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Ciencia

El secreto cerebral que hace imposible resistirse a los ultraprocesados

Aunque creas que se trata de pura fuerza de voluntad, tu cerebro podría estar jugando un papel mucho más complejo en tu relación con los ultraprocesados. Un experto en neurociencia explica qué mecanismos químicos se activan y por qué pueden convertir la comida en un ciclo compulsivo difícil de romper.
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Cada vez más estudios revelan que los alimentos ultraprocesados no solo influyen en el cuerpo, sino también en los circuitos más profundos del cerebro. Desde el control del apetito hasta la forma en que percibimos la gratificación, ciertas moléculas parecen estar detrás de esa sensación de antojo que no se detiene. La ciencia comienza a descifrar por qué resulta tan difícil escapar de este círculo.

El mito de la fuerza de voluntad

La idea de que todo se reduce al autocontrol comienza a resquebrajarse. Según explicó el neurocientífico Gary Brecka en el pódcast Ultimate Human, lo que a menudo sentimos como “falta de disciplina” no es más que la manifestación visible de un engranaje biológico mucho más poderoso. El cerebro activa complejos procesos neuroquímicos que guían nuestras elecciones alimentarias más allá del deseo consciente.

En este marco, Brecka destacó el papel de las dinorfinas, moléculas que interactúan con los receptores opioides kappa (KOR). Estos receptores se encuentran en zonas cerebrales asociadas con el placer, el apetito y la recompensa, modulando tanto la sensación de hambre como el manejo energético del organismo.

Cómo influyen las dinorfinas en el peso

Los experimentos en animales son reveladores. Cuando se administran dinorfinas directamente en el cerebro, la ingesta de alimentos aumenta sin importar el gasto energético. Al contrario, ratones incapaces de producir estas moléculas tienden a ganar peso bajo dietas ricas en grasas, aun cuando no consumen más calorías que los demás.

Esto sugiere que las dinorfinas no solo despiertan el hambre, sino que alteran el equilibrio energético y predisponen al aumento de peso. De allí que su rol resulte clave para entender por qué algunas personas parecen ser más vulnerables a la obesidad sin comer necesariamente más.

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La conexión con la conducta compulsiva

Las dinorfinas no solo afectan el apetito, también intervienen en la compulsión alimentaria. Estudios citados por Brecka muestran que bloquear los receptores kappa reduce la ingesta impulsiva en animales con tendencia a la obesidad. Esto implica que estos circuitos están directamente relacionados con la búsqueda de gratificación inmediata a través de los ultraprocesados.

El mecanismo es complejo: cuando la dinorfina actúa en el núcleo accumbens, disminuye la liberación de dopamina, lo que genera una leve disforia. Esa incomodidad empuja a comer para aliviar el malestar, aunque el placer obtenido sea cada vez menor. Se crea así un ciclo repetitivo difícil de frenar, donde la necesidad supera al disfrute.

Además, la acción de estas moléculas sobre neurotransmisores como la acetilcolina y el glutamato debilita la capacidad de autocontrol. La corteza prefrontal, encargada de regular la impulsividad, queda comprometida, lo que facilita los atracones. “En personas con niveles elevados de dinorfinas, resistirse a tentaciones diseñadas para ser irresistibles es prácticamente imposible”, puntualizó el experto.

Posibles tratamientos y prevención

Las investigaciones más recientes apuntan a que los bloqueadores de receptores kappa podrían abrir una nueva vía terapéutica contra la compulsión alimentaria. En modelos animales, estos fármacos han reducido episodios de atracón y restaurado el equilibrio químico en el cerebro.

Además, las variaciones genéticas en la expresión de dinorfinas explicarían por qué algunas personas desarrollan adicción alimentaria con mayor facilidad que otras. Esto subraya la importancia de un enfoque personalizado para combatir la obesidad y los trastornos de la conducta alimentaria.

Un futuro con nuevas estrategias

En un entorno saturado de ultraprocesados y con una incidencia creciente de obesidad, comprender el papel de las dinorfinas se vuelve crucial. No basta con recomendar “fuerza de voluntad”: las evidencias apuntan a que se trata de un problema biológico y social que necesita soluciones innovadoras.

Como concluye Brecka, la clave está en dejar de culparnos por la falta de autocontrol y empezar a reconocer que existen mecanismos cerebrales que, si se comprenden e intervienen, pueden marcar la diferencia en la lucha contra los excesos alimentarios y sus consecuencias.

 

[Fuente: Infobae]

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