No todas las tumbas fueron encontradas intactas y tampoco todas contenían oro. Pero varias de las cámaras funerarias permanecían protegidas por las losas de piedra colocadas en sus accesos hace cerca de dos mil años. Cuando los arqueólogos lograron entrar, encontraron algo que combinaba las tradiciones religiosas de dos mundos: láminas de oro colocadas en la boca de algunos difuntos para que pudieran hablar en el más allá.
El descubrimiento se produjo en Marina El-Alamein, un gran yacimiento situado en la costa mediterránea de Egipto, aproximadamente 100 kilómetros al oeste de Alejandría. Una misión arqueológica egipcia ha localizado allí 18 nuevas tumbas pertenecientes a los periodos ptolemaico y romano, además de enterramientos superficiales, cerámicas, altares, esculturas y un sarcófago de granito que todavía conservaba restos humanos en su interior.
No eran 18 tumbas completamente intactas

El hallazgo necesita un matiz importante. Los arqueólogos descubrieron 18 estructuras funerarias, pero la información difundida por el Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto solo indica que varias cámaras se encontraban en un estado excepcional y mantenían sus accesos cerrados con las losas originales. No significa que las 18 tumbas hubieran permanecido completamente selladas o sin alteraciones desde la Antigüedad.
Once de las tumbas son hipogeos excavados directamente en la roca y alcanzan una profundidad media cercana a los ocho metros. Las otras siete fueron construidas más cerca de la superficie mediante bloques de piedra caliza.
Alrededor de estas estructuras aparecieron enterramientos mucho más sencillos. Esa diferencia entre tumbas monumentales y sepulturas superficiales podría reflejar la diversidad económica y social de la ciudad: algunas familias disponían de recursos para construir complejos subterráneos, mientras que otras recurrieron a espacios funerarios más modestos. También se identificó un antiguo pozo de agua que posteriormente fue reutilizado para depositar cuerpos.
Las excavaciones han ampliado además los límites conocidos del asentamiento. El Ministerio egipcio sitúa en 44 el número total de tumbas registradas en Marina El-Alamein desde que el yacimiento fue descubierto en 1986, aunque algunos despachos internacionales han publicado la cifra de 48. La diferencia parece proceder de versiones distintas del anuncio oficial y todavía no ha sido aclarada públicamente.
Un sarcófago de granito todavía conservaba su tapa
Entre los hallazgos más destacados aparece un sarcófago de granito de unos 2,5 metros de longitud. Su tapa seguía colocada cuando fue localizado y en el interior había restos óseos humanos que ahora están siendo analizados.
Cerca del sarcófago, los excavadores recuperaron fragmentos de una figura de yeso con apariencia de esfinge. También aparecieron una estela funeraria de piedra caliza que representa a un hombre sentado con un ave, pequeños recipientes de vidrio, altares, lámparas de aceite, platos, ánforas y numerosas vasijas completas o casi completas.
El conjunto no pertenece al Egipto de las grandes pirámides, sino a una etapa mucho más tardía. Las tumbas se datan entre el periodo ptolemaico, iniciado después de la conquista de Alejandro Magno, y la época romana, cuando Egipto quedó incorporado al Imperio tras la muerte de Cleopatra VII.
Marina El-Alamein suele identificarse con Leukaspis, una antigua ciudad portuaria donde las tradiciones egipcias convivieron con influencias griegas y romanas. Esa mezcla cultural aparece de forma especialmente clara en una estatua incompleta que probablemente representa a Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza.
Las lenguas de oro debían devolver la voz a los muertos
Los arqueólogos recuperaron 24 pequeñas láminas de oro asociadas con los enterramientos. Varias fueron encontradas en la zona de la boca de los difuntos y han sido interpretadas como “lenguas de oro”.
Este tipo de amuleto se conoce en otros yacimientos egipcios de las épocas ptolemaica y romana. Su función habría sido proporcionar al fallecido una voz sobrenatural con la que pronunciar fórmulas religiosas, dirigirse a las divinidades o defenderse durante el juicio ante Osiris.
El oro tenía además una poderosa carga simbólica. Su brillo, su resistencia a la corrosión y su asociación con la carne de los dioses lo convertían en un material apropiado para garantizar la transformación del cuerpo y su continuidad en el más allá. Una de las piezas halladas presenta la forma del Ojo de Horus, un símbolo vinculado con la protección y la regeneración.
Sin embargo, la identificación de las 24 láminas como lenguas no es completamente indiscutible. El arqueólogo Attilio Mastrocinque, que no participó en la excavación, señaló a Live Science que una de las piezas mostradas en las fotografías podría representar una espiga de trigo, motivo relacionado con la fertilidad en el mundo antiguo. Será necesario estudiar cada objeto, su posición original y su relación con los cuerpos antes de determinar su función exacta.
Un altar parece abrir una puerta hacia el más allá

Otro objeto singular es un altar de piedra caliza cuya base recuerda a una puerta falsa. En la religión funeraria egipcia, estas estructuras representaban un paso simbólico entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Permitían que el espíritu recibiera las ofrendas depositadas por sus familiares sin abandonar definitivamente la tumba.
La interpretación, no obstante, también exige prudencia. Especialistas consultados por Live Science consideran posible que el altar estuviera inacabado o que el diseño represente el jeroglífico utilizado para expresar el concepto de “ofrenda”, en lugar de una puerta falsa propiamente dicha.
Precisamente esas dudas convierten el conjunto en algo más interesante que una simple colección de objetos valiosos. Las tumbas documentan una sociedad en la que podían convivir una estatua de Afrodita, una esfinge, el Ojo de Horus y rituales destinados a hablar ante Osiris.
Dos descubrimientos distintos que no deben confundirse
El anuncio de Marina El-Alamein coincidió con la presentación de otro hallazgo arqueológico en el oasis de Dakhla, en el desierto occidental egipcio. Allí se descubrieron restos de una ciudad de época bizantina con viviendas, hornos, monedas, calles planificadas y una iglesia de planta basilical.
La basílica y el asentamiento cristiano del siglo IV no forman parte de Marina El-Alamein. Son dos yacimientos separados por cientos de kilómetros y pertenecientes a contextos históricos diferentes, aunque algunas informaciones hayan reunido ambos descubrimientos dentro de una misma noticia.
En la costa mediterránea, los análisis del sarcófago, los esqueletos y los objetos funerarios permitirán averiguar quiénes fueron enterrados en las nuevas tumbas y qué posición ocuparon dentro de Leukaspis. Las lenguas de oro ya han revelado algo fundamental: siglos después de la llegada de griegos y romanos, los antiguos habitantes de esta ciudad todavía confiaban en rituales egipcios para asegurarse de que la muerte no les arrebatara la voz.