El Niño es la fase cálida de un patrón climático natural llamado El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que ocurre cuando los vientos alisios, que normalmente empujan el agua superficial cálida del Pacífico hacia el oeste, se debilitan. Ese debilitamiento permite que el agua cálida se acumule en el centro y el este del océano Pacífico ecuatorial, en lugar de dispersarse hacia Asia, y ese excedente de calor superficial altera, en cadena, los patrones de viento, presión atmosférica y lluvias en buena parte del planeta. Según el último reporte oficial de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el evento suele empezar a desarrollarse entre marzo y junio, y alcanza su intensidad máxima entre noviembre y febrero.
La forma estándar de medir la intensidad de un episodio es el índice Niño 3.4, que registra la anomalía de temperatura superficial del mar en una franja específica del Pacífico centro-oriental respecto del promedio histórico. Ese índice venía en +1,5 grados en mayo, subió a +2,0 en julio, y hacia mediados de agosto ya oscilaba entre +2,2 y +2,6 grados por encima del promedio, con temperaturas subsuperficiales que en algunas zonas superaron los 8 grados por encima de lo normal durante julio y comienzos de agosto.
Por qué se habla de un evento potencialmente récord

La propia OMM calcula una probabilidad cercana al 100% de que las condiciones de El Niño se sostengan hasta febrero de 2027, y anticipa que el fenómeno va a intensificarse hasta alcanzar una categoría de “muy fuerte” antes de tocar techo hacia fin de año. Para dimensionar esa categoría: los dos episodios de referencia hasta ahora, considerados los más intensos desde que existen mediciones satelitales confiables, fueron los de 1997-1998 y 2015-2016, con anomalías de temperatura de entre 2,4 y 2,6 grados en su pico. Las proyecciones actuales para el pico de este evento, esperado en torno a noviembre, rondan entre los 3,6 y los 4 grados según distintos modelos climáticos, lo que superaría con margen a esos dos récords previos.
El propio jefe de predicción climática de la OMM, Wilfran Moufouma-Okia, remarcó un matiz importante que suele perderse en la cobertura mediática de estos anuncios: la intensidad del pico de un episodio de El Niño no es, por sí sola, un indicador confiable de la severidad de sus impactos en cada región particular. Algunas zonas sentirán los efectos antes del pico, otras durante, y otras recién después, según su ubicación y la forma en que la circulación atmosférica global redistribuya ese exceso de calor oceánico.
Sequías en un lado del planeta, inundaciones en el otro

El Niño no genera un único tipo de clima extremo en todo el mundo: reordena los patrones de lluvia de forma asimétrica. En términos generales, tiende a traer sequías a Australia, Indonesia y el sur de Asia, mientras favorece lluvias por encima de lo normal en la costa oeste de Sudamérica y el sur de Estados Unidos. La OMM también identificó, para este episodio en particular, una fase positiva del Dipolo del Océano Índico que podría reforzar, debilitar o modificar los impactos típicos de El Niño según la región, sumado a temperaturas superiores al promedio en el océano Atlántico tanto norte como sur, factores que interactúan entre sí y complican cualquier pronóstico regional simple.
En el caso concreto del Reino Unido, la secretaria de Estado de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales, Angela Eagle, adelantó al diario The Guardian que el gobierno británico prepara una campaña para que la población se abastezca de agua y alimentos suficientes para sobrevivir varios días sin electricidad ni agua corriente, ante el riesgo de inviernos más lluviosos y tormentas más extremas. Es una medida de contingencia puntual, coherente con la lógica general del fenómeno: un Pacífico anormalmente cálido no reparte sus consecuencias por igual, pero sí las reparte por todas partes.
El otro efecto: empujar la temperatura global hacia arriba
Además de reordenar la distribución de lluvias, El Niño libera calor oceánico hacia la atmósfera de forma más lenta y sostenida, lo que suele traducirse en un salto de la temperatura media global durante el año posterior al desarrollo del fenómeno. Nick Dunstone, investigador de la Oficina Meteorológica del Reino Unido (Met Office), señaló que es muy probable que 2027 supere a 2024 como el año más cálido jamás registrado, y que el planeta vuelva a superar transitoriamente el umbral de 1,5 grados de calentamiento respecto de los niveles preindustriales, un límite simbólico central en los acuerdos climáticos internacionales.
Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, resumió la magnitud del desafío que representa un evento de esta escala: advirtió que El Niño tiene el potencial de asestar un golpe severo a comunidades y economías de todo el mundo, y que los propios organismos meteorológicos ya vienen registrando trastornos vinculados a sequías e inundaciones que se espera se intensifiquen a medida que el fenómeno avance hacia su pico.