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Ciencia

El Niño puede provocar inundaciones, sequías y desastres naturales. Pero la ciencia ha descubierto que también es responsable de algo extraordinario para la vida en la Tierra

El Niño suele asociarse con inundaciones, sequías y desastres naturales. Sin embargo, detrás de este fenómeno climático existe una cara menos conocida que puede favorecer la biodiversidad, transformar ecosistemas y resultar fundamental para la vida en el planeta.
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Cuando los meteorólogos anuncian la llegada de El Niño, las primeras imágenes que aparecen suelen ser las mismas: ciudades inundadas, ríos desbordados, campos arrasados y comunidades preparándose para condiciones extremas. El fenómeno climático se ha convertido en una de las grandes señales de alerta del planeta, capaz de alterar las temperaturas y las precipitaciones en regiones separadas por miles de kilómetros.

Pero esa historia tiene una cara mucho menos conocida. En determinados lugares, las mismas lluvias que provocan inundaciones también permiten que nazcan miles de peces, que los desiertos se llenen de flores o que algunos ecosistemas recuperen el agua necesaria para funcionar.

Lejos de ser una contradicción, esta doble cara de El Niño revela algo fundamental sobre el funcionamiento del planeta: los mismos procesos climáticos que representan una amenaza para millones de personas pueden resultar indispensables para la supervivencia de otras especies. Y algunos de sus efectos positivos son mucho más sorprendentes de lo que parece.

El Niño puede provocar inundaciones, pero también ayudar a que nazcan millones de peces

El Niño puede provocar inundaciones, sequías y desastres naturales. Pero la ciencia ha descubierto que también es responsable de algo extraordinario para la vida en la Tierra
Humedales y brazos secundarios del río Paraná. Las crecientes conectan estos ambientes y generan refugios naturales para las crías de peces. © Aire de Santa Fe.

El fenómeno de El Niño ocurre cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental se calientan por encima de lo habitual y alteran la circulación atmosférica. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), este ciclo aparece irregularmente cada dos a siete años y puede modificar las lluvias a escala mundial.

Una de sus consecuencias se observa en la cuenca del río Paraná, en Argentina. Allí, las crecientes que suelen preocupar a las poblaciones ribereñas cumplen una función ecológica fundamental: conectar el cauce principal con lagunas, bañados e islas donde se desarrollan numerosas especies. Pablo Scarabotti, investigador del Conicet y docente de la Universidad Nacional del Litoral, explicó según citas recolectadas por El Litoral que peces como el sábalo, el dorado y el surubí tienen ciclos reproductivos estrechamente relacionados con las inundaciones.

Cuando el nivel del río sube durante la época adecuada, sus larvas pueden ingresar a ambientes de poca profundidad, donde encuentran alimento, vegetación y protección frente a los depredadores. Según explicó el especialista en una entrevista publicada por RTS Medios, estas crecientes favorecen el crecimiento de nuevas generaciones que sostienen las poblaciones y las pesquerías durante años.

La diferencia resulta especialmente importante después de bajantes prolongadas, cuando los peces pueden reproducirse, pero sus crías tienen muchas menos oportunidades de sobrevivir.

Desde desiertos que florecen hasta menos huracanes: los beneficios inesperados de El Niño

El Niño puede provocar inundaciones, sequías y desastres naturales. Pero la ciencia ha descubierto que también es responsable de algo extraordinario para la vida en la Tierra
Imagen satelital de un huracán en el Atlántico. Durante los episodios de El Niño suelen aumentar los vientos que dificultan la formación de ciclones en esta cuenca. © NOAA/NESDIS.

Uno de los ejemplos más espectaculares aparece en el desierto de Atacama, en Chile. En determinadas ocasiones, las lluvias relacionadas con El Niño despiertan semillas que llevaban años esperando bajo la tierra. El resultado es una transformación extraordinaria: superficies habitualmente áridas quedan cubiertas por miles de flores.

El Real Jardín Botánico de Edimburgo explica que algunas de las grandes floraciones del desierto chileno han estado relacionadas con episodios de El Niño, especialmente en 1997 y 2015. La vegetación también proporciona recursos para insectos y otros animales, aunque no todas las floraciones responden exclusivamente a este fenómeno.

Existe además un efecto menos evidente que puede resultar favorable para algunas comunidades: El Niño tiende a reducir la formación de huracanes en el océano Atlántico. La explicación está en los cambios que provoca en los vientos a diferentes altitudes, que dificultan la organización e intensificación de los ciclones tropicales. Según la NOAA, este mecanismo fue uno de los factores considerados para pronosticar una temporada atlántica menos activa en 2026.

Sin embargo, existe una contrapartida: las mismas condiciones pueden favorecer una mayor actividad de huracanes en el Pacífico oriental. El beneficio, por tanto, depende de la región observada. La NASA también señala que las lluvias asociadas a El Niño pueden aportar agua a territorios normalmente secos de América, aunque en episodios intensos ese aporte puede convertirse en una amenaza por inundaciones y deslizamientos.

En definitiva, El Niño no es un fenómeno bueno ni malo por naturaleza. Es una alteración del sistema climático que redistribuye calor, lluvias y riesgos a escala planetaria. Mientras algunas poblaciones sufren sus consecuencias, determinados ecosistemas encuentran condiciones favorables para renovarse. Quizás esa sea su característica más sorprendente: el mismo fenómeno capaz de inundar una ciudad puede contribuir, a miles de kilómetros, a que un desierto florezca o una nueva generación de peces sobreviva.

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