Lo que comenzó como un símbolo de modernidad y eficiencia —selecciones de personal sin desplazamientos, con procesos más rápidos y globales— se ha visto alterado por la irrupción de la inteligencia artificial como herramienta de fraude. Ahora, desde Silicon Valley hasta las consultoras más influyentes, muchas compañías han decidido que el momento decisivo de la contratación debe ocurrir frente a frente.
Un viraje que empieza en las grandes tecnológicas

En junio, Sundar Pichai, CEO de Google, anunció en un podcast que la empresa incorporará, de forma sistemática, al menos una ronda de entrevistas presenciales para ciertos perfiles. El objetivo: confirmar, sin mediaciones digitales, que las habilidades esenciales están ahí.
Apple, Meta, Cisco y McKinsey han adoptado una filosofía similar, impulsando un cambio notable: según datos del sector, el porcentaje de empresas que exige entrevistas presenciales ha pasado del 5 % en 2024 al 30 % este año. En muchos casos, este requisito se reserva para la etapa final del proceso, cuando se definen las condiciones laborales, incluido el salario.
El nuevo juego de las trampas digitales

Los perfiles técnicos, en especial programadores e ingenieros de software, concentran el problema. En pruebas de codificación en tiempo real, algunos candidatos recurren a herramientas de IA para resolver desafíos, borrando la línea entre habilidad real y respuesta automatizada.
El fenómeno no es aislado. Un joven que superó una entrevista técnica de Amazon con ayuda de IA fundó después Cluely, una startup que promueve “hacer trampas en todo”, respaldada con 15 millones de dólares de la firma a16z. Lo que empezó como una anécdota se ha convertido en un negocio millonario.
Fraude global y señales de alerta
Más allá de las trampas técnicas, el FBI alertó en 2023 sobre un fraude masivo: miles de norcoreanos usaron deepfakes y documentación falsificada para hacerse pasar por estadounidenses y acceder a empleos remotos en empresas norteamericanas.
Las compañías que aún mantienen entrevistas virtuales han desarrollado un instinto para detectar irregularidades: murmullos fuera de cámara, pausas sospechosas tras teclear… pequeñas grietas por las que se asoma la verdad.
En este contexto, la vuelta a la entrevista presencial no es nostalgia, sino estrategia: un esfuerzo por rescatar la confianza en un proceso que, frente a la pantalla, parece cada vez más fácil de manipular.