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Ciencia

El James Webb detecta algo nunca visto: La posible “estrella de agujero negro” que podría explicar el nacimiento de los gigantes cósmicos

Un hallazgo bautizado como El Acantilado pone a prueba todo lo que sabemos sobre la evolución del universo temprano. Los astrónomos creen que podría tratarse de la primera estrella de agujero negro jamás identificada, un objeto intermedio y transitorio que habría permitido a los agujeros negros supermasivos crecer a un ritmo imposible de imaginar.
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El telescopio espacial James Webb no deja de desvelar fenómenos que parecen salidos de la ciencia ficción. Esta vez, los astrónomos se han topado con un objeto tan extraño que han tenido que inventar una nueva categoría para describirlo: la “estrella de agujero negro”. Apodado El Acantilado, este hallazgo podría ser la clave que explique cómo nacieron los agujeros negros supermasivos que hoy habitan el corazón de las galaxias.

El misterio de los puntos rojos

“El Acantilado”: la enigmática señal captada por el James Webb que apunta a la existencia de estrellas de agujero negro en el universo primitivo
© Mark Garlick / Science Photo Library / Getty Images.

Desde su puesta en marcha en 2022, el James Webb ha identificado decenas de objetos compactos y rojizos en los confines del universo. Conocidos como little red dots o “puntos rojos”, desafiaron de inmediato los modelos de formación galáctica. Su brillo era demasiado intenso y su masa demasiado elevada para cuadrar con las teorías sobre el cosmos temprano.

Los astrónomos plantearon dos explicaciones posibles: galaxias ultracompactas con estallidos frenéticos de estrellas o agujeros negros supermasivos ocultos tras gruesas nubes de polvo. Ninguna convencía del todo. La aparición de El Acantilado cambia las reglas del juego al mostrar un espectro que no encaja con ninguna de las dos hipótesis previas.

Un objeto imposible de encajar

Lo que hizo saltar las alarmas fue un salto de Balmer —una señal espectral clave— tan pronunciado que no podía explicarse ni por estrellas envejecidas ni por núcleos galácticos comunes. A ello se sumaba la ausencia de metales y un tamaño extremadamente compacto, con un radio de apenas 40 pársecs.

Si fuera una simple galaxia, el nivel de colisiones entre estrellas habría sido tan alto que produciría emisiones de rayos X detectables. Sin embargo, observaciones con el telescopio Chandra descartaron esa posibilidad. Ante este callejón sin salida, los investigadores propusieron un modelo diferente: el de la estrella de agujero negro.

La hipótesis de la estrella de agujero negro

“El Acantilado”: la enigmática señal captada por el James Webb que apunta a la existencia de estrellas de agujero negro en el universo primitivo
© Astronomy & Astrophysics.

Según el equipo liderado por Anna de Graaff, El Acantilado sería un agujero negro que engulle gas a un ritmo tan descomunal que genera un capullo luminoso a su alrededor, imitando la apariencia de una estrella. La clave está en que este proceso de acreción super-Eddington —más rápido de lo que los límites teóricos permitirían— podría ser la vía que permitió a los agujeros negros del universo primitivo crecer en tiempo récord.

Este escenario encaja con la idea de que algunos de los puntos rojos detectados por el James Webb no son galaxias, sino fases transitorias en la evolución de agujeros negros. Objetos híbridos, a medio camino entre una estrella y un núcleo galáctico activo.

Implicaciones para la cosmología

“El Acantilado”: la enigmática señal captada por el James Webb que apunta a la existencia de estrellas de agujero negro en el universo primitivo
© Astronomy & Astrophysics.

Si se confirma, las estrellas de agujero negro abrirían una nueva categoría en el catálogo cósmico. No serían rarezas aisladas: otros candidatos con propiedades similares ya han sido observados en diferentes programas del Webb. Su existencia ayudaría a explicar por qué encontramos agujeros negros supermasivos apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang, un enigma que hasta ahora no tenía respuesta convincente.

Además, servirían como laboratorios naturales para estudiar procesos de acreción en condiciones extremas, forzando a los modelos actuales de evolución cósmica a revisarse. Como señalan los propios autores del estudio, este hallazgo “proporciona la evidencia más clara hasta la fecha de que algunos de los puntos rojos no son galaxias ultradensas, sino fuentes dominadas por un centro ionizante envuelto en gas denso”.

El futuro de la investigación

Lo que está en juego no es solo explicar un objeto peculiar, sino redefinir nuestra comprensión del universo temprano. Próximas observaciones con el James Webb y otros telescopios buscarán más ejemplos y rastrearán sus firmas espectrales. Cada detección acercará a los astrónomos a resolver uno de los misterios más antiguos de la cosmología: cómo surgieron los gigantes cósmicos que hoy gobiernan el centro de las galaxias.

Por ahora, El Acantilado se erige como un recordatorio de que el cosmos aún guarda secretos difíciles de imaginar. Una estrella que no es estrella, un agujero negro que brilla como faro, y un hallazgo que podría reescribir los capítulos iniciales de la historia del universo.

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