Hace unos 46.000 años, mucho antes de que los Homo sapiens llegaran a ocupar esta parte del norte de la Península Ibérica, un grupo de neandertales encontró un lugar al que merecía la pena regresar. No una vez. Tampoco durante una única generación.
La cueva de Prado Vargas, escondida dentro del enorme complejo kárstico de Ojo Guareña, en Burgos, parece haber funcionado como un auténtico punto de referencia dentro de su territorio. Los neandertales regresaban allí principalmente desde la primavera hasta finales del otoño, cazaban, procesaban animales, fabricaban y reparaban herramientas y volvían a hacerlo después. La campaña arqueológica de 2026 acaba de aportar nuevas pruebas de esa sorprendente continuidad.
Los investigadores han excavado otros 32 metros cuadrados del nivel 4D, elevando la superficie total hasta 140 metros cuadrados. Eso convierte Prado Vargas en uno de los yacimientos neandertales en cueva con mayor superficie excavada y permite empezar a observar algo especialmente difícil en arqueología: cómo se organizaba un campamento entero.
No estaban simplemente escondiéndose dentro de una cueva

Solo durante esta campaña han aparecido más de 1.500 restos arqueológicos y paleontológicos, entre herramientas de piedra y huesos de animales. Entre las presas aparecen jabalíes, caballos, bisontes, uros, gamos y ciervos. Muchos de sus huesos muestran marcas compatibles con actividades de carnicería y aprovechamiento de las presas. Estudios anteriores del mismo nivel ya habían identificado una amplia variedad de actividades y una explotación sistemática del entorno.
El patrón estacional resulta especialmente revelador. El CENIEH interpreta el nivel 4D como un gran campamento ocupado durante periodos prolongados entre primavera y otoño a lo largo de varias generaciones. No parece, por tanto, la huella de un pequeño grupo que entró unas noches para protegerse del frío. Eso implica conocer el territorio, recordar dónde estaban los recursos y regresar a puntos que seguían resultando útiles año tras año.
Prado Vargas conserva incluso una señal mucho más personal de aquella comunidad. En 2019 apareció allí un molar de leche perteneciente a un niño o niña neandertal de unos ocho años, bautizado como Vera. Es una pequeña pieza que confirma que aquella vida cotidiana no estaba protagonizada únicamente por partidas de cazadores adultos.
Casi todo lo que necesitaban lo convertían en herramientas

El segundo gran rastro está en el suelo. Aproximadamente el 95% de las piezas de piedra recuperadas está fabricado en sílex. Hay lascas con filos naturales, raederas, muescas y denticulados, un conjunto característico de la tecnología musteriense vinculada a los neandertales. Pero uno de los objetos más interesantes ni siquiera es de piedra.
Los arqueólogos han localizado nuevos retocadores de hueso, fragmentos de huesos largos utilizados para modificar y mantener los filos de las herramientas líticas. Sumados a campañas anteriores, Prado Vargas ronda ya el centenar de ejemplares, una concentración que lo convierte en un enclave especialmente valioso para estudiar esta tecnología.
Investigaciones anteriores también han encontrado indicios de reutilización de núcleos y materias primas. El conjunto apunta hacia una economía donde los materiales se aprovechaban intensamente, algo coherente con grupos que conocían bien aquel territorio y regresaban repetidamente al mismo lugar. Y algunas cosas quizá ni siquiera tenían una finalidad práctica. Otro estudio descubrió que los neandertales llevaron fósiles marinos recogidos a varios kilómetros de distancia hasta la cueva, pese a que casi ninguno presentaba señales de haber sido utilizado como herramienta. Los investigadores han planteado que pudieron coleccionarlos por curiosidad, estética, intercambio o algún significado social.
Miles de años después, alguien distinto encendió fuego en la misma cueva
Prado Vargas guarda además otra historia encima de la neandertal. Durante la campaña de 2026 se terminó de excavar parte de los niveles superiores, donde en 2025 se había localizado un hogar relacionado con grupos de Homo sapiens. Su datación preliminar ronda los 35.000 años.
Entre ambas ocupaciones median unos 11.000 años, por lo que el yacimiento no demuestra que neandertales y humanos modernos convivieran allí. Lo interesante es otra cosa: dos especies humanas distintas terminaron utilizando el mismo paisaje y la misma cavidad en momentos diferentes.
Las excavaciones sistemáticas comenzaron en 2016 y ya habían producido más de 15.000 restos antes de esta última campaña. Cada nueva ampliación permite reconstruir aquel espacio con mayor resolución. Y lo que empieza a aparecer bajo la tierra dista bastante de la vieja imagen del neandertal que vagaba sin demasiada planificación de cueva en cueva. Hace 46.000 años, en Burgos, había familias que conocían un lugar suficientemente bien como para regresar a él durante generaciones.