Hace aproximadamente 1.500 años, un hombre fue enterrado dentro de una embarcación de madera en una pequeña comunidad cercana al mar del Norte, en lo que actualmente es Alemania. Lo acompañaban objetos valiosos, un cinturón militar de tradición romana y una silla cuidadosamente tallada que los arqueólogos han llegado a describir como un trono. Todo indicaba que se trataba de alguien importante. Sin embargo, su historia escondía un detalle que permaneció invisible durante siglos.
Cuando un equipo de científicos analizó su ADN, descubrió que el hombre estaba infectado con una variante extraordinariamente poco común de la bacteria que provoca la lepra, cuyo linaje nunca había sido identificado en Europa central o septentrional.
El hallazgo fue realizado por investigadores de la Universidad de Kiel y el Instituto de Investigación Histórica Costera de Baja Sajonia. Los resultados, publicados en la revista científica iScience, revelan que aquel individuo probablemente tenía vínculos con regiones del Imperio romano situadas a cientos de kilómetros de su lugar de entierro.
Lo más sorprendente es que sus huesos no presentaban las lesiones características de una infección avanzada. La enfermedad permaneció oculta hasta que los científicos encontraron el material genético del microorganismo dentro de sus restos.
Un entierro dentro de un barco y un trono que apuntaban hacia el Imperio romano

La tumba fue descubierta en el yacimiento de Fallward, cerca de Cuxhaven, en el norte de Alemania. Las excavaciones, realizadas durante la década de 1990, revelaron un cementerio utilizado entre los siglos III y V, en una época marcada por importantes movimientos de población en Europa.
Las condiciones húmedas del terreno permitieron conservar materiales especialmente delicados, como madera y tejidos, que normalmente desaparecen con el paso de los siglos.
El hombre fue depositado en una embarcación de roble de más de cuatro metros, cubierta posteriormente con una estructura de madera. A su alrededor aparecieron una silla ornamentada, un pequeño banco con una escena de caza y una inscripción rúnica, una mesa de juego y recipientes de distintos materiales.
También encontraron un cinturón militar romano, una pieza especialmente interesante porque sugiere contactos con regiones situadas bajo la influencia del Imperio.
Los arqueólogos sospechaban que aquel hombre había mantenido relaciones con comunidades lejanas. Lo que no podían imaginar era que su ADN terminaría ofreciendo nuevas evidencias sobre sus posibles orígenes.
El ADN reveló una enfermedad cuyo linaje había llegado desde regiones lejanas

Los investigadores tomaron muestras óseas de 11 individuos encontrados en el cementerio. De ellos, tres proporcionaron información genética suficiente para estudiar sus posibles afinidades con otras poblaciones antiguas.
Uno destacó inmediatamente. Su perfil genético mostraba relaciones con poblaciones vinculadas a la frontera danubiana del Imperio romano, mientras que en sus restos aparecieron señales de Mycobacterium leprae, la bacteria responsable de la lepra.
La bacteria pertenecía a la rama genética 4, cuyo representante antiguo más temprano conocido procede de Egipto y está fechado entre los siglos IV y II antes de Cristo. Hasta ahora no se había identificado este linaje en un individuo tan antiguo de Europa central o septentrional.
Según los investigadores de la Universidad de Kiel, el hombre podría haber recorrido grandes distancias durante su vida. Una posibilidad es que hubiera participado en actividades militares relacionadas con Roma; otra, que hubiera viajado como comerciante. Ninguna de las dos hipótesis está confirmada.
La ausencia de daños óseos también plantea interrogantes. Es posible que la infección todavía no hubiera avanzado lo suficiente o que afectara principalmente a tejidos blandos que desaparecieron después de su muerte.

El descubrimiento demuestra que las enfermedades podían desplazarse grandes distancias junto con las personas mucho antes de que existieran las redes modernas de transporte. También aporta una nueva pieza para reconstruir los vínculos entre las comunidades germánicas y el mundo romano durante la Antigüedad tardía.
Aquel hombre fue enterrado con objetos que hablaban de su posición social. Quince siglos después, una bacteria conservada en sus huesos terminó revelando otra parte de su historia: la conexión entre su vida, sus posibles viajes y un mundo mucho más interconectado de lo que imaginamos.