Saltar al contenido
Ciencia

El mercurio que emitimos hace siglos no se fue a ninguna parte. Y el cambio climático podría devolverlo a los platos

Tarda unos mil años en quedar enterrado en el fondo del mar. Mientras tanto, sigue circulando, y el atún lo acumula
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

En las últimas décadas, el mundo hizo un esfuerzo real para dejar de liberar mercurio. Se cerraron minas, se limitaron sus usos industriales y en 2013 se firmó un tratado internacional para controlarlo. Las concentraciones en el aire bajaron en Europa y Norteamérica. Pero hay un detalle incómodo: la mayor parte del mercurio que circula hoy no es nuevo. Es el que emitimos durante siglos, y el cambio climático podría volver a ponerlo en movimiento.

Esa es la advertencia de un artículo de perspectiva publicado en la revista Science por Aryeh Feinberg y Alfonso Saiz-López, investigadores del Instituto de Química Física Blas Cabrera, que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España.

Un contaminante que no desaparece

Profundidades
© Piermario Eva – Unsplash

A diferencia de otros contaminantes, el mercurio no se degrada. Puede pasar del aire al suelo, del suelo a los ríos y de los ríos al océano, y volver a la atmósfera, durante siglos. Su eliminación definitiva solo ocurre cuando queda enterrado en los sedimentos del fondo marino, un proceso que, según Feinberg, tarda alrededor de mil años.

Por eso las cuentas sorprenden. De todo el mercurio que llega hoy a la atmósfera, solo un 30% proviene de las emisiones humanas actuales y alrededor de un 10% de fuentes naturales, como los volcanes. El 60% restante es mercurio «heredado»: el que liberaron la minería, la quema de carbón y la industria en el pasado, y que sigue reciclándose entre el suelo, el agua y el aire.

Cómo el clima puede liberarlo

El calentamiento global puede sacar ese mercurio de donde está guardado por varias vías. Los incendios forestales, cada vez más frecuentes, liberan el mercurio acumulado en la vegetación y el suelo. Las sequías y los cambios en los vientos y las lluvias alteran dónde se deposita. El calentamiento del océano modifica cómo pasa entre el agua y el aire.

El mayor riesgo, según los autores, está en el Ártico. Sus suelos congelados, el permafrost, guardan enormes cantidades de mercurio. «Uno de los mayores riesgos del cambio climático es el deshielo de estos suelos», explicó Feinberg. Si se derriten, ese metal podría llegar a los ríos, al mar y a las cadenas alimentarias.

Del agua al plato

Atun
© Jet Kim – Unsplash

El problema para la salud aparece cuando ciertos microbios transforman el mercurio en metilmercurio, una forma orgánica mucho más tóxica que afecta al sistema nervioso y es especialmente peligrosa durante el embarazo y la primera infancia. El agua más caliente y las zonas del océano con poco oxígeno, que se están expandiendo, favorecen esa transformación.

El metilmercurio se concentra a medida que sube por la cadena alimentaria: del plancton a los peces pequeños y de ellos a grandes depredadores como el atún o el pez espada. Por eso, el consumo de pescado es la principal vía de exposición para la mayoría de las personas. La Organización Mundial de la Salud incluye al mercurio entre los diez productos químicos más preocupantes para la salud pública.

La Amazonía, en primera línea

América Latina tiene un caso especialmente delicado. Según datos de la ONU, la minería de oro artesanal y en pequeña escala genera alrededor del 40% de las emisiones humanas de mercurio, porque el metal se usa para separar el oro. En la Amazonía, varias comunidades indígenas dependen del pescado de los ríos como principal fuente de proteínas, y en algunas zonas los niveles de mercurio medidos en sus habitantes ya superan los límites internacionales de seguridad. Las sequías y los incendios podrían agravar esa situación.

Los autores advierten que el efecto neto del cambio climático sobre el mercurio todavía es muy incierto, porque algunos procesos lo liberan y otros, como una mayor absorción por parte de las plantas, podrían retenerlo. Por eso piden mantener durante décadas el monitoreo del mercurio en el aire, el agua y el suelo, sobre todo en el Ártico y en los trópicos. Reducir las emisiones, concluyen, puede no ser suficiente si el planeta empieza a devolver el mercurio que ya acumuló.

Compartir esta historia

Artículos relacionados