Tetiaroa es un anillo de islotes de coral a unos 50 kilómetros al norte de Tahití, en la Polinesia Francesa. Marlon Brando quedó fascinado con el lugar durante el rodaje de Mutiny on the Bounty, a comienzos de los años sesenta, y lo adquirió pocos años después. Hoy, además de un hotel de lujo, alberga una estación de investigación científica. Y de ahí salió, casi por accidente, una de las propuestas más curiosas para sacar dióxido de carbono del aire.
Un experimento al revés

En 2016, los oceanógrafos Alex Gagnon y Julian Sachs, de la Universidad de Washington, viajaron al atolón para estudiar cómo la acidificación del océano afecta a los arrecifes de coral. Para simularla, tenían que meter y sacar grandes cantidades de carbono del agua de mar. En algún momento surgió la pregunta obvia: si podían manipular el carbono disuelto con tanta facilidad, ¿por qué no usar el mismo principio para retirarlo de la atmósfera?
De esa idea nació Banyu Carbon, una empresa emergente con sede en Seattle que hoy tiene nueve empleados y que, en un principio, apuntaba a extraer CO₂ directamente del agua de mar. Con el tiempo, el interés de clientes, los incentivos fiscales de Estados Unidos y el capital semilla disponible la empujaron hacia la captura directa desde el aire.
Moléculas que cambian con la luz
El corazón de la tecnología son los fotoácidos, moléculas cuya acidez cambia cuando reciben luz. En la oscuridad, una solución acuosa con estos tintes absorbe CO₂ del aire que pasa por una columna. Cuando esa solución circula por paneles transparentes expuestos al sol, los fotoácidos se activan, el líquido se vuelve más ácido y suelta el gas en una corriente concentrada. Después, el tinte vuelve a la oscuridad y el ciclo empieza de nuevo.
La idea no es nueva. En 2013, el investigador Robert Bennett, de la agencia científica nacional de Australia (CSIRO), demostró que los fotoácidos podían liberar CO₂ de una solución de captura sin necesidad del calor que exigen los sistemas convencionales. La institución patentó el concepto en 2014 y lo llevó hasta una prueba de laboratorio, pero en 2016 lo dejó de lado para concentrarse en otras prioridades. A fines de 2024, Banyu pidió la licencia exclusiva y dedicó unos tres años a mejorar los tintes para que duren más, carguen más CO₂ y funcionen en condiciones más realistas.
Por qué importa el gasto de energía

La mayoría de las plantas de captura directa del aire usan sorbentes que atrapan el CO₂ y luego necesitan calentarse a altas temperaturas para liberarlo. Ese paso consume enormes cantidades de energía y es una de las razones por las que capturar una tonelada sigue costando cientos de dólares. La apuesta de los fotoácidos es reemplazar buena parte de ese calor por luz solar gratuita.
Según la empresa, el sistema no necesita grandes centrales eléctricas ni complejas redes de conductos, aunque sí bombas y ventiladores para mover el aire y el líquido. Los propios investigadores de CSIRO destacan que eso lo vuelve atractivo para lugares remotos, siempre que haya mucho sol.
El prototipo, en Australia
En octubre de 2026, Banyu instaló su primer prototipo de campo, del tamaño de un refrigerador y alojado en un contenedor de tres metros, en el laboratorio In-Situ de CSIRO, cerca de Harvey, unos 130 kilómetros al sur de Perth. El sitio se eligió por su clima seco y soleado y porque cuenta con pozos para estudiar el almacenamiento geológico de carbono. La unidad es entre 10 y 20 veces más grande que cualquier equipo que la empresa haya probado antes.
Las cifras todavía son modestas. Según lo informado por la compañía, a escala completa un equipo de este tamaño captaría alrededor de una tonelada de CO₂ al año, y durante el ensayo el gas se libera de nuevo a la atmósfera porque el objetivo es validar el funcionamiento, no almacenarlo. CSIRO estima que la tecnología está en un nivel de madurez 3 a 4 en una escala de 9, es decir, entre la prueba de concepto y la validación en laboratorio.
Una gota en un balde enorme
El reto de escala es gigantesco. El tercer informe State of Carbon Dioxide Removal, publicado en junio de 2026 por un consorcio de universidades encabezado por Oxford, calcula que el mundo retira unos 2.200 millones de toneladas de CO₂ por año, pero casi todo proviene de bosques y otras soluciones basadas en la tierra. Los métodos tecnológicos, como la captura directa del aire, aportan apenas alrededor del 0,1 %, aunque crecen cerca de un 40 % anual.
Banyu reunió 8,5 millones de dólares de inversores y firmó contratos de precompra de créditos de carbono por 500.000 dólares con dos empresas. Su meta es llegar, a comienzos de la década de 2030, a instalaciones capaces de capturar unas 500.000 toneladas anuales a 200 dólares por tonelada. Es un objetivo muy ambicioso: implicaría multiplicar la capacidad del prototipo por cientos de miles en menos de diez años.
El propio Gagnon reconoce el límite de cualquier tecnología de este tipo. La captura de carbono no reemplaza la reducción de emisiones, y la forma más eficiente de retirar CO₂ de la atmósfera sigue siendo no emitirlo. Lo que sí podría ofrecer, si funciona, es una manera más barata de limpiar las emisiones que resultan imposibles de evitar.