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Ciencia

La criatura microscópica que desafía las leyes en la zona más tóxica del planeta

En uno de los lugares más contaminados del mundo, donde nada debería prosperar, un diminuto ser vivo parece haber encontrado una forma inesperada de sobrevivir. Su resistencia desconcierta a los científicos y podría abrir puertas a aplicaciones impensadas en ciencia, espacio y medicina.
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Desde hace casi cuatro décadas, Chernóbil es sinónimo de catástrofe, radiación y abandono humano. Sin embargo, en medio de ese paisaje hostil y silencioso, la naturaleza ha seguido caminos imprevisibles. Entre ruinas y niveles extremos de contaminación, un organismo microscópico ha captado la atención de la ciencia por su asombrosa capacidad de adaptación y por el misterio que encierra su forma de sobrevivir.

El día en que todo cambió para siempre

En la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, situada en la entonces Unión Soviética, explotó violentamente. La cubierta superior del reactor saltó por los aires y liberó a la atmósfera una enorme cantidad de material radiactivo que se desplazó rápidamente por gran parte de Europa. Aquel suceso quedó marcado como el peor accidente nuclear de la historia.

Las consecuencias humanas fueron devastadoras. Más de 300.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares de forma definitiva, y muchas de las que estuvieron expuestas a la radiación arrastran secuelas hasta hoy. La llamada “zona de exclusión” quedó prácticamente despoblada, convertida en un territorio prohibido para la actividad humana. Paradójicamente, con el paso del tiempo, la vegetación y la fauna salvaje comenzaron a expandirse sin la presión del ser humano.

En ese escenario extremo, donde cualquier forma de vida parecía condenada, la ciencia descubrió algo totalmente inesperado: ciertos organismos no solo sobrevivían a la radiación, sino que parecían convivir con ella de un modo aún difícil de explicar.

El hongo que crece donde nada debería hacerlo

Adherido a las paredes internas de algunos de los edificios más contaminados de Chernóbil, los investigadores hallaron un hongo oscuro y aparentemente común, identificado como Cladosporium sphaerospermum. Para la mayoría de los seres vivos, la radiación ionizante supone un daño severo, capaz de alterar el ADN y provocar enfermedades letales. Para este hongo, en cambio, parecía ocurrir exactamente lo contrario.

Algunos científicos plantearon que este organismo podría estar utilizando la radiación como fuente de energía, en un proceso comparable a la fotosíntesis de las plantas, pero basado en radiación en lugar de luz. A este mecanismo hipotético lo denominaron “radiosíntesis”. Aunque la idea resultó fascinante, la comunidad científica aún debate cómo podría producirse este fenómeno a nivel biológico.

Lo que sí se ha comprobado es que la radiación no detiene su crecimiento. Por el contrario, en entornos altamente radiactivos este hongo puede desarrollarse con normalidad, e incluso parecer más activo que en condiciones menos extremas, algo que rompe con muchas de las certezas de la biología tradicional.

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©YouTube

El inesperado hallazgo que abrió nuevas hipótesis

Durante la década de 1990, un equipo dirigido por la microbióloga Nelli Zhdanova, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, llevó a cabo un estudio en la zona de exclusión para determinar si existía vida microbiana en ese entorno hostil. Los resultados fueron sorprendentes: identificaron una comunidad de 37 especies de hongos, la mayoría de las tonalidades oscuras o negras, ricas en melanina, un pigmento conocido por su capacidad de absorber radiación.

Entre todos ellos destacaba especialmente el Cladosporium sphaerospermum, presente incluso en los lugares con mayor nivel de contaminación.

Investigaciones posteriores demostraron que la radiación ionizante, capaz de transformar átomos en iones y provocar grandes daños a nivel celular en humanos, no solo no perjudicaba a este hongo, sino que podía estimular su crecimiento.

En 2008, la radiofarmacóloga Ekaterna Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall, del Colegio de Medicina Albert Einstein de Estados Unidos, propusieron que este y otros hongos melanizados podrían recolectar la radiación y convertirla en energía química, del mismo modo que las plantas convierten la luz solar durante la fotosíntesis. Aquella hipótesis abrió una nueva línea de investigación que aún hoy sigue generando preguntas.

Del desastre nuclear al futuro del espacio y la medicina

Con el paso de los años, el interés por este hongo ha trascendido el ámbito de la microbiología. Varias investigaciones recientes comenzaron a analizar sus posibles aplicaciones prácticas. Una de las más llamativas se relaciona con la exploración espacial.

En 2020, un experimento realizado en la Estación Espacial Internacional mostró que una capa del Cladosporium sphaerospermum podía bloquear una parte significativa de la radiación presente en el espacio. Este resultado despertó el interés de agencias espaciales, ya que la radiación es uno de los principales riesgos para la salud de los astronautas en misiones prolongadas. En el futuro, este tipo de organismos podría servir como escudo biológico para proteger equipos o incluso hábitats espaciales.

Además, los científicos estudian su posible uso en medicina, biotecnología y producción de energía. Comprender cómo resiste y aprovecha la radiación podría permitir desarrollar nuevos materiales, tratamientos o sistemas de protección frente a exposiciones peligrosas.

Sin embargo, pese a los avances, el gran misterio sigue sin resolverse: todavía no se sabe con certeza por qué este hongo es capaz de sobrevivir en condiciones letales para casi todo lo demás, ni si la radiosíntesis funciona exactamente como se plantea. Lo único indiscutible es que, en el lugar donde la humanidad tuvo que huir, este organismo encontró un entorno en el que no solo sobrevive, sino que parece prosperar. Un pequeño ser vivo que transforma uno de los mayores desastres de la historia en un inesperado laboratorio natural para la ciencia.

 

[Fuente: Infobae]

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