Un asteroide de unos diez kilómetros de diámetro atravesando la atmósfera a decenas de kilómetros por segundo liberaría una cantidad de energía difícil de imaginar. Cerca del punto de impacto habría una enorme onda expansiva, terremotos, incendios y, si chocara contra el océano, gigantescos tsunamis.
Pero parte de esa energía tendría un destino mucho más lejano: el punto situado exactamente al otro lado del planeta.
La Tierra se comporta como una enorme lente
Un impacto gigantesco genera diferentes tipos de ondas sísmicas. Algunas atraviesan el interior del planeta mientras otras, como las ondas de Rayleigh, se desplazan por su superficie alejándose del punto del impacto en todas direcciones. La geometría casi esférica de la Tierra hace que esas ondas vuelvan a aproximarse entre sí cuando alcanzan las antípodas.
Es un fenómeno conocido como enfoque sísmico antipodal.
Los modelos muestran que la interferencia de las ondas puede aumentar considerablemente el movimiento del terreno en esa región. Sin embargo, la Tierra real no es una esfera perfectamente homogénea: posee continentes, océanos y variaciones internas que desvían y dispersan parte de las ondas.
El suelo podría desplazarse varios metros
Una de las simulaciones más conocidas utilizó como referencia el impacto de Chicxulub, ocurrido hace unos 66 millones de años.
Cuando los investigadores utilizaron un modelo simplificado y perfectamente esférico de la Tierra, obtuvieron valores extremadamente altos. Pero al introducir características más realistas, como la forma ligeramente achatada del planeta y las diferencias internas del manto, la intensidad disminuyó aproximadamente cuatro veces. Incluso así, el resultado siguió siendo impresionante.
Las simulaciones calcularon desplazamientos máximos cercanos a los cuatro metros en las antípodas, además de fuertes tensiones dinámicas capaces de fracturar las rocas. También aparecieron auténticas “chimeneas” de tensión que se extendían hacia el interior del manto.
¿Podría despertar volcanes?
Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes.
Las enormes tensiones producidas por las ondas sísmicas podrían favorecer terremotos o alterar sistemas volcánicos que ya estuvieran próximos a un estado crítico. Los modelos han estudiado incluso la posibilidad de que impactos gigantescos contribuyan a desencadenar episodios de vulcanismo en el lado opuesto del planeta. El ejemplo más famoso es Chicxulub y los Trapps del Decán, una gigantesca provincia volcánica situada en la actual India.
Su proximidad aproximada a las antípodas del impacto llevó a proponer que las ondas generadas por Chicxulub pudieron influir en aquella actividad volcánica.
Sin embargo, hay un detalle fundamental: las erupciones del Decán ya habían comenzado antes del impacto. Por eso sigue existiendo debate sobre si Chicxulub intensificó temporalmente el vulcanismo o si ambas cosas estuvieron básicamente desconectadas.
Escapar del cráter no significaría estar a salvo
El efecto antipodal no sería comparable con estar cerca de la zona del impacto. Allí la devastación sería incomparablemente mayor. Pero demuestra hasta qué punto un choque de dimensiones planetarias puede afectar a toda la Tierra.
Las ondas no se detendrían en las fronteras del cráter: recorrerían miles de kilómetros por la superficie y el interior del planeta antes de concentrar parte de su energía en el extremo opuesto del mundo.
En un impacto del tamaño de Chicxulub, estar a 20.000 kilómetros del cráter no significaría necesariamente haber escapado de sus consecuencias.