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Ciencia

La Antártida llevaba dos siglos atrapando el mercurio que lanzábamos a la atmósfera. El deshielo está abriendo esa bóveda y devolviendo el contaminante al océano

El análisis de 16 núcleos de sedimentos revela que la acumulación de mercurio en la península antártica aumentó un 160% desde el inicio de la industrialización. El problema no es solo lo que continúa llegando desde el aire: el hielo que antes funcionaba como depósito está liberando ahora parte de la contaminación del pasado.
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La imagen habitual de la contaminación industrial está ligada a chimeneas, ciudades cubiertas de humo y ríos situados junto a fábricas. La península antártica se encuentra a miles de kilómetros de esos escenarios, pero un nuevo estudio demuestra que ni siquiera uno de los lugares más remotos del planeta quedó aislado de las emisiones humanas.

Durante décadas, el hielo y los suelos congelados de la región fueron capturando mercurio transportado por la atmósfera. Una parte procedía de fuentes naturales, como la actividad volcánica y la erosión de las rocas. Otra llegó después de circular por el planeta desde centrales eléctricas, explotaciones mineras, fundiciones y distintos procesos industriales.

Aquella acumulación parecía relativamente inmóvil mientras permanecía enterrada bajo el hielo. El calentamiento de la península antártica está alterando ahora ese equilibrio: los glaciares retroceden, el agua de deshielo atraviesa terrenos antes congelados y la erosión arrastra el mercurio hacia la plataforma continental.

El resultado es una paradoja preocupante. La Antártida no solo recibe contaminación producida en otros continentes. También está empezando a liberar la que llevaba décadas almacenando.

El hielo no creó el mercurio: lo guardó hasta que comenzó a retirarse

La Antártida llevaba dos siglos atrapando el mercurio que lanzábamos a la atmósfera. El deshielo está abriendo esa bóveda y devolviendo el contaminante al océano
© NASA/OIB/Jeremy Harbeck.

Para reconstruir esta historia, investigadores de instituciones de China y Norteamérica analizaron 16 núcleos de sedimentos extraídos en distintos puntos de la península antártica y sus aguas cercanas. Las capas acumuladas en el lecho marino permitieron seguir los cambios producidos durante aproximadamente 200 años, desde el periodo preindustrial hasta la actualidad.

El equipo combinó registros geoquímicos con el estudio de isótopos de mercurio, una especie de firma que ayuda a diferenciar las posibles fuentes y los procesos que atravesó el elemento antes de terminar en el fondo del océano.

Los resultados muestran que la tasa de acumulación aumentó alrededor de un 160% desde el comienzo de la industrialización. La plataforma continental recibe actualmente unos 93 microgramos adicionales de mercurio por metro cuadrado y año, aproximadamente el doble del promedio calculado para otras plataformas continentales del planeta. Los autores consideran por ello que la península se ha convertido en un punto crítico dentro del ciclo global de este contaminante.

Eso no significa que todo el mercurio encontrado haya sido producido por actividades humanas. El elemento existe de forma natural en la corteza terrestre y puede llegar a la atmósfera mediante volcanes, incendios o procesos geológicos. Sin embargo, la quema de carbón, la minería de oro y la industria multiplicaron sus emisiones y alteraron profundamente su circulación global. La Convención de Minamata intenta reducir precisamente esas liberaciones y controlar el mercurio durante todo su ciclo de vida.

El deshielo multiplicó por más de seis la fuga desde tierra firme

La Antártida llevaba dos siglos atrapando el mercurio que lanzábamos a la atmósfera. El deshielo está abriendo esa bóveda y devolviendo el contaminante al océano
© INVDES.

El estudio separa dos grandes mecanismos. El primero es la deposición atmosférica: el mercurio viaja por el aire y cae directamente sobre el hielo, el suelo o el océano. El segundo es la movilización de reservas antiguas debido al calentamiento.

Cuando un glaciar pierde masa, no desaparece únicamente agua congelada. También quedan expuestos sedimentos y superficies que pueden contener contaminantes acumulados durante décadas. El agua de deshielo los recoge y los transporta hacia la costa, mientras la erosión acelera el movimiento de partículas desde tierra firme.

Según las reconstrucciones del equipo, la liberación de mercurio relacionada con el deshielo y la erosión creció cerca de un 550% desde la Revolución Industrial. Es decir, el flujo actual sería más de seis veces superior al de comienzos del periodo estudiado.

El fenómeno convierte al hielo en algo parecido a una caja fuerte cuyo cierre depende de la temperatura. Mientras el depósito permanece estable, buena parte de su contenido queda aislado. Cuando esa estructura comienza a deshacerse, el material almacenado vuelve a circular.

La península antártica resulta especialmente vulnerable porque está experimentando una transformación climática rápida. Estudios recientes estiman que se calienta aproximadamente al doble del promedio global y advierten de daños crecientes si el calentamiento mundial supera los 2 °C.

Parte del contaminante vuelve al aire y otra puede entrar en la cadena alimentaria

El mercurio que alcanza el océano no permanece necesariamente enterrado. Una fracción puede intercambiarse entre la superficie marina y la atmósfera, reiniciando su viaje por el planeta. El nuevo trabajo estima que esas emisiones desde el mar hacia el aire aumentaron aproximadamente un 350% durante los últimos dos siglos debido a la combinación del deshielo y la deposición atmosférica.

Otra parte puede sufrir transformaciones químicas y biológicas. Algunas bacterias presentes en el hielo marino antártico son capaces de convertir el mercurio en metilmercurio, una forma que puede incorporarse a los organismos y concentrarse progresivamente al avanzar por la red alimentaria.

Esto no significa que exista una crisis inmediata de intoxicación en toda la fauna antártica ni que el estudio haya medido directamente daños en cada especie. Sí identifica un mecanismo que podría aumentar la exposición de ecosistemas ya presionados por la pérdida de hielo, el calentamiento del océano y los cambios en la disponibilidad de alimento. El mercurio es tóxico para animales y humanos y puede afectar a los sistemas nervioso, digestivo e inmunitario, entre otros órganos.

Hasta ahora, los programas internacionales contra el mercurio se han centrado principalmente en reducir las emisiones actuales. El estudio añade una complicación: incluso aunque esas emisiones disminuyan, el calentamiento puede reactivar contaminación antigua que parecía fuera de circulación.

La Antártida llevaba décadas funcionando como uno de los archivos químicos del planeta. Ahora estamos descubriendo que, cuando el hielo que protege ese archivo desaparece, algunas de sus páginas vuelven a entrar en el mundo.

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