El Cerrado brasileño —una vasta sabana tropical que ocupa más del 20 % del territorio nacional— atraviesa una de las transformaciones ecológicas más profundas de su historia. Entre 1985 y 2024, perdió 40,5 millones de hectáreas de vegetación nativa, lo que equivale al 28 % de su cobertura original, según el estudio Colección MapBiomas 10. Este proceso de degradación, alimentado por la expansión agrícola y energética, convierte al bioma en el epicentro del conflicto entre desarrollo y conservación en Brasil.
Un bioma que se reduce sin freno
En 1985, más de un tercio de los municipios del Cerrado conservaban intacta la mayor parte de su cobertura vegetal. Hoy, solo la mitad del bioma mantiene vegetación nativa, mientras que el 48,8 % del territorio ha sido transformado en campos agrícolas o áreas industriales.
La analista Bárbara Costa, del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (IPAM), explicó que las décadas de 1980 y 1990 marcaron el punto de inflexión: “La eliminación de la vegetación nativa fue intensa. Desde entonces, la agricultura se expandió e intensificó, convirtiendo al Cerrado en el corazón de la producción de cereales del país”.
El maíz, la soja y el algodón dominan el paisaje donde antes crecían miles de especies de árboles, pastos y flores endémicas. La homogeneización del terreno y el uso intensivo del suelo están alterando de manera irreversible la dinámica natural del ecosistema.
Del Amazonas no se desmontó casi nada, porque sus suelos no son agrícolas, son oxisoles extremadamente ácidos y muy meteorizados.
Sólo el 8% de Brasil se siembra y la parte nueva pertenece al bioma Los Cerrados, no a Amazonia.
8.000 millones de personas no van a vivir del aire. https://t.co/funJ8aSLVr pic.twitter.com/CrXJIvuvaB— Bumper Crop (@BumperCrop1) February 10, 2025
Matopiba: el núcleo de la devastación
El estudio identifica a la región de Matopiba —que abarca los estados de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía— como el epicentro de la pérdida ambiental. Aunque representa apenas el 30 % del Cerrado, concentra el 39 % de toda la destrucción registrada desde 1985, equivalente a 15,7 millones de hectáreas.
En apenas una década, el 73 % de la deforestación del bioma ocurrió en esta región, impulsada por el agronegocio y, más recientemente, por los proyectos de energía solar.
Las cifras son contundentes: la superficie agrícola se multiplicó por 24 en cuarenta años, alcanzando 5,5 millones de hectáreas. A esto se suman 11.300 hectáreas ocupadas por plantas fotovoltaicas, un incremento del 1.273 % desde 2016, que en muchos casos implicó la conversión de áreas naturales.
La crisis del agua
El informe también advierte sobre el deterioro de los recursos hídricos. En 2024, el Cerrado registró su mayor superficie de agua en casi cuatro décadas —1,6 millones de hectáreas—, pero el 60 % de esta proviene de fuentes artificiales como represas, embalses hidroeléctricos, acuicultura y minería.
En contraste, las aguas naturales disminuyeron 249.000 hectáreas, una reducción del 27,8 %. Nueve de cada diez cuencas hidrográficas perdieron superficie natural, mientras que dos tercios aumentaron las zonas artificiales.
“La presión sobre el agua es enorme. Más de la mitad del Cerrado está dentro de propiedades rurales”, advirtió Ane Alencar, directora científica del IPAM. “Producir sin destruir debe ser la prioridad, y eso requiere políticas que equilibren producción, conservación y restauración ambiental”.

Agricultura, energía y cambio climático
La expansión agrícola y energética en el Cerrado no solo transforma su paisaje: modifica los ciclos climáticos y amenaza la biodiversidad. Este bioma alberga más de 11.000 especies de plantas y actúa como un regulador hídrico clave para las principales cuencas de Sudamérica, incluidas las del Amazonas, São Francisco y Paraná.
La deforestación y la conversión del suelo reducen la capacidad del terreno para retener agua y aumentan la frecuencia de incendios, mientras que el cambio climático agrava la vulnerabilidad de las especies locales.
Un llamado urgente a la acción
El informe de MapBiomas es un recordatorio de que el Cerrado se acerca a un punto de no retorno. Los expertos coinciden en que la respuesta debe ser inmediata: restaurar áreas degradadas, reforzar la fiscalización ambiental y promover modelos de producción sostenible.
Proteger el Cerrado no es solo una cuestión de biodiversidad. Es también un desafío de seguridad hídrica, alimentaria y climática para Brasil y para el planeta.
Sin medidas contundentes, el bioma podría colapsar en pocas décadas, y con él, uno de los pulmones más antiguos y valiosos de Sudamérica.
Fuente: Meteored.