Un árbol puede tardar décadas, incluso siglos, en crecer. Pero cuando su vida llega al final, su historia podría no terminar exactamente donde termina su tronco.
Bajo la superficie de los bosques existe una infraestructura biológica que durante mucho tiempo pasó prácticamente desapercibida. Las raíces de numerosos árboles están conectadas mediante hongos microscópicos que forman una compleja red de filamentos. A través de ella pueden circular agua, minerales y compuestos de carbono entre plantas que, desde fuera, parecen completamente independientes.
La imagen de un árbol viejo que, antes de morir, entrega sus últimas reservas a los ejemplares que lo rodean resulta casi poética. Durante años se ha hablado incluso de un supuesto «último regalo» a sus vecinos. Sin embargo, la realidad científica es bastante más interesante: existen evidencias de transferencia de carbono, pero todavía se debate qué cantidad se mueve, en qué circunstancias ocurre y quién se beneficia realmente.
La respuesta podría estar menos relacionada con el altruismo de los árboles y mucho más con los organismos que viven entre sus raíces.
La red invisible que conecta a los árboles

La conexión comienza con las micorrizas, asociaciones entre las raíces de las plantas y determinados hongos del suelo. Estos organismos producen estructuras formadas por diminutos filamentos llamados hifas, capaces de extenderse mucho más allá de las raíces y establecer conexiones con otras plantas.
El resultado es una auténtica red subterránea. De ahí procede el popular nombre de Wood Wide Web, utilizado para describir esta especie de sistema de comunicación y transporte oculto bajo los bosques.
Su escala puede ser enorme. Un mismo árbol puede relacionarse con cientos de especies de hongos, mientras que determinados hongos pueden establecer conexiones con numerosos árboles, incluso pertenecientes a especies diferentes.
A través de estas asociaciones puede producirse intercambio de carbono. Los árboles proporcionan a los hongos azúcares generados mediante la fotosíntesis y, a cambio, estos mejoran la capacidad de las plantas para obtener agua y nutrientes minerales.
Por tanto, no se trata necesariamente de una red basada en la cooperación desinteresada. Es una relación de intercambio biológico en la que ambas partes obtienen recursos esenciales.
Los experimentos realizados mediante marcadores isotópicos han permitido detectar carbono desplazándose de una planta a otra a través de estas redes. En algunos casos se ha observado incluso que el flujo cambia dependiendo de las condiciones ambientales.
Investigaciones realizadas con abedules y abetos de Douglas, por ejemplo, detectaron transferencias en ambas direcciones. En determinadas circunstancias, el abeto llegó a recibir una cantidad de carbono equivalente a una fracción considerable de lo producido mediante su propia fotosíntesis.
También se han observado cambios estacionales. Durante los meses en que los abedules reciben más luz, pueden transferir carbono a árboles situados en zonas de sombra. Cuando llega el otoño y los primeros pierden sus hojas, el movimiento puede cambiar de dirección.
El supuesto «último regalo» de los árboles
La parte más llamativa aparece cuando uno de los árboles conectados comienza a deteriorarse.
Los ejemplares grandes y antiguos, a veces denominados «árboles madre», pueden ocupar posiciones especialmente importantes dentro de estas redes debido a su tamaño, edad y número de conexiones. Cuando uno de ellos enferma o se acerca al final de su ciclo vital, parte de su carbono puede terminar desplazándose hacia otros árboles conectados.
Pero esto no significa que el árbol esté tomando una decisión para ayudar a sus vecinos.

Una posibilidad es mucho más sencilla. Cuando un árbol deja de crecer y pierde progresivamente su capacidad para utilizar sus reservas, el carbono que queda disponible puede desplazarse siguiendo los gradientes existentes en la red micorrícica. Los hongos, además, pueden transportar estos compuestos de manera mucho más eficaz que el suelo circundante.
Una investigación publicada en 2025 añadió una pieza especialmente interesante al rompecabezas. Cuando los científicos redujeron artificialmente la disponibilidad de carbono en pinos jóvenes, observaron una caída de la actividad fisiológica de las raíces, pero también un fuerte aumento de la colonización por hongos micorrícicos y de la longitud de sus filamentos fuera de las raíces.
Esto plantea una interpretación diferente. En lugar de ser una especie de herencia voluntaria dejada por un árbol moribundo, el fenómeno podría estar impulsado en parte por los propios hongos.
Para estos organismos, mantener con vida a los árboles que todavía producen azúcares mediante la fotosíntesis puede resultar mucho más importante que «ayudar» a un ejemplar que está desapareciendo. El hongo actuaría así como intermediario y aprovecharía los recursos disponibles dentro de la red.
El resultado ecológico podría parecerse al famoso «último regalo», pero el mecanismo sería mucho menos sentimental.
Una historia científica mucho más complicada
Aquí es donde comienza la controversia. La existencia de las micorrizas y su importancia para los ecosistemas forestales no está en discusión. Lo que sí genera debate es cuánto carbono circula realmente entre árboles, qué función tiene ese movimiento y cuánto beneficia a las plantas receptoras.
En 2023, varios investigadores revisaron las pruebas disponibles y concluyeron que algunas de las afirmaciones populares sobre estos intercambios habían ido mucho más lejos que los datos disponibles. Otros trabajos también han advertido de que los experimentos con isótopos pueden producir resultados difíciles de interpretar cuando las diferencias detectadas son pequeñas.
Por eso, la idea de que los árboles moribundos alimentan deliberadamente a sus descendientes no puede considerarse un hecho demostrado.
Pero desmontar esa versión romántica no hace que el fenómeno sea menos fascinante. De hecho, puede hacerlo todavía más interesante.
Los científicos siguen intentando comprender cómo funciona realmente esta gigantesca infraestructura subterránea y qué importancia tiene para la supervivencia de las plantas. Una de las pistas procede de un viejo misterio: algunos árboles jóvenes consiguen sobrevivir en zonas extremadamente sombrías del bosque, donde la cantidad de luz disponible parece insuficiente para producir toda la energía que necesitan.
Las conexiones micorrícicas podrían formar parte de la explicación.
El futuro de los bosques podría depender de lo que no vemos
El problema es que estas redes son extremadamente vulnerables. La deforestación, la agricultura intensiva, determinados productos químicos y la eliminación masiva de árboles pueden destruir no solo la vegetación visible, sino también parte de la infraestructura biológica que permanece bajo tierra.

Eso adquiere especial relevancia en un planeta sometido a sequías, aumento de temperaturas y cambios cada vez más rápidos en los ecosistemas.
Los bosques almacenan aproximadamente el 80 % del carbono presente en los ecosistemas terrestres. Y una parte importante de ese carbono no se encuentra en los troncos o las hojas, sino bajo nuestros pies.
Las asociaciones entre plantas y hongos pueden favorecer la formación de materia orgánica estable en el suelo, mejorar la retención de agua y contribuir al almacenamiento de carbono durante largos periodos.
Por eso, una nueva perspectiva sobre la restauración forestal propone no medir la salud de un bosque únicamente por la cantidad de árboles que crecen sobre el suelo. También habría que preguntarse qué está ocurriendo debajo de ellos.
El verdadero secreto de los bosques quizá no esté en sus enormes copas, sino en las conexiones invisibles que las unen desde las raíces. Y cuanto más descubre la ciencia sobre esa red, más claro resulta que la vida de un árbol no termina necesariamente cuando deja de crecer.