A unos 1.670 metros de profundidad, en el mar de Noruega, permanece uno de los restos más inquietantes de la Guerra Fría. Se trata del K-278 Komsomolets, un submarino nuclear soviético que se hundió el 7 de abril de 1989 después de sufrir un incendio a bordo.
La nave descendió hasta el fondo con un reactor nuclear y dos torpedos equipados con ojivas atómicas. Desde entonces, el agua salada, la presión y la corrosión actúan lentamente sobre una estructura que nunca fue diseñada para permanecer casi cuatro décadas abandonada en el océano.
Un estudio publicado en marzo de 2026 en la revista PNAS confirmó que el reactor continúa liberando material radiactivo de manera intermitente. La investigación también aporta una diferencia importante: aunque las concentraciones detectadas junto a determinados conductos son extraordinariamente altas, el material se diluye rápidamente y no parece estar acumulándose de forma significativa alrededor del pecio.
Un submarino capaz de superar los 1.000 metros
El Komsomolets fue una de las grandes demostraciones tecnológicas de la marina soviética. Tenía un casco resistente de titanio y estaba impulsado por un único reactor de agua presurizada de 190 megavatios. En 1984 alcanzó una profundidad de 1.020 metros, una cifra excepcional para un submarino militar.
Sin embargo, el proyecto nunca pasó de esa primera unidad. Durante una patrulla en 1989, un incendio comenzó en uno de los compartimentos traseros. La tripulación consiguió llevar la nave hasta la superficie, pero el fuego dañó los sistemas esenciales y el submarino terminó hundiéndose.

De las 69 personas que viajaban a bordo, 42 murieron. Muchas consiguieron abandonar la nave, pero fallecieron por heridas o hipotermia mientras esperaban ser rescatadas en las aguas heladas.
Rusia intentó sellar las zonas más peligrosas
Durante la década de 1990, Rusia envió sumergibles hasta el pecio para inspeccionar sus daños. Las intervenciones se concentraron en la proa, donde permanecían los torpedos nucleares.
Los equipos cubrieron fracturas, cerraron aberturas y sellaron los tubos lanzatorpedos utilizando placas de titanio y otros materiales. El objetivo no era recuperar las armas, sino reducir el contacto del agua con el compartimento y evitar una posible liberación de plutonio. El nuevo estudio indica que esas medidas de contención todavía permanecían colocadas durante la inspección de 2019.
Los investigadores no encontraron evidencias de plutonio de grado militar en el agua ni en los sedimentos próximos a la proa. Por ahora, no existen indicios de que el material de las ojivas esté contaminando el entorno marino.
El reactor sí está liberando radionúclidos
La situación es diferente en la zona del reactor. El vehículo submarino Ægir 6000 recogió muestras directamente de un conducto de ventilación y de una rejilla cercana. Allí detectó liberaciones que no eran continuas: algunas muestras mostraban valores elevados y otras, tomadas en el mismo lugar, no presentaban aumentos.
Las concentraciones máximas de estroncio-90 fueron aproximadamente 400.000 veces superiores a las habituales en el mar de Noruega. En el caso del cesio-137, llegaron a ser unas 800.000 veces mayores. También aparecieron isótopos de plutonio y uranio cuyas proporciones indican que el combustible nuclear está sufriendo corrosión.
Las cifras parecen alarmantes, pero corresponden a muestras tomadas directamente en el punto de salida. A pocos metros del conducto, los científicos ya no encontraron niveles comparables. La profundidad, las corrientes y el enorme volumen de agua provocan una dilución muy rápida.
No es una bomba a punto de explotar
El principal riesgo no es una detonación nuclear espontánea. Las ojivas necesitan mecanismos específicos de armado e iniciación para explotar como armas. La preocupación científica es más lenta: que el deterioro libere cantidades crecientes de material radiactivo.
Después de más de 30 años de emisiones, existe poca evidencia de acumulación alrededor del submarino y no se ha identificado un riesgo relevante para los peces o los alimentos marinos. Sin embargo, los autores esperan que las liberaciones continúen y consideran necesario estudiar cómo avanza la corrosión y cuánto combustible permanece dentro del reactor.
Reflotar o volver a sellar el Komsomolets sería una operación extremadamente compleja y también podría alterar materiales que actualmente permanecen relativamente confinados. Por eso, la estrategia continúa siendo observar, tomar muestras y vigilar un naufragio que demuestra que algunos accidentes nucleares no terminan cuando una nave desaparece bajo el mar.