El máximo registrado el 22 de agosto apenas supera por una centésima el récord anterior. La anomalía está en el calendario: los océanos suelen alcanzar su mayor temperatura en marzo o abril y esta vez han llegado al final del verano boreal sin enfriarse.
Una diferencia de 0,01 °C parece demasiado pequeña para cambiar algo. En el clima global, sin embargo, el contexto importa más que la centésima. El récord anterior de temperatura superficial oceánica se produjo en marzo de 2024, cerca del momento del año en que el mar suele alcanzar su máximo. El nuevo ha llegado en agosto, cuando debería encontrarse bastante más abajo en la curva.
No es únicamente un récord. Es un récord fuera de temporada.
El dato inquietante no es la temperatura, sino la fecha

El Servicio de Cambio Climático de Copernicus registró el 22 de agosto una media de 21,1 °C en los océanos situados entre los 60 grados norte y sur. El dato, calculado mediante el conjunto ERA5, superó los 21,09 °C del 1 de marzo de 2024.
La cifra no representa la temperatura de todo el volumen oceánico, sino una estimación de su capa superficial (aproximadamente a diez metros de profundidad) y excluye las regiones polares. Aun así, permite comparar de manera consistente la evolución diaria desde 1979.
Normalmente, la media global alcanza su punto más alto entre marzo y abril, después del verano austral. En agosto de 2023, el récord para ese mes había quedado en 20,98 °C. Que 2026 haya superado incluso el máximo absoluto de marzo indica que el océano no completó el descenso térmico habitual.
La curva estacional no ha desaparecido, pero se está desplazando hacia arriba. Cada fase del año comienza desde una base más caliente.
El Niño ha llegado con el trabajo medio hecho

El Niño puede añadir calor a la superficie del Pacífico y modificar lluvias, temperaturas y circulación atmosférica en numerosas regiones. Pero no explica por sí solo el récord: el episodio actual todavía está fortaleciéndose y actúa sobre un océano calentado durante décadas.
El pronóstico oficial de la NOAA concede más de un 90% de probabilidades a que se convierta en un evento muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027. Para el trimestre octubre-diciembre, sitúa en un 69% la posibilidad de que alcance una intensidad no registrada desde que comienza la serie comparativa en 1950.
Eso no significa que cada región sufrirá automáticamente inundaciones, sequías o temperaturas extremas. El Niño altera probabilidades, no dicta un único tiempo meteorológico. Lo excepcional es que su fase más intensa podría llegar cuando el océano ya se encuentra en niveles récord. Es como encender la calefacción en una habitación que nunca terminó de enfriarse.
El mar está devolviendo el calor que guardamos en él
El océano ha absorbido más del 90% del exceso de energía acumulado por el sistema climático desde 1970, según el IPCC. Esa capacidad ha amortiguado parte del calentamiento atmosférico, pero también ha almacenado una cantidad gigantesca de calor.
Un mar más caliente se expande, eleva el nivel oceánico y favorece olas de calor marinas capaces de dañar corales, praderas submarinas, pesquerías y cadenas alimentarias. También transfiere más humedad y energía a la atmósfera, elevando el potencial de lluvias intensas y ciertos sistemas tormentosos. Copernicus advierte que los días afectados por olas de calor marinas se han más que triplicado desde comienzos de los años noventa.
Por eso, los 21,1 °C no son la historia completa. La verdadera señal está en que aparecieron en agosto. El océano acaba de llegar al próximo gran El Niño sin recuperar el margen térmico que solía ganar durante el año.