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Gastaron 34 millones de dólares en 96 millones de bolas negras para proteger el embalse y ahora dan cuenta que no ha funcionado. Deberán retirarlas antes de que sea tarde.

Parecía una escena de ciencia ficción, pero tenía una explicación muy concreta: millones de esferas cubrieron un embalse para proteger un recurso cada vez más escaso.
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Durante un tiempo, uno de los embalses de Los Ángeles dejó de parecer un depósito de agua y comenzó a asemejarse a una gigantesca superficie negra. Desde el aire, apenas podía distinguirse el agua. En su lugar aparecía una especie de manto formado por millones de pequeñas esferas flotantes.

La imagen llamó la atención mucho más allá de California. ¿Por qué alguien cubriría un embalse de agua potable con semejante cantidad de bolas de plástico?

La respuesta estaba en una combinación de sequía, calor, contaminación y una necesidad cada vez más urgente de conservar el agua. En 2015, las autoridades de Los Ángeles recurrieron a una solución poco convencional que terminaría convirtiéndose en uno de los proyectos de gestión hídrica más curiosos de la ciudad.

El plan parecía sencillo. Si el sol era uno de los enemigos del agua almacenada, había que impedir que sus rayos llegaran hasta ella. Y para conseguirlo se necesitaban millones de pequeñas barreras flotantes.

Cuando un embalse desapareció bajo una capa negra

El lugar elegido fue el Embalse de Los Ángeles, en Sylmar, dentro del Valle de San Fernando. En plena sequía histórica de California, las autoridades comenzaron a lanzar al agua las conocidas como shade balls, unas esferas diseñadas específicamente para permanecer flotando sobre la superficie.

No fueron unas pocas. La operación terminó colocando alrededor de 96 millones de bolas negras sobre unas 70 hectáreas de agua.

La razón principal era reducir la evaporación. En una región cálida y con frecuentes periodos de escasez, perder millones de litros directamente hacia la atmósfera suponía desperdiciar un recurso que la ciudad necesitaba desesperadamente.

Las estimaciones realizadas entonces calculaban que la cobertura podía evitar la desaparición de aproximadamente 1,1 millones de metros cúbicos de agua al año. La cifra ayuda a entender por qué una medida visualmente tan extravagante tenía sentido desde el punto de vista de la gestión de recursos.

Pero las esferas tenían una segunda función.

Al bloquear buena parte de la radiación solar, también reducían las condiciones que podían favorecer la proliferación de algas y determinadas reacciones químicas en el agua. El objetivo, por tanto, no era únicamente conservar más cantidad, sino también facilitar el control de su calidad.

El proyecto no surgió de la nada. Antes de cubrir un embalse de semejante tamaño, la solución había sido probada en instalaciones más pequeñas. Las pruebas ofrecieron resultados suficientes para que las autoridades apostaran por llevarla a una escala extraordinaria.

El secreto estaba en algo tan simple como bloquear el sol

Las esferas estaban fabricadas con polietileno de alta densidad y fueron concebidas para permanecer en contacto con agua destinada al consumo humano. Su color tampoco era una elección estética.

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© aniri.vi – shutterstock

El plástico incorporaba negro de carbón, un material utilizado para aumentar su resistencia frente a la degradación provocada por la radiación solar. Era un detalle importante: las bolas iban a pasar años expuestas permanentemente al exterior.

Y precisamente el paso del tiempo terminó convirtiéndose en uno de los principales inconvenientes.

Cuando se instalaron, se estimó que las esferas tendrían una vida útil de aproximadamente diez años. La previsión resultó especialmente relevante porque el sistema no podía mantenerse indefinidamente sin supervisión. Millones de piezas de plástico flotando durante años requieren controles, mantenimiento y, llegado el momento, un plan para retirarlas.

Además, las bolas no formaban una cubierta completamente sólida. Aunque ocupaban prácticamente toda la superficie visible, existían pequeños espacios entre ellas. Por esos huecos podían introducirse partículas de polvo y otros elementos procedentes del ambiente.

Así, una solución que había funcionado para combatir la evaporación y la exposición solar comenzó a enfrentarse a una nueva realidad: había llegado el momento de pensar en qué hacer después de las bolas negras.

La solución que las reemplazará ya no flotará sobre el agua

Los Ángeles no ha optado por cubrir nuevamente el embalse con otro sistema similar. En su lugar, la estrategia ha cambiado por completo.

Las autoridades están retirando progresivamente las antiguas esferas mientras incorporan una planta de pretratamiento de agua destinada a actuar antes de que el recurso entre en la red de distribución.

La nueva infraestructura permite tratar el agua y controlar contaminantes y subproductos que pueden generarse durante su exposición a la radiación solar. Entre ellos se encuentra el bromato, una sustancia que puede aparecer bajo determinadas condiciones durante procesos relacionados con el tratamiento del agua.

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© Veritasium en español – Youtube

Con este sistema, el control se traslada desde la superficie del embalse hasta una etapa específica del proceso de tratamiento. Ya no es necesario mantener millones de objetos flotando sobre el agua para conseguir determinados efectos.

El cambio supone el cierre progresivo de una solución que, pese a su apariencia insólita, cumplió una función importante durante años.

Las 96 millones de esferas negras se convirtieron en una respuesta ingeniosa ante una situación extraordinaria. Ayudaron a limitar la evaporación y contribuyeron a proteger el agua almacenada en una época especialmente complicada para California.

Ahora están dejando paso a una tecnología menos llamativa, pero diseñada para resolver el problema desde otro punto de la cadena.

Y quizá esa sea la parte más curiosa de toda esta historia: aquella enorme superficie negra que parecía sacada de una película no era el resultado de una tecnología futurista. Era una solución sencilla, aplicada a una escala gigantesca, para ganar tiempo y conservar algo que en Los Ángeles siempre ha sido especialmente valioso: el agua.

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