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Imagen: N. Aguilar ULL
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Los zífidos, también conocidos como ballenatos de Cuvier, son increíbles buceadores, pero los sonidos que emiten para ecolocalizarse los dejaba expuestos a un peligroso depredador: las orcas. Una nueva investigación muestra cómo estos grupos de ballenas han conseguido coordinar sus profundas inmersiones para hacerlo en sigilo y librarse así de sus depredadores.

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Estas ballenas de tamaño medio, de las cuales hay más de 20 especies diferentes, usan la ecolocalización para encontrar a sus presas, una estrategia que tiene el desafortunado efecto secundario de alertar de su presencia a las orcas que haya cerca. Las orcas, como buenas depredadoras que son, están más que felices de aprovecharse al máximo de esta situación.

Resulta comprensible que los ballenatos de Cuvier hayan desarrollado un miedo natural a las orcas. Un artículo publicado ayer en Scientific Reports muestra cómo este miedo ha llevado a una estrategia efectiva pero compleja que esencialmente hace que estos ballenatos sean invisibles para las orcas: unas inmersiones realmente profundas para alimentarse y luego un ascenso silencioso e impredecible.

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A medida que comienzan sus inmersiones coordinadas hacia el fondo del océano, los ballenatos entran en modo sigilo, dejando de emitir sonidos para ecolocalizarse. Una vez que ya están a la profundidad adecuada, dan rienda suelta a sus habilidades de ecolocalización, y se pasan más de una hora cazando animales marinos. Cuando han terminado, vuelven a activar el modo sigilo durante su ascenso lento y sincronizado, para acabar emergiendo en una ubicación aparentemente aleatoria.

Una de las motivaciones principales de este estudio, en el que participaron los biólogos marinos Natacha Aguilar de Soto de la Universidad de La Laguna y Mark Johnson de la Universidad de St. Andrews, era hacerse una mejor idea de cómo los sónares submarinos podrían estar afectando a estos ballenatos, que suelen quedar varadas en las playas en grandes números.

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“Cuando los ballenatos de Cuvier comenzaron a quedarse varados después de los ejercicios con sonar navales, sabíamos muy poco sobre su comportamiento. Pero cuando comenzamos a aprender sobre ellos, más extraños nos parecían”, dijo Johnson a Gizmodo. “En comparación con otras ballenas que también bucean a gran profundidad, como los cachalotes, los ballenatos de Cuvier se zambullen de una manera que no parece tener ningún sentido energético. Queríamos entender qué los hacía comportarse así y ver si eso daba sentido a sus fuertes reacciones hacia el sonar”.

El problema es que los ballenatos de Cuvier son excepcionalmente difíciles de estudiar, ya que viven en aguas profundas lejos de la costa en aguas y son difíciles de detectar en mar abierto. Los investigadores tuvieron que encontrar especímenes en lugares relativamente cerca de la costa, y esto los llevó a las aguas profundas de las Islas Canarias, las Azores y de la costa de Liguria.

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El siguiente desafío fue encontrar una forma de rastrear a estos animales del tamaño de un elefante, que pasan más del 90% de su tiempo bajo el agua.

“Para hacer eso, diseñamos pequeñas etiquetas electrónicas que registran sus sonidos y sus movimientos y que se quedan adheridas con ventosas”, dijo Johnson. “Las etiquetas solo aguantan un día pero registran una inmensa cantidad de datos sobre su comportamiento”.

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De hecho, estas etiquetas que luego recuperaban permitieron al equipo rastrear los movimientos de las ballenas con todo detalle, recogiendo datos como la inclinación, la profundidad y la duración de sus inmersiones e incluso los sonidos que hacían. En total, los investigadores estudiaron el comportamiento de 26 ejemplares, de los cuales 14 eran ballenatos hocicudos de Blainville y 12 eran ballenatos de Cuvier.

Un grupo de ballenatos hocicudos de Blainville.
Imagen: J Alcazar. Univ La Laguna
Un grupo de ballenatos hocicudos de Blainville.
Imagen: J Alcazar. Univ La Laguna
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Los datos mostraron que las ballenas realizan sus inmersiones completamente coordinadas entre sí, hasta casi un kilómetro de profundidad y se pasan bajo el agua más de 45 minutos (¡eso es mucho tiempo conteniendo la respiración!).

Los ballenatos dejaban de emitir sonidos de ecolocalización cuando estaban en aguas poco profundas, donde son más vulnerables a los ataques de las orcas. Solo los retomaban cuando ya llevaban casi medio kilómetro de inmersión, para luego después separarse y cazar de forma independiente.

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Además de usar la ecolocalización para detectar a sus presas, también permitía a las ballenas encontrarse en las oscuras aguas.

Las ballenas también realizaron un “ascenso silencioso coordinado en una dirección impredecible”, escribieron los autores del paper. Al aparecer de repente y en un punto lejos del lugar donde habían emitido su último sonido, los ballenatos hacían mucho más difícil que las orcas los rastreasen.

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Cuando le preguntar a Johnson si este comportamiento podría deberse a algo más, dijo: “muchos comportamientos sirven para más de un propósito, por lo que no podemos decir que esta estrategia de buceo sea solo para evitar la depredación”. Dicho esto, “las otras explicaciones propuestas no tienen sentido“, agregó. Otros científicos “han explorado si este largo ascenso podría ayudar a los ballenatos a evitar los problemas por descompresión, como le ocurre a los buzos, o si ahorran energía de alguna manera, pero no han encontrado ninguna explicación que encaje”, dijo Johnson.

Sin embargo, esta táctica de supervivencia tiene un costo. Los investigadores calcularon que estas inmersiones a tal profundidad, hacen que se reduzca hasta un 35% el tiempo que pueden pasarse buscando comida, aunque al mismo tiempo, su táctica de inmersión “reduce el riesgo de intercepción de las orcas”, escribieron los autores del estudio. Por lo tanto, esta estrategia evolutiva ha debido surgir por la amenaza de las orcas, dicen los investigadores.

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Respecto a cómo el sonar naval podría estar afectando a estos ballenatos, Johnson dijo que el sonar podría tener una influencia negativa en su comportamiento.

“Los ballenatos de Cuvier no quieren arriesgarse, por lo que cualquier sonido inusual que pueda provenir de un depredador puede desencadenar un fuerte comportamiento evasivo”, dijo Johnson a Gizmodo. “Esta es una estrategia que ha funcionado durante millones de años, pero la invención del sonar ha traído nuevos sonidos al agua que los ballenatos no pueden discriminar del de los depredadores”.

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Lamentablemente, esta otra señal de que las actividades humanas están afectando a la naturaleza y perjudicando a algunas de las criaturas más fascinantes que pueblan nuestro planeta.

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