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Ciencia

Un lago recibió ácido sulfúrico durante 17 años y décadas después sigue sin recuperarse: ahora miles de diminutas “gambas” intentan salvarlo

El Lago 223, en Canadá, fue acidificado deliberadamente durante años para estudiar los efectos de la lluvia ácida. Aunque su química terminó recuperándose, parte de su ecosistema nunca volvió a ser el mismo. La desaparición de un pequeño crustáceo resultó clave y los científicos decidieron reintroducirlo por miles.
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Durante décadas, el Lago 223, situado en la región de los Lagos Experimentales del noroeste de Ontario, Canadá, funcionó prácticamente como un gigantesco laboratorio natural. A partir de 1976, investigadores comenzaron a añadir pequeñas cantidades de ácido sulfúrico semanalmente para reproducir en un ecosistema completo los efectos de la lluvia ácida, uno de los grandes problemas ambientales de aquella época. Las adiciones continuaron hasta 1993 mientras los científicos estudiaban tanto la acidificación como la posterior recuperación del lago.

El experimento permitió observar algo que los ensayos de laboratorio no mostraban con tanta claridad: un lago podía sufrir enormes alteraciones mucho antes de que la acidez alcanzara niveles capaces de matar directamente a los peces.

El pH, inicialmente cercano a 6,8, descendió hasta aproximadamente 5,1-5,2. Conforme el agua se acidificaba, algunas especies comenzaron a desaparecer, la reproducción de determinados peces se desplomó y la estructura de la cadena alimentaria cambió por completo. Aquellos resultados ayudaron a demostrar que las emisiones de dióxido de azufre y otros contaminantes procedentes de la industria estaban detrás de buena parte de los daños provocados por la lluvia ácida y contribuyeron a impulsar restricciones de emisiones en Canadá y Estados Unidos.

Un lago recibió ácido sulfúrico durante 17 años y décadas después sigue sin recuperarse: ahora miles de diminutas “gambas” intentan salvarlo
© Intl. Institute for Sustainable Development (IISD) – Youtube.

El agua se recuperó, pero el ecosistema no

Después del experimento, la química del lago fue regresando progresivamente a valores próximos a los originales. Sin embargo, décadas después apareció un problema inesperado: la recuperación biológica no avanzaba al mismo ritmo.

Uno de los casos más evidentes era el de la trucha de lago (Salvelinus namaycush). Su población permaneció por debajo de la existente antes del experimento y los ejemplares crecían más lentamente. Los investigadores también detectaron concentraciones de mercurio más elevadas que las observadas en poblaciones de lagos cercanos.

La explicación comenzó a aparecer al estudiar un animal diminuto: Mysis diluviana, un pequeño crustáceo de agua dulce parecido a un camarón y que constituye una importante fuente de alimento para las truchas.

La acidificación había eliminado completamente a Mysis del Lago 223. Estudios posteriores de ADN conservado en los sedimentos permitieron situar su desaparición en 1979, mucho antes de lo que inicialmente se había supuesto. Sin estos animales, las truchas perdieron una pieza fundamental de su dieta, demostrando hasta qué punto la desaparición de un organismo minúsculo puede alterar todo un ecosistema.

Miles de crustáceos para intentar reparar el daño

Los científicos decidieron entonces probar una solución sorprendentemente directa: volver a introducirlos.

En 2018 comenzó un proyecto de restauración conocido como SHRRIMP. Los investigadores capturaron unos 10.000 ejemplares de Mysis en el vecino Lago 224 y los trasladaron al Lago 223. El programa contemplaba nuevas introducciones en primavera y otoño para intentar establecer una población capaz de reproducirse sin ayuda humana.

Y funcionó.

Para 2021 los científicos ya habían encontrado evidencias de una nueva población establecida y trabajos posteriores confirmaron que los pequeños crustáceos volvieron a ser abundantes. Según investigadores de Lakehead University, se trata de la primera reintroducción exitosa conocida de Mysis en un lago donde había desaparecido previamente.

Ahora falta responder la pregunta más importante: si su regreso será suficiente para recuperar también a las truchas y reconstruir la cadena alimentaria.

El Lago 223 deja así una lección que comenzó hace medio siglo y todavía no ha terminado: eliminar la causa de una contaminación puede ser relativamente rápido, pero reparar por completo un ecosistema puede necesitar décadas y, en ocasiones, miles y miles de diminutos crustáceos.

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