Tomar un café recién preparado o una taza de té humeante forma parte de la rutina diaria de millones de personas. Para muchos, cuanto más caliente está la bebida, mejor resulta la experiencia. Sin embargo, una investigación científica de gran escala acaba de poner el foco sobre un detalle que suele pasar inadvertido: la temperatura a la que se consumen estas infusiones podría tener consecuencias importantes para la salud.
El trabajo, publicado en la revista científica International Journal of Cancer, encontró una asociación entre el consumo de bebidas a temperaturas muy elevadas y un mayor riesgo de desarrollar cáncer de esófago. Los resultados llamaron especialmente la atención porque no se trata de un hábito poco frecuente ni de una exposición excepcional, sino de una costumbre profundamente arraigada en la vida cotidiana.
Lo más llamativo es que los investigadores identificaron diferencias importantes según la temperatura preferida por los participantes. Y aunque beber café o té no representa por sí mismo un peligro inevitable, los datos sugieren que esperar unos minutos antes de dar el primer sorbo podría ser una decisión preventiva relevante.

Casi un millón de personas participaron en la investigación
El estudio, titulado Bebidas calientes y cáncer de esófago: análisis prospectivos en aproximadamente un millón de adultos del Reino Unido, fue desarrollado por los investigadores Kezia Gaitskell, Sarah Floud, Gillian K. Reeves y Keren Papier.
Para analizar la posible relación entre la temperatura de las bebidas y esta enfermedad, el equipo examinó los hábitos de consumo y las preferencias térmicas de aproximadamente 980.000 adultos británicos.
La investigación utilizó información procedente de dos grandes proyectos científicos: el Million Women Study, considerado uno de los estudios más amplios sobre salud femenina, y el UK Biobank, una iniciativa biomédica que recopila información sobre los hábitos de vida y la salud de cientos de miles de personas.
Los participantes debieron informar cuántas tazas de bebidas calientes consumían habitualmente. Para facilitar el análisis, los investigadores establecieron dos categorías: quienes bebían menos de seis tazas diarias y quienes alcanzaban o superaban esa cantidad.
También tuvieron que identificar cómo preferían tomar sus infusiones. Las opciones contemplaban cuatro posibilidades: muy caliente, caliente, tibia o directamente no consumir bebidas calientes.
Esta clasificación permitió estudiar dos variables diferentes: la cantidad de bebidas ingeridas y la temperatura a la que se consumían. La distinción resultó fundamental para comprender qué aspecto del hábito podía estar relacionado con el desarrollo de la enfermedad.
La temperatura fue el factor que más llamó la atención
Uno de los resultados más importantes del trabajo fue que la frecuencia de consumo, considerada de manera aislada, no mostró una asociación significativa con el carcinoma de células escamosas de esófago.
En cambio, la temperatura de las bebidas sí apareció como un elemento relevante. Los investigadores observaron que el riesgo aumentaba a medida que también lo hacía el calor de las infusiones consumidas.
Las personas que preferían tomar café o té calientes presentaron casi el doble de riesgo en comparación con aquellas que los bebían tibios. Sin embargo, la diferencia fue todavía más pronunciada entre quienes elegían consumirlos muy calientes: en ese grupo, la probabilidad llegó a triplicarse.
Los resultados apuntan a que no solamente importa qué se bebe o con qué frecuencia, sino también a qué temperatura entra el líquido en contacto con los tejidos del organismo.
Una de las explicaciones que se considera detrás de esta asociación es el daño térmico que pueden sufrir las células del esófago cuando están expuestas repetidamente a líquidos extremadamente calientes. Esa agresión podría favorecer procesos de inflamación y reparación celular que, con el tiempo, contribuyan al desarrollo de alteraciones cancerígenas.
Los datos también mostraron diferencias relacionadas con la cantidad consumida. Quienes bebían seis o más tazas calientes al día registraron un riesgo un 71 % superior al de quienes consumían menos de seis tazas.
Una costumbre cotidiana que podría tener consecuencias importantes
El esófago es un órgano muscular que conecta la garganta con el estómago y permite el paso de los alimentos y los líquidos. Aunque muchas veces pasa inadvertido, su funcionamiento resulta indispensable para la alimentación.
En el Reino Unido se diagnostican aproximadamente 9.600 nuevos casos de cáncer de esófago cada año, según las cifras de la organización Cancer Research UK.
En este contexto, los investigadores señalaron que alrededor del 14 % de los diagnósticos de esta enfermedad podrían prevenirse mediante una medida tan sencilla como dejar enfriar las bebidas antes de consumirlas.
La autora principal del trabajo, Keren Papier, epidemióloga nutricional sénior de Oxford Population Health, destacó en una entrevista con CNN la dimensión del análisis y lo calificó como el estudio más grande realizado hasta el momento sobre esta cuestión.
De todas formas, es importante interpretar los resultados correctamente: la investigación identifica una asociación entre las temperaturas elevadas y el riesgo de cáncer, pero no significa que todas las personas que beben café o té calientes vayan a desarrollar la enfermedad.
La principal conclusión es mucho más sencilla de aplicar que muchas otras recomendaciones preventivas: no es necesario abandonar el café ni renunciar a una taza de té para reducir la exposición al calor excesivo.
Esperar unos minutos antes de beber, evitar los líquidos que producen sensación de quemazón y permitir que alcancen una temperatura más moderada son medidas accesibles que pueden incorporarse fácilmente a la rutina.
A veces, un cambio pequeño en un hábito cotidiano puede tener una importancia mucho mayor de lo que parece.
[Fuente: La Nación]