Durante décadas, la imagen de nuestros ancestros más antiguos estuvo marcada por fósiles icónicos como el de Lucy. Pero una investigación reciente desafía esa visión, mostrando que, en algunos homínidos arcaicos, la diferencia de tamaño entre machos y hembras era mucho más marcada de lo que creíamos, con implicaciones profundas para entender su vida social.
Una técnica para descifrar el pasado fragmentado

Estudiar el dimorfismo sexual en especies extintas siempre ha estado limitado por un registro fósil incompleto y difícil de asignar a un sexo concreto. Para superar esta barrera, el equipo dirigido por Adam D. Gordon, de la Universidad de Albany, aplicó un método estadístico que compara la variabilidad morfológica de fósiles con la de especies actuales —desde chimpancés hasta humanos modernos— para estimar diferencias de tamaño sin necesidad de identificar individualmente a machos y hembras.
Esta aproximación, validada con datos de especies vivas, permitió medir con alta precisión el grado de dimorfismo en homínidos del Plioceno. Los resultados apuntan a una disparidad notablemente mayor que la asumida hasta ahora.
Machos gigantes y hembras pequeñas

Los análisis revelaron que en Australopithecus afarensis y Australopithecus africanus los machos podían superar en tamaño a las hembras hasta en un 50 %. Este contraste es mayor que el observado en humanos modernos —donde la diferencia promedio es del 15–20 %— e incluso comparable al de gorilas de montaña, en los que los machos pueden duplicar el peso de las hembras.
Este patrón sugiere estructuras sociales basadas en alta competencia masculina por las hembras, posiblemente en sistemas políginos, y plantea la posibilidad de que la presión ecológica también favoreciera un menor tamaño en las hembras para optimizar el gasto energético en entornos de recursos limitados.
Un cambio de perspectiva evolutiva
El estudio también desmonta la idea de que el dimorfismo sexual siguió una trayectoria lineal de reducción a lo largo de la evolución humana. En cambio, distintas especies pudieron haber respondido a presiones selectivas divergentes, adaptándose a sus entornos con estrategias corporales muy diferentes.
Más allá de los australopitecinos, esta metodología podría aplicarse a otras especies fósiles como Homo habilis o Homo erectus, revelando variaciones ocultas y obligando a replantear las narrativas sobre la evolución social y biológica de nuestro linaje. Lo que antes parecía una historia sencilla ahora se perfila como una crónica de contrastes extremos y adaptaciones inesperadas.