Hay un pequeño gesto que se repite en las puertas de embarque de medio mundo y que probablemente pasa desapercibido hasta que uno empieza a buscarlo. Un pasajero llega a la puerta del avión, extiende la mano y da una palmada en el fuselaje. Otro lo toca durante unos segundos. Hay quien da dos golpecitos, quien lo acaricia y quien directamente le ofrece un pequeño choque de puños.
Las redes sociales han hecho visible hasta qué punto la costumbre está extendida. Algunos pasajeros dicen mentalmente algo parecido a “tú puedes”, otros desean un buen viaje o aprovechan esos segundos para rezar. Hay familias en las que el ritual incluso ha pasado de padres a hijos.
Lo curioso es que muchos reconocen perfectamente que su mano no está aumentando las posibilidades de llegar sanos y salvos. Lo hacen igualmente. Y ahí es donde la psicología empieza a tener una explicación bastante interesante.
El avión tiene algo que nuestro cerebro lleva especialmente mal: no podemos controlar absolutamente nada

Nathan Feiles, psicoterapeuta especializado en miedo a volar, explica que los pasajeros nerviosos desarrollan todo tipo de rituales: utilizar determinada ropa, comer algo concreto, repetir una frase o tocar el avión antes de entrar. El punto común no está tanto en qué hacen, sino en la sensación de control que ese comportamiento puede proporcionar.
Volar reúne varias condiciones incómodas para nuestro cerebro. Una vez que el avión despega, no podemos bajarnos, no decidimos la velocidad, la altitud ni cómo atravesar una turbulencia. Tenemos que confiar nuestra seguridad a una tripulación que normalmente no conocemos y a una máquina que tampoco controlamos.
Feiles señala precisamente que el miedo a volar tiene una relación especial con esa pérdida de control y con la dificultad para sentirse “anclado” cuando nos desplazamos a kilómetros de altura. Saber racionalmente que la aviación funciona de una determinada manera tampoco elimina automáticamente la respuesta emocional.
Los rituales pueden llenar ese pequeño vacío. No es algo exclusivo de los aviones. Una revisión publicada en Neuroscience & Biobehavioral Reviews señala que, frente a amenazas potenciales y situaciones de ansiedad, los humanos recurrimos con frecuencia a comportamientos ritualizados que aportan una percepción de control. La palmada no controla el avión. Pero sí es una acción que controla el pasajero.
Tocar una máquina puede hacer que deje de sentirse completamente ajena

Hay otra interpretación todavía más peculiar. Feiles compara el gesto con acariciar a un caballo antes de montarlo: una forma simbólica de establecer una relación de confianza con aquello que está a punto de transportarnos.
Eso explica por qué muchos pasajeros hablan del avión casi como si estuviera vivo. Le desean suerte, le agradecen de antemano el viaje o le dan una palmada como quien dice “vamos juntos en esto”.
Ni siquiera es un comportamiento reservado a viajeros con miedo. Patrick Smith, piloto comercial y responsable de Ask the Pilot, reconoce que él mismo lo hace alguna vez, aunque en su caso prefiere un choque de puños con el avión. Para Smith, el gesto mezcla suerte y reafirmación ante un momento en el que incluso un viajero experimentado puede ser consciente fugazmente de su propia vulnerabilidad. Y romper el ritual puede producir una sensación todavía más reveladora. Algunos pasajeros admiten que saben perfectamente que tocar el fuselaje no cambia nada, pero aun así no quieren comprobar qué sentirían si un día no lo hicieran.
El ritual funciona mientras no necesitemos que funcione
Hay, sin embargo, una frontera. Feiles considera que un pequeño ritual puede ser perfectamente inocuo si simplemente ayuda a afrontar el viaje con tranquilidad. El problema comienza cuando dejar de realizarlo dispara la ansiedad, o cuando toda la preparación del vuelo se convierte en una cadena de conductas destinadas a evitar mentalmente una catástrofe.
En ese momento, la estrategia que nació para calmar el miedo puede terminar reforzándolo: si alguien empieza a creer emocionalmente que necesita completar determinados pasos para sentirse seguro, cada vuelo ofrece una nueva oportunidad para alimentar esa dependencia.
Para el avión, entretanto, todo este drama psicológico resulta bastante irrelevante. Una palmada junto a la puerta no va a alterar su capacidad para volar. Pero para el cerebro del pasajero puede representar algo mucho mayor: el último pequeño acto bajo su control antes de sentarse, abrocharse el cinturón y aceptar que, durante las próximas horas, casi todo lo demás dependerá de otros.