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Ciencia

El turismo de masas ha llegado hasta uno de los ecosistemas más frágiles del planeta. Más de 1.300 alquileres vacacionales y casi 300.000 visitantes al año están llevando al límite el modelo de conservación de las islas Galápagos

Las Galápagos ya no son únicamente un destino reservado a costosos cruceros científicos. El crecimiento de los viajes económicos y los alquileres turísticos ha abierto las islas a más personas, pero también ha multiplicado la presión sobre el agua, la energía, los residuos y unos ecosistemas que no admiten un crecimiento infinito.
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Durante décadas, viajar a las islas Galápagos exigía ahorrar durante años o reservar una plaza en alguno de los costosos barcos que recorren el archipiélago. El precio no era accidental: formaba parte de un modelo turístico limitado, regulado y apoyado en guías naturalistas que intentaba reducir el impacto de cada visitante.

Ese sistema nunca fue perfecto, pero imponía una barrera económica y logística. Ahora, la expansión de los vuelos comerciales, las excursiones desde tierra y plataformas como Airbnb ha comenzado a derribarla.

Un reportaje de The New York Times puso rostro a esta transformación a través de Alicia Ayala, una vecina de Puerto Ayora conocida localmente como la “reina de Airbnb”. Sus habitaciones y apartamentos, algunos disponibles por precios muy inferiores a los de un hotel o un crucero, representan una nueva forma de conocer las islas: más accesible, flexible y alejada del turismo exclusivo que dominó durante décadas.

El problema no es que las Galápagos hayan dejado de ser un destino para ricos. Es que el archipiélago no dispone de los recursos, las infraestructuras ni la capacidad ambiental de una ciudad turística convencional.

De 6.000 visitantes a casi 300.000

Las cifras muestran hasta qué punto ha cambiado el lugar. En los años setenta, las Galápagos recibían alrededor de 6.000 visitantes anuales. En 2025 llegaron 290.404 turistas, un 4% más que el año anterior. El 62% procedía del extranjero y el 38% era de origen nacional.

No todos recorren las islas de la misma manera. El modelo histórico estaba basado en barcos que trasladaban a grupos controlados entre sitios de visita autorizados. Sin embargo, en 2024 el 78% de los viajeros eligió alojarse en tierra, mientras que solo el 22% utilizó embarcaciones con hospedaje.

Ese cambio ha favorecido a restaurantes, taxis, operadores de excursiones y pequeños negocios locales. También ha permitido que familias que nunca podrían pagar un crucero conozcan uno de los grandes laboratorios naturales del planeta.

Pero cada visitante alojado en las poblaciones habitadas necesita agua, electricidad, alimentos, transporte y un sistema capaz de retirar sus residuos. En unas islas situadas a unos 1.000 kilómetros del continente, casi todo debe producirse con recursos limitados o transportarse desde Ecuador.

Airbnb ha crecido mucho más rápido que los hoteles

El turismo de masas ha llegado hasta uno de los ecosistemas más frágiles del planeta. Más de 1.300 alquileres vacacionales y casi 300.000 visitantes al año están llevando al límite el modelo de conservación de las islas Galápagos
© Brooke Beyond.

Según las cifras recogidas por The New York Times, en 2015 existían apenas 56 anuncios de Airbnb en las Galápagos. Para 2020 ya eran unos 350 y, cinco años después, la oferta superaba los 1.300 alojamientos, frente a aproximadamente 300 establecimientos hoteleros regulados.

La comparación requiere un matiz: un anuncio no equivale necesariamente a un edificio completo y no todos los alojamientos publicados en la plataforma operan de forma ilegal. Algunos aparecen registrados como establecimientos turísticos y anuncian expresamente que cuentan con autorización.

El conflicto surge con las viviendas que reciben viajeros sin estar inscritas como alojamiento turístico, sin inspecciones o sin los permisos correspondientes. La normativa ecuatoriana exige registrar la actividad, superar controles y obtener las autorizaciones necesarias. Además, Galápagos cuenta con restricciones especiales para impedir que la capacidad hotelera crezca sin límites.

Los hoteles sostienen que deben cumplir requisitos ambientales, laborales, sanitarios y de gestión de residuos que encarecen cada habitación. Un apartamento informal puede evitar parte de esos costes y ofrecer precios imposibles de igualar, transformándose en la práctica en un pequeño hotel sin recepción ni supervisión.

Airbnb, por su parte, ha defendido que no sustituye a las autoridades y que corresponde al Gobierno determinar qué propiedades pueden operar. También sostiene que la plataforma distribuye los ingresos del turismo entre las comunidades y permite viajar a personas excluidas del mercado tradicional.

El problema no es el mochilero, sino el crecimiento sin control

Culpar a quienes viajan con poco presupuesto sería una simplificación. Un turista que duerme en una vivienda modesta no contamina necesariamente más que otro que paga miles de dólares por un crucero. Los barcos también consumen combustible, producen residuos y ejercen presión sobre espacios naturales.

La diferencia está en el control y en la escala. Los cruceros autorizados siguen itinerarios establecidos, trabajan con guías y poseen un número limitado de plazas. El turismo terrestre puede crecer con mayor facilidad: basta con convertir habitaciones, pisos o edificios residenciales en alojamientos temporales y anunciarlos por internet.

Más visitantes también implican más vuelos y cargamentos, dos de las principales vías por las que insectos, semillas, enfermedades y otras especies invasoras pueden alcanzar las islas. UNESCO identifica el aumento del turismo, el crecimiento demográfico, la pesca ilegal y los problemas de gobernanza entre las principales amenazas para las Galápagos.

No significa que los ecosistemas estén condenados, pero sí que cada incremento introduce nuevos riesgos. Gatos y perros abandonados atacan aves e iguanas; insectos y parásitos llegan accidentalmente entre alimentos y materiales; las poblaciones producen aguas residuales y basura en un territorio donde solo una pequeña fracción puede ser habitada.

Las islas dependen precisamente de aquello que las amenaza

Prohibir el turismo tampoco es una solución realista. Cerca del 80% de la economía del archipiélago depende directa o indirectamente de esta actividad. Miles de residentes viven de hoteles, barcos, restaurantes, excursiones, comercios y transportes.

Esa dependencia convierte cualquier límite en una batalla económica. Los anfitriones ven los alquileres como una forma de participar en una industria históricamente concentrada en operadores costosos. Los hoteles consideran injusto competir contra negocios que no soportan las mismas obligaciones. Los conservacionistas temen que ambas partes discutan sobre quién recibe el dinero mientras el número total de viajeros continúa aumentando.

UNESCO ha defendido el “crecimiento cero” como el escenario óptimo para proteger el valor natural excepcional de las islas. Su recomendación no se limita a regular Airbnb: plantea que Ecuador podría necesitar controlar el número de visitantes y la frecuencia de los vuelos.

Las Galápagos todavía pueden evitar convertirse en otra Venecia

El futuro del archipiélago no depende de expulsar a los viajeros económicos ni de regresar a un modelo reservado para una élite. Depende de saber cuántas personas pueden recibir las islas, dónde pueden alojarse y qué parte de los ingresos se destina realmente a servicios públicos y conservación.

Regular las plataformas, exigir el mismo registro a todos los hospedajes y limitar la capacidad total permitiría repartir mejor los beneficios sin dejar que la oferta crezca de forma invisible. También sería necesario mejorar el tratamiento de residuos, el suministro de agua y los controles de bioseguridad.

Las Galápagos no son Madrid, Barcelona ni Roma. No pueden extender sus redes de transporte, levantar barrios infinitos o importar recursos sin consecuencias. Son un conjunto de islas volcánicas donde especies que no existen en ningún otro lugar evolucionaron durante millones de años en aislamiento.

Airbnb no creó por sí solo la presión turística y tampoco es el único responsable de ella. Lo que ha hecho es acelerar una transformación que ya estaba en marcha. Las Galápagos se han vuelto más accesibles que nunca; ahora Ecuador debe decidir si esa apertura tendrá un límite antes de que el santuario natural termine funcionando como cualquier otro destino de vacaciones.

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