El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9,0 frente a la costa japonesa provocó un gigantesco tsunami que alcanzó la central nuclear de Fukushima Daiichi.
Los reactores que estaban funcionando se apagaron automáticamente, pero el agua inundó equipos eléctricos y generadores de emergencia. Sin electricidad suficiente para mantener los sistemas de refrigeración, las unidades 1, 2 y 3 sufrieron fusiones del núcleo y posteriormente se produjeron explosiones de hidrógeno.
El accidente terminó siendo clasificado en el nivel 7 de la escala INES, el máximo posible.
Fukushima no tiene un sarcófago como Chernóbil
La comparación con Chernóbil puede llevar a una idea equivocada.
Después del accidente de 1986, el reactor 4 de Chernóbil fue cubierto primero por una estructura de emergencia y, décadas después, por el gigantesco Nuevo Confinamiento Seguro. En Fukushima, la estrategia ha sido distinta.
Los edificios de los reactores siguen formando parte de una enorme instalación industrial activa donde los equipos mantienen las unidades estabilizadas, controlan la radiación y preparan la retirada progresiva del combustible y los residuos.
TEPCO considera que las unidades 1, 2 y 3 continúan en un estado estable de parada fría.

Cientos de toneladas de combustible fundido siguen dentro
Durante las fusiones de 2011, el combustible nuclear se calentó hasta mezclarse con materiales estructurales del reactor.
El resultado es una masa altamente radiactiva conocida como fuel debris.
Retirarla es uno de los mayores desafíos del desmantelamiento. Los niveles de radiación y las condiciones dentro de los recipientes de contención dificultan enormemente el trabajo, por lo que buena parte de las operaciones deben realizarse con robots y equipos controlados de forma remota.
Desde septiembre de 2024 comenzaron las primeras operaciones experimentales para extraer pequeñas muestras de estos residuos en la Unidad 2. TEPCO pretende aumentar progresivamente la escala de estas intervenciones.
Los reactores todavía necesitan refrigeración
Aunque han pasado quince años, el combustible fundido continúa generando calor residual.
Por eso sigue circulando agua para mantener los reactores refrigerados.
Los datos publicados por TEPCO indican que el sistema utiliza aproximadamente 200 metros cúbicos diarios de agua de refrigeración, gran parte de la cual se recupera y vuelve a utilizarse dentro del circuito.
El problema adicional es que agua subterránea y de lluvia puede entrar en los edificios dañados y mezclarse con agua radiactiva.
En los últimos años Japón ha conseguido reducir considerablemente esa cantidad. TEPCO señala que la generación de agua contaminada cayó hasta aproximadamente 70 metros cúbicos diarios y que el objetivo inicial previsto para 2028 se alcanzó antes de tiempo.
El agua que termina en el océano
Parte de esa agua se trata mediante el sistema ALPS, capaz de retirar numerosos radionúclidos.
El tritio, un isótopo del hidrógeno, resulta mucho más difícil de separar del propio agua, por lo que el líquido tratado se diluye antes de su descarga.
Japón comenzó a liberar gradualmente esta agua tratada al océano Pacífico en agosto de 2023.
Las descargas continúan en 2026 dentro de un programa que seguirá durante años, mientras Japón intenta resolver una operación todavía más complicada: retirar el combustible fundido y desmontar por completo la central. TEPCO sigue trabajando con un horizonte de varias décadas. Su hoja de ruta sitúa el desmantelamiento completo aproximadamente entre 30 y 40 años después del accidente, aunque la dificultad técnica del trabajo hace que ese calendario siga siendo uno de los grandes interrogantes de Fukushima.