La alianza espacial entre Estados Unidos y Europa atraviesa su momento más tenso en décadas. Con los recortes propuestos por la administración Trump, la NASA deja fuera de juego a la ESA en sus proyectos más ambiciosos, incluida la exploración lunar. El giro, que apuesta por el sector privado y descarta colaboraciones clave, plantea un escenario radicalmente nuevo en la carrera espacial.
Un recorte que sacude alianzas

La propuesta de presupuesto para el año fiscal 2026 presentada por la Casa Blanca marca un antes y un después para la NASA. Con una reducción del 25% —de 24.800 a 18.800 millones de dólares— los recortes afectan especialmente a la ciencia, pero también golpean de lleno al programa Artemis. Este ambicioso proyecto lunar, que originalmente pretendía el regreso sostenido del ser humano a la Luna, se fragmenta: el cohete SLS y la nave Orion se cancelan, mientras que la estación Gateway queda fuera de los planes.
Este tijeretazo deja a Europa en una posición comprometida. Según Xataka, La Agencia Espacial Europea (ESA), aliada clave de la NASA, había invertido cientos de millones de euros en componentes esenciales como el Módulo de Servicio Europeo (ESM), que da soporte vital a Orion. Ahora, tres de estos módulos encargados a Airbus podrían quedar sin uso.
Inversiones congeladas y sueños pospuestos

El impacto para Europa va más allá del ESM. La estación orbital Lunar Gateway, planificada para 2027, era un proyecto conjunto que incluía a Japón, Canadá, los Emiratos Árabes y la propia ESA. Su cancelación deja en el aire piezas ya fabricadas, como el módulo HALO producido en Turín, o el hábitat I-Hab, en desarrollo junto a JAXA.
Además, estos acuerdos representaban la llave para que astronautas europeos viajaran a la Luna. El español Pablo Álvarez, por ejemplo, se preparaba para misiones en Gateway. Pero con Artemis III enfocado exclusivamente en astronautas estadounidenses, y sin nuevas fechas claras, Europa pierde momentáneamente su asiento en esta nueva carrera espacial.
Una apuesta por lo privado y por Marte
El nuevo enfoque de la NASA se centra en acelerar la exploración mediante empresas privadas. Con 7.000 millones de dólares destinados a sistemas lunares comerciales —como Starship de SpaceX o Blue Moon de Blue Origin— y 1.000 millones para un programa marciano liderado por Jared Isaacman, se perfila un cambio de paradigma: menos cooperación internacional y más outsourcing.
En paralelo, desaparecen menciones a la inclusión y diversidad en los objetivos de la NASA. Las prioridades giran en torno a eficiencia, velocidad y liderazgo frente a China, que avanza con sus propias misiones lunares y marcianas, abiertas ahora a socios globales.
Europa busca nuevo rumbo
La ESA, de momento, mantiene la compostura. Josef Aschbacher, su director general, anunció reuniones para analizar el nuevo panorama con la NASA. Pero en su comunicado subyace una advertencia: Europa quiere ser un socio “fiable, robusto y deseable”. El tono diplomático no oculta la incomodidad.
¿Podría la ESA mirar a China como nuevo aliado? No es descabellado. China ya abrió la puerta a colaborar en Tianwen-3 y Chang’e-8, sabiendo que el vacío que deja EE.UU. puede ser una oportunidad estratégica. Europa, con sus tecnologías y capacidades, podría convertirse en el comodín más codiciado de la nueva carrera espacial.