En febrero de 1944, aviones estadounidenses atacaron una de las mayores bases navales de Japón en el Pacífico. Durante dos días, las explosiones sacudieron la laguna de Chuuk, en la actual Micronesia, y decenas de embarcaciones terminaron hundidas. Aquellos barcos quedaron atrapados bajo el océano, con sus estructuras de acero, cargamentos y depósitos de combustible convertidos en un legado silencioso de la Segunda Guerra Mundial.
Ocho décadas después, muchos permanecen allí. Sus cascos se han oxidado, los corales comenzaron a cubrirlos y numerosas especies marinas encontraron refugio entre sus restos. Pero existe algo mucho menos visible: el combustible que todavía permanece dentro de algunos depósitos está filtrándose lentamente al océano.
Ahora, un equipo internacional de científicos descubrió algo extraordinario en ese ambiente contaminado. Al analizar muestras procedentes de dos naufragios japoneses, encontró una comunidad bacteriana sorprendentemente diversa, con microorganismos pertenecientes a grupos capaces de degradar componentes del petróleo.
El descubrimiento, publicado en octubre de 2026 en la revista Marine Pollution Bulletin, abre una posibilidad inesperada: que los propios organismos adaptados a estos ambientes puedan proporcionar pistas para desarrollar nuevas estrategias de descontaminación.
Dos barcos de la Segunda Guerra Mundial escondían un ecosistema microscópico

La investigación se concentró en dos embarcaciones japonesas hundidas en la laguna de Chuuk: el Shinkoku Maru, un petrolero, y el Kiyosumi Maru, un antiguo buque de pasajeros y carga adaptado para uso militar.
Ambos naufragios contienen restos de combustibles diferentes. El primero conservaba un producto de densidad intermedia, mientras que el segundo presentaba combustible más pesado, con mayores concentraciones de determinados hidrocarburos persistentes. Para estudiar lo que ocurría en sus depósitos, los investigadores recogieron muestras de combustible y, en el caso del Shinkoku Maru, también del punto donde el petróleo entra en contacto con el agua marina.
El equipo, dirigido por la microbióloga Awei Bainivalu, de la Universidad del Pacífico Sur, utilizó análisis químicos y secuenciación de ADN para identificar los microorganismos presentes. Los resultados fueron sorprendentes: las muestras contenían bacterias distribuidas en 42 filos, 107 clases, 249 órdenes, 432 familias y 1.047 géneros, además de 1.505 clasificaciones a nivel de especie.
El estudio científico original muestra que estas comunidades incluyen organismos asociados con ambientes contaminados por hidrocarburos, pese a las condiciones potencialmente tóxicas del combustible.
El hallazgo más extraño: bacterias que podrían aprovechar el petróleo como alimento

El combustible que permanece dentro de los barcos contiene mezclas complejas de sustancias químicas. Algunas pueden resultar especialmente perjudiciales para los organismos marinos, incluidos hidrocarburos aromáticos capaces de persistir en el ambiente. Sin embargo, ciertos microorganismos poseen mecanismos metabólicos que les permiten utilizar algunos de estos compuestos como fuentes de carbono y energía.
Entre los grupos identificados aparecieron bacterias de los géneros Ralstonia, Sphingomonas y Corynebacterium. Dentro de ellos existen especies conocidas por su capacidad para transformar o degradar determinados hidrocarburos. Pero aquí aparece una distinción científica fundamental: identificar bacterias relacionadas con la degradación del petróleo no demuestra que estén consumiéndolo activamente dentro de los barcos.
Los investigadores todavía necesitan estudiar su metabolismo, sus condiciones de crecimiento y la velocidad con la que podrían transformar las sustancias contaminantes.
Un detalle especialmente interesante apareció al comparar las muestras. La comunidad bacteriana localizada en el límite entre el combustible y el agua tenía una composición diferente de la encontrada dentro del petróleo. Esto sugiere que las condiciones químicas de cada ambiente influyen en qué microorganismos pueden prosperar allí, una pista importante para futuras investigaciones sobre la adaptación microbiana a contaminantes.
Una flota fantasma de 1944 podría ayudar a investigar cómo limpiar los océanos

La laguna de Chuuk alberga una de las mayores concentraciones de naufragios de la Segunda Guerra Mundial. Conocida entonces como Truk, fue escenario de la Operación Hailstone, una ofensiva estadounidense que dejó decenas de barcos japoneses en el fondo del océano.
Actualmente, estos restos constituyen un importante patrimonio histórico y atraen a buceadores de todo el mundo. Pero también representan un problema ambiental creciente: conforme avanza la corrosión, los depósitos pueden romperse y liberar combustible que permaneció encerrado durante décadas.
En octubre de 2025, las autoridades de Micronesia ya habían advertido sobre los riesgos ambientales de estos naufragios. El descubrimiento de estas bacterias podría contribuir a desarrollar técnicas de biorremediación, un procedimiento que aprovecha microorganismos capaces de transformar sustancias contaminantes. Sin embargo, todavía queda mucho por investigar. La presencia de determinados microorganismos no significa que puedan neutralizar por sí solos las filtraciones, ni elimina la necesidad de extraer el combustible de los barcos cuando sea posible.
Lo más interesante es que los científicos encontraron un ecosistema microscópico en un lugar donde la contaminación lleva acumulándose más de ocho décadas.
Los naufragios de 1944 ya no son solamente restos de una guerra. También se han convertido en laboratorios naturales donde los investigadores pueden estudiar cómo responde la vida a contaminantes que permanecen durante generaciones.