Sabemos observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, pero explorar directamente el interior de nuestro propio planeta sigue siendo extraordinariamente complicado. En 1970, la Unión Soviética decidió comprobar hasta dónde podía llegar la tecnología disponible perforando directamente la corteza terrestre.
El experimento comenzó en la península de Kola, cerca de la frontera con Noruega, y recibió el nombre de SG-3. Su objetivo no era encontrar petróleo ni explotar minerales: los científicos querían atravesar kilómetros de corteza, recuperar muestras y comprobar si los modelos geológicos elaborados desde la superficie coincidían con la realidad.
La meta era alcanzar unos 15 kilómetros de profundidad.
Perforar era solo una parte del problema
A medida que SG-3 descendía, las operaciones se volvían cada vez más complejas.
Durante los años setenta comenzó a utilizarse la instalación Uralmash-15000, diseñada específicamente para perforaciones superprofundas. En lugar de hacer girar desde la superficie toda la columna de tuberías, el sistema empleaba un turbodrill situado cerca de la broca y accionado mediante el fluido de perforación.
A profundidades cercanas a los 12 kilómetros, la sarta podía superar las 200 toneladas. Cada operación de mantenimiento implicaba extraer kilómetros de tubería y volver a introducirlos. El proceso podía prolongarse durante muchas horas.
Un accidente hizo perder kilómetros de avance
En septiembre de 1984, cuando el equipo había alcanzado aproximadamente 12.066 metros, ocurrió uno de los mayores contratiempos del proyecto. La sarta se rompió durante una operación y dejó atrapados en el interior del pozo varios kilómetros de tubería junto con parte del equipo de perforación.
Los ingenieros no consiguieron recuperarlos.
La solución fue retroceder hasta aproximadamente 7.000 metros y comenzar una nueva ramificación. Por eso, SG-3 terminó convirtiéndose bajo tierra en un complejo sistema de trayectorias en lugar de un único agujero perfectamente vertical.

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Lo que encontraron tampoco era lo esperado
El proyecto proporcionó información geológica sorprendente.
Los científicos esperaban encontrar una transición relativamente clara entre determinados tipos de roca que había sido inferida previamente mediante ondas sísmicas. Sin embargo, las muestras extraídas mostraron que la estructura real de la corteza era más compleja.
También aparecieron fracturas con fluidos en rocas cristalinas que se consideraban mucho menos permeables. Incluso se identificaron restos microscópicos de organismos antiguos a varios kilómetros de profundidad.
Pero el descubrimiento que acabaría condicionando el futuro de la perforación fue otro: hacía mucho más calor de lo previsto.
La roca comenzó a comportarse de otra manera
Conforme aumentaba la profundidad, las temperaturas superaban ampliamente las estimaciones iniciales.
Eso no significaba que la roca estuviera fundida. El problema era más complejo.
La combinación de temperaturas y presiones extremas hacía que determinadas rocas comenzaran a comportarse de forma más dúctil o plástica. En lugar de limitarse a romperse cuando pasaba la perforadora, podían deformarse lentamente. Abrir el agujero ya no era suficiente. Había que conseguir que permaneciera abierto.
Las paredes del sondeo podían estrecharse y deformarse alrededor de la perforación, dificultando el funcionamiento de los equipos y aumentando enormemente la complejidad de cada nuevo metro.
El récord quedó en 12.262 metros
SG-3 alcanzó finalmente los 12.262 metros de profundidad, convirtiéndose en el sondeo vertical más profundo realizado por el ser humano.
La ambiciosa barrera de los 15 kilómetros nunca llegó a alcanzarse.
Los intentos de seguir avanzando terminaron abandonándose a comienzos de la década de 1990, después de que las condiciones térmicas y mecánicas hicieran cada vez más complicado mantener operativo el pozo.
Décadas después, el experimento de Kola sigue dejando una lección sorprendente: el verdadero desafío no era simplemente romper la roca, sino impedir que kilómetros de corteza sometidos a enormes presiones y temperaturas cerraran de nuevo el camino hacia las profundidades de la Tierra.