Durante años nos acostumbramos a imaginar internet como algo liviano. Una nube. Un flujo invisible. Un servicio que aparece cuando abrimos una aplicación y desaparece cuando cerramos la pestaña. Pero la inteligencia artificial está obligando a mirar debajo de esa metáfora: miles de servidores, edificios gigantes, refrigeración, líneas eléctricas, agua, ruido y comunidades que muchas veces descubren el proyecto cuando ya está demasiado avanzado.
Erin Brockovich, la activista ambiental estadounidense cuya historia inspiró la película protagonizada por Julia Roberts, acaba de entrar en esa discusión con una herramienta muy concreta: un mapa ciudadano de centros de datos de IA en Estados Unidos. El Brockovich Data Center muestra instalaciones operativas, en construcción, propuestas y reportes enviados por comunidades locales. Su objetivo declarado es simple: que el público no sea el último en enterarse.
La nueva batalla ambiental no huele a químico: suena como servidores funcionando sin parar

Brockovich no está atacando la inteligencia artificial desde la ciencia ficción ni desde el miedo abstracto a los algoritmos. Su crítica apunta a la infraestructura que permite que esos sistemas existan. Los centros de datos necesitan electricidad constante para alimentar servidores y sistemas de refrigeración. También pueden consumir grandes volúmenes de agua, según el tipo de enfriamiento, el clima local y la escala de la instalación.
La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, cerca del 1,5% del consumo eléctrico mundial, y que esa demanda ha crecido a un ritmo del 12% anual durante los últimos cinco años. La misma agencia proyecta que el consumo podría más que duplicarse hacia 2030, hasta unos 945 TWh, impulsado por la IA, la nube y la digitalización.
Ahí aparece el problema político. Una cosa es que una tecnológica prometa modelos más potentes, asistentes más rápidos o servicios en la nube más baratos. Otra muy distinta es que una comunidad rural o suburbana tenga que negociar más consumo eléctrico, más presión sobre el agua, más ruido industrial y, en algunos casos, pocos empleos directos una vez terminada la construcción.
El mapa convierte una sospecha dispersa en una imagen nacional

La plataforma de Brockovich funciona como una especie de radar comunitario. No se limita a marcar grandes complejos ya conocidos: también incorpora reportes enviados por residentes que sospechan o conocen proyectos en sus zonas. Según el sitio, el mapa fue actualizado por última vez el 28 de mayo de 2026 y clasifica los puntos entre operativos, en construcción, propuestos y reportados por la comunidad.
Nieman Lab destaca que la iniciativa busca capturar la “huella real” de esta carrera por construir infraestructura de IA, mostrando patrones de crecimiento, conflicto e incertidumbre. TechCrunch lo planteó desde otro ángulo: Brockovich intenta atacar la opacidad que rodea a muchos proyectos de centros de datos, especialmente cuando los vecinos se enteran tarde de decisiones que pueden alterar el consumo de recursos de una región.
Ese punto es clave. El conflicto no nace únicamente del consumo. También nace de la sensación de secreto. Si un proyecto promete inversión millonaria pero llega envuelto en acuerdos poco claros, incentivos fiscales, cambios de zonificación y poca consulta pública, la reacción vecinal deja de ser una rareza y se convierte en una respuesta previsible.
El agua se está convirtiendo en el punto más sensible
La electricidad concentra buena parte del debate, pero el agua es el tema que puede volver local una discusión global. Chatham House advirtió este junio de 2026 que el uso de agua asociado a la IA obliga a los gobiernos a repensar su gestión hídrica, porque los centros de datos pueden agravar tensiones en zonas con estrés hídrico o infraestructuras insuficientes.
The Guardian publicó esta semana un reportaje sobre el caso de Utah, donde el megaproyecto Stratos ha despertado una fuerte oposición por su posible impacto en energía y agua. Según ese medio, el desarrollo podría convertirse en uno de los mayores centros de datos del mundo y se proyecta en una región ya marcada por sequías y presión climática.
La paradoja es brutal: una tecnología que se vende como intangible puede depender de recursos muy tangibles. Cada consulta a un sistema de IA no seca un río por sí sola, claro. Pero millones de consultas, modelos más grandes, entrenamiento constante y expansión de centros de datos sí pueden transformar la demanda de electricidad y refrigeración en un asunto de planificación territorial.
La resistencia ya no es solo estadounidense

Estados Unidos concentra la mayor cantidad de centros de datos del mundo y por eso aparece como el laboratorio principal del conflicto. Pero la tensión se repite en otros países. Irlanda, Países Bajos, Alemania, España, Chile, Brasil y varias regiones de Asia están discutiendo hasta qué punto pueden absorber nuevas instalaciones sin comprometer energía, agua, suelo o aceptación social.
AlgorithmWatch publicó una guía para comunidades locales que resume el tipo de demandas que empiezan a aparecer: reformas de zonificación, límites verificables de uso de agua y energía, salvaguardas para que los costos de infraestructura no recaigan sobre los residentes y procesos de consulta más transparentes. La organización insiste en que el problema no es la existencia de centros de datos, sino la velocidad y opacidad con la que se están expandiendo.
En Alemania, el debate también llegó al terreno energético. Der Spiegel informó en mayo que EdgeConneX abandonó sus planes de construir una central eléctrica de gas asociada a un centro de datos tras la resistencia local, según recogió DW. En Chile, organizaciones ambientales ya habían logrado frenar o rediseñar proyectos vinculados a grandes centros de datos por preocupaciones hídricas. La discusión, por tanto, dejó de ser técnica: ahora es social.
La IA necesita infraestructura, pero la infraestructura necesita permiso social
Sería fácil convertir esta historia en una guerra simple entre progreso y ecologismo. Pero sería una mala lectura. Los centros de datos son necesarios para servicios que ya usamos todos los días: banca, hospitales, plataformas públicas, empresas, comunicaciones, ciencia, IA y almacenamiento de información. La pregunta no es si deben existir. La pregunta es dónde, con qué energía, con qué agua, con qué transparencia y bajo qué beneficios reales para las comunidades que los alojan.
Esa es la grieta que Brockovich está intentando hacer visible. La nube no flota sobre el mundo: se instala en terrenos concretos, se conecta a redes eléctricas concretas y puede competir por recursos concretos. Y cuando esa infraestructura crece más rápido que la conversación pública, la desconfianza ocupa el lugar que deberían ocupar los datos.
Quizá el mapa de Brockovich no detenga la expansión de la inteligencia artificial. Probablemente tampoco sea su objetivo. Lo que sí puede hacer es cambiar una pregunta básica. Antes, muchas comunidades se enteraban demasiado tarde. Ahora pueden empezar por otra frase, mucho más incómoda para las tecnológicas: ¿qué están construyendo cerca de mi casa y quién decidió que yo no tenía que saberlo?