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Alguien “recicló” un sarcófago romano y volvió a utilizarlo. Y ahora tal vez logremos saber quién está dentro

Un nuevo estudio arqueológico determinó que unos monjes de la era medieval reciclaron un ataúd de la era romana en el siglo IV.
Por Matthew Phelan Traducido por

Tiempo de lectura 3 minutos

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Hay hallazgos curiosos como este. Hace más de 200 años alguien enterró en la afamada abadía de Westminster, Inglaterra, un sarcófago de finales de la era romana. En el exterior, tres líneas inscritas en latín en la piedra caliza afirman que el antiguo sarcófago fue alguna vez la tumba de Valerius Amandinus, una figura poco conocida que aparentemente ocupaba un antiguo puesto romano en la Londinium de entonces. Pero luego, en el siglo XI, reemplazaron su cuerpo por el de otra persona.

El primer indicio fue que la tapa del sarcófago de Amandinus no se correspondía con la de las que se usaron en el siglo IV: era una única pieza rectangular de piedra caliza sedimentaria oolítica al estilo anglosajón tardío, y que tenía tallada en relieve una cruz medieval. Ahora, gracias a la datación detallada con carbono 14 y el análisis de registros medievales de la abadía, más un profundo estudio del sarcófago, se ha podido concluir que el ocupante del sarcófago podría ser una de dos personas.

Las dos ocuparon el puesto de abad en Westminster en el siglo XI, según el arqueólogo asesor de la abadía Warwick Rodwell. Uno de ellos fue Ælfwig, quien lideró el monasterio como abad entre los años 993 y 1020 d.C. El otro, llamado Wulfnoth, le sucedió hasta 1049 d.C. Pero la evaluación personal de Rodwell es que el más probable de los dos sería Ælfwig.

“Ælfwig ya era monje en Westminster cuando lo eligieron como abad y no hay evidencia que sugiera que haya dejado la abadía”, escribió Rodwell en su nuevo estudio, que se publicó el martes en el Journal of the British Archaeological Association. “Tuvo una distinguida carrera como abad, de unos veintisiete años, y no cabe duda de que lo sepultaron en su abadía”.

Un cadáver valiosísimo

El análisis de Rodwell fue también revisado por el os teólogo James Young Langhorne, asesor de Pre-Construct Archaeology (PCA), que asiste en proyectos de infraestructura de Reino Unido para trabajar respetando los tesoros invalorables de la historia enterrada de la nación. Langthorne determinó que la fecha que se había establecido para la muerte del abad, según el antropólogo Thomas Henry Huxley y su colega en 1869, tenía un error de casi dos décadas.

Huxleey trabajó principalmente con los huesos largos del cadáver, y junto al arqueólogo John Thurnam evaluó que el esqueleto había pertenecido a un joven “de tal vez no más de treinta años”, según sus estudios de 1870. Pero la revisión de Langthorne indica que la persona falleció a los 35 a 49 años de edad, en parte por la presencia de osteoartritis en varias de las articulaciones de los restos esqueléticos del siglo XI.

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©Pre-Construct Archaeology

La datación con carbono doe muestras de los huesos, llevada a cabo por el Centro de Investigación Ambiental de las Universidades Escocesas, ubicó la fecha de los restos entre 987 y 1052 d.C., lo que confirmó además que este sarcófago romano se reutilizó en algún momento de las primeras décadas de la abadía.

El razonamiento de Rodwell entonces se vuelve más deductivo y especulativo, según lo admite él mismo, pero debido al hecho de que al fallecido “se lo honró con un sarcófago valioso”, y la presencia de la cruz latina de 1,8 metros de largo, afirma que “eso implicaría que se trata casi con certeza de una abad”. Por la poca información que nos llegó sobre Wulfnoth, sucesor de Ælfwig como abad, Rodwell se inclina por la teoría de que el ocupante del sarcófago es el más estimado de estos dos responsables de la abadía de Westminster.

Violaciones de rumbas

Tal vez nunca podamos conocer los detalles necesarios para confirmar la identidad del esqueleto, debido a las dudosas acciones de los obreros que accidentalmente encontraron y rompieron el sarcófago el lunes de la Pascua de 1820.

“Ya roto el ataúd, lo más probable es que cedieran a la irresistible urgencia de llevarse algún tesoro. Se movieron todos los huesos largos y los colocaron en el lugar incorrecto, y el cráneo estaba roto y cambiado de lugar en el sarcófago”, escribió Rodwell.

Estos desarreglos que se documentaron cuando se redescubrió el sarcófago en 1869 “son típicos de los saqueadores”, se lamenta el arqueólogo. Añadió también que “jamás conoceremos objetos significativos de metal u otro material, porque se los han llevado”.

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