Durante mucho tiempo, la historia de la construcción tuvo una especie de línea clara: ciertas técnicas complejas aparecían con los romanos, y desde ahí evolucionaban. Pero esa línea acaba de romperse.
En el yacimiento neolítico de Motza, cerca de Jerusalén, un equipo de arqueólogos ha encontrado algo que no encaja con ese relato. No se trata solo de la antigüedad del hallazgo (unos 10.000 años), sino de la técnica que hay detrás.
Los habitantes de ese asentamiento ya sabían fabricar yeso a partir de dolomita, un proceso que hasta ahora se creía propio de la época romana. Y lo más desconcertante es que no era una versión rudimentaria.
Una tecnología demasiado avanzada para su tiempo

El yeso tradicional en la antigüedad se obtenía a partir de caliza. Es un proceso relativamente conocido: se calienta la piedra, se obtiene cal viva y luego se mezcla con agua para crear el material de construcción. La dolomita, en cambio, es otra historia.
Es más compleja, más inestable y mucho más difícil de trabajar. Al quemarla, genera una mezcla de compuestos que no siempre se comportan de forma predecible. Por eso, durante décadas, los investigadores asumieron que ninguna cultura antigua había logrado dominar ese proceso antes de Roma. Motza dice lo contrario.
Los análisis muestran que los constructores neolíticos no solo utilizaban dolomita, sino que la integraban en sus suelos para crear superficies más duras y resistentes al agua que las basadas únicamente en caliza. Eso implica algo clave: entendían el material.
El detalle que cambia todo: hornos separados

La pista más reveladora no está en los suelos, sino en los restos de los hornos. Los arqueólogos encontraron fosas de combustión donde las piedras se calentaban antes de transformarse en yeso. Y ahí aparece un detalle que lo cambia todo: la dolomita y la caliza se cocían por separado. No parece un accidente.
Todo indica que los habitantes de Motza sabían que cada material requería un tratamiento térmico distinto. Si la dolomita se calienta demasiado, pierde sus propiedades y genera compuestos menos útiles. Si se controla bien la temperatura, parte de su estructura original puede mantenerse y favorecer su recristalización. En otras palabras: estaban gestionando un proceso químico complejo sin teoría escrita, solo con conocimiento práctico.
Un material que la ciencia moderna aún no domina del todo
Hay algo que hace este hallazgo aún más intrigante, según explica el estudio sobre Journal of Archaeological Science. Los investigadores intentaron replicar el proceso en laboratorio, utilizando las mismas proporciones y condiciones generales. El resultado fue similar… pero incompleto. El yeso experimental no logró recomponer la dolomita como sí ocurre en los suelos de Motza, incluso después de años.
Eso deja dos posibilidades abiertas: o bien los artesanos neolíticos utilizaban un método más preciso del que imaginamos, o el paso de miles de años permitió una transformación que aún no entendemos del todo. En ambos casos, la conclusión es incómoda. No estamos simplemente redescubriendo una técnica antigua. Estamos intentando comprender algo que quizá se perdió por completo.
Una intuición técnica que se adelantó milenios

El uso de dolomita no era solo una cuestión de disponibilidad. Sí, era el material local, pero también tenía ventajas claras: mayor dureza, menor solubilidad y mejor resistencia en ambientes húmedos. Curiosamente, siglos después, el arquitecto romano Vitruvio recomendaría algo muy similar: usar dolomita para estructuras y caliza para acabados.
En Motza ya lo hacían.
Lo que este descubrimiento cambia (y lo que sugiere)
El hallazgo no solo reescribe una parte de la historia de la construcción. También plantea preguntas más amplias. Si una comunidad neolítica fue capaz de dominar este proceso, ¿cuántas otras tecnologías avanzadas se han perdido sin dejar rastro claro? ¿Cuánto de lo que consideramos “progreso lineal” es en realidad conocimiento olvidado?
Además, hay implicaciones prácticas. La dolomita se calcina a menor temperatura que la caliza, lo que implica un menor consumo energético. En un contexto actual donde la eficiencia y la sostenibilidad son clave, recuperar este tipo de técnicas podría tener sentido.
Pero quizá lo más llamativo no es eso. Es que, hace 10.000 años, alguien entendió cómo trabajar un material que hoy todavía nos cuesta dominar del todo. Y lo hizo sin laboratorios, sin fórmulas… y sin dejar instrucciones.