recomendaban consumir partes del cuerpo humano para recuperar la salud.
Aquello tenía un nombre, medicina cadavérica, y sobrevivió durante siglos. Pero su popularidad también escondía una historia de traducciones equivocadas, comercio de cadáveres y creencias sobre el funcionamiento del organismo que hoy resultan difíciles de imaginar.
Todo empezó con una sustancia medicinal que Europa interpretó de la peor manera posible

Uno de los productos más apreciados era la mumia, una sustancia que originalmente no tenía por qué proceder de un cadáver. Según explica la historiadora Erin Blakemore en National Geographic, el término estaba relacionado con materiales bituminosos utilizados con fines medicinales en Oriente Próximo. Durante los siglos XI y XII, las traducciones de textos médicos contribuyeron a asociarlo con las sustancias oscuras presentes en las momias egipcias.
La interpretación terminó adquiriendo vida propia. Los comerciantes comenzaron a obtener restos momificados de tumbas egipcias y exportarlos hacia Europa, donde podían triturarse y convertirse en ingredientes farmacéuticos. La demanda llegó a superar la disponibilidad de momias antiguas, favoreciendo la aparición de falsificaciones elaboradas con cadáveres mucho más recientes.
El fenómeno alcanzó tal magnitud que los restos humanos terminaron convertidos en mercancías. Un estudio histórico recogido por Smithsonian Magazine explica que esta práctica se extendió por diferentes países europeos y alcanzó especial popularidad durante los siglos XVI y XVII. Pero las momias egipcias eran solo una parte del problema.
Un rey bebía cráneos humanos y algunos enfermos buscaban sangre recién extraída

La medicina cadavérica también utilizaba materiales obtenidos de personas fallecidas recientemente, incluidos condenados ejecutados. El historiador Richard Sugg, autor de Mummies, Cannibals and Vampires, documentó cómo médicos y boticarios empleaban huesos pulverizados, grasa humana y sangre en remedios destinados a tratar diferentes enfermedades.
Uno de los ejemplos más llamativos fue el del rey Carlos II de Inglaterra. El monarca consumía una preparación alcohólica conocida como King’s Drops, elaborada con cráneo humano. No era el único caso. Algunos tratados médicos recomendaban utilizar polvo de cráneo contra determinadas afecciones neurológicas, mientras que en regiones germánicas había personas que acudían a las ejecuciones para conseguir sangre fresca, a la que atribuían propiedades curativas.
La explicación respondía a una idea extendida entonces: el cuerpo humano conservaba una fuerza vital que podía transferirse mediante determinadas sustancias. Según la investigación histórica publicada por Smithsonian, esta concepción permitió que preparados hoy considerados aberrantes fueran aceptados durante generaciones. Sin embargo, no todos los médicos compartían ese entusiasmo.
El cirujano francés Ambroise Paré criticó abiertamente la utilización de momias como remedio durante el siglo XVI. Había observado que estos preparados no ofrecían los beneficios prometidos y podían provocar efectos perjudiciales. La oposición existía, aunque no logró acabar inmediatamente con un comercio que proporcionaba ingresos a numerosos intermediarios.
La práctica comenzó a desaparecer, pero dejó una paradoja difícil de olvidar

A partir del siglo XVIII, la medicina cadavérica perdió progresivamente prestigio. Las nuevas investigaciones anatómicas, el desarrollo de métodos experimentales y el cuestionamiento de antiguos remedios contribuyeron a su declive. No desapareció de golpe. Algunas prácticas sobrevivieron durante el siglo XIX, y todavía existen referencias a productos derivados de momias en catálogos farmacéuticos de comienzos del XX.
La propia fascinación europea por los cadáveres egipcios cambió de forma. Las momias dejaron de ser principalmente ingredientes medicinales para convertirse en objetos de estudio, coleccionismo y espectáculos públicos donde eran desenvueltas ante espectadores. La historia también obliga a introducir una distinción: estos remedios no son equivalentes a las transfusiones o los trasplantes modernos, cuya utilidad depende de procedimientos clínicos y evidencias científicas.
El problema de la medicina cadavérica era precisamente que atribuía propiedades terapéuticas a los restos humanos sin una demostración fiable de sus beneficios. Y también revela una contradicción cultural mucho más profunda.
Durante siglos, sectores de Europa utilizaron el canibalismo como argumento para describir a otros pueblos como inferiores, mientras normalizaban el consumo de restos humanos cuando lo presentaban como medicina. Aquellas recetas no curaron las enfermedades que prometían combatir. Pero dejaron un testimonio extraordinario de cómo una sociedad podía convertir sus propias creencias en conocimiento aparentemente legítimo.