La NASA se prepara para una misión que suena menos a lanzamiento tradicional y más a rescate orbital. El protagonista es el observatorio Neil Gehrels Swift, un telescopio espacial que lleva más de dos décadas observando algunos de los fenómenos más violentos del universo, pero que ahora tiene un problema muy terrestre: está perdiendo altura.
Según la página oficial de la misión Swift Boost, la NASA actualizó la ventana de lanzamiento y la sitúa ahora no antes del jueves 2 de julio, a las 21:09 hora local de Kwajalein, en las Islas Marshall, equivalente a las 5:09 de la mañana en la costa este de Estados Unidos. El lanzamiento se hará con un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman, liberado desde el avión Stargazer a unos 40.000 pies de altitud.
La carga útil no es otro telescopio, sino LINK, un satélite robótico de servicio construido por Katalyst Space. Su tarea será alcanzar a Swift, inspeccionarlo, sujetarlo con brazos robóticos y elevar lentamente su órbita durante varios meses. Si funciona, evitará que el observatorio reingrese en la atmósfera terrestre antes de tiempo.
Swift no estaba preparado para que alguien fuera a rescatarlo

Swift fue lanzado en noviembre de 2004 para estudiar estallidos de rayos gamma, esas explosiones cósmicas breves y extremadamente energéticas que pueden liberar en segundos una cantidad de energía difícil de imaginar. Con el tiempo, se convirtió en una herramienta mucho más versátil: observa en luz visible, ultravioleta, rayos X y rayos gamma, y puede reorientarse rápidamente para estudiar fenómenos transitorios antes de que desaparezcan.
El problema es que Swift opera en órbita baja, donde la atmósfera terrestre no desaparece del todo. Es tenue, sí, pero suficiente para ejercer rozamiento sobre los satélites. De acuerdo con la NASA, todas las naves en órbita baja sufren ese arrastre, y si no tienen sistemas de propulsión para compensarlo, su altitud disminuye poco a poco. En el caso de Swift, una etapa reciente de mayor actividad solar intensificó ese efecto y aceleró su caída orbital.
Ese detalle cambia todo. Swift no fue diseñado para recibir mantenimiento, recarga de combustible ni empujones desde otra nave. No tiene una “manija” pensada para que un robot lo capture con facilidad. Por eso la misión no es rutinaria: LINK deberá acercarse a un observatorio veterano, sujetarlo sin dañarlo y usar sus propulsores para llevarlo a una órbita más alta.
La NASA compró tiempo cambiando cómo observa el cielo
La agencia no se quedó esperando al rescate. Según el artículo en español de NASA Ciencia, el equipo de operaciones de Penn State modificó la manera en que Swift apunta y trabaja para reducir el arrastre atmosférico. En lugar de priorizar objetivos científicos como de costumbre, empezó a elegir orientaciones que colocaran al satélite en una posición más aerodinámica.
También redujeron el consumo energético para poder orientar mejor sus paneles solares y disminuir la resistencia. La meta era mantener a Swift por encima de una altitud crítica de unos 298 kilómetros, el umbral a partir del cual la maniobra de rescate tendría muchas menos probabilidades de éxito. Según las previsiones más recientes recogidas por la NASA, esos cambios deberían mantenerlo por encima de ese límite hasta el otoño boreal.
Es una forma muy extraña de mantener vivo un telescopio: dejar de usarlo como telescopio para que siga existiendo lo suficiente como para poder salvarlo.
LINK será pequeño, pero tendrá una tarea enorme

LINK pesa unos 400 kilos y mide alrededor de 1,5 metros de altura, aproximadamente un tercio del tamaño total de Swift. Según NASA, contará con paneles solares de unos seis metros, tres propulsores iónicos y tres brazos robóticos para realizar la captura. Antes del vuelo, completó pruebas ambientales en el Centro Goddard, donde se simularon condiciones de lanzamiento y del espacio.
La integración con el cohete también ya quedó preparada. Según informó NASA el 10 de junio, los ingenieros instalaron el satélite LINK dentro de un Pegasus XL en la instalación Wallops, en Virginia. Después, el cohete fue acoplado al avión Stargazer, que partió hacia el atolón Kwajalein el 18 de junio con el sistema ya integrado para el lanzamiento.
El uso de Pegasus XL no es casual. A diferencia de un cohete lanzado desde una plataforma fija, Pegasus viaja bajo el fuselaje de un avión L-1011 modificado. Una vez en la zona de lanzamiento, el avión asciende, suelta el cohete y este enciende sus motores en caída libre. NASA explica que este sistema ofrece flexibilidad y acceso rápido a una órbita concreta, algo importante cuando el objetivo está perdiendo altura.
El rescate también es una prueba para el futuro de los satélites
La NASA contrató a Katalyst Space en septiembre de 2025 por 30 millones de dólares para llevar adelante esta misión de rescate. La empresa tuvo menos de un año para diseñar, construir, probar y lanzar un satélite capaz de reunirse con Swift, agarrarlo y elevarlo.
Ese plazo es parte de lo que vuelve interesante a la misión. No se trata solo de salvar un observatorio veterano, sino de demostrar que Estados Unidos puede desplegar con rapidez un servicio comercial de mantenimiento orbital para satélites que no fueron diseñados pensando en una reparación.
AP resume el riesgo con bastante claridad: Swift tiene un valor científico enorme, pero la maniobra no está garantizada. El observatorio pesa alrededor de 1,4 toneladas métricas, fue lanzado hace más de 20 años y nunca fue pensado para ser capturado por brazos robóticos. Aun así, si todo sale bien, podría volver a operar después de la maniobra de elevación.
Salvar a Swift es más barato que reemplazarlo
La NASA lo plantea de forma directa: intentar elevar Swift es más económico que reemplazar sus capacidades científicas. El observatorio sigue siendo útil porque puede reaccionar rápido ante fenómenos fugaces y alertar a otros telescopios espaciales y terrestres para observaciones coordinadas.
La propia NASA describe a Swift como una especie de “herramienta multiusos” para estudiar el cosmos. Esa capacidad de girar rápidamente hacia una explosión, una nova, un agujero negro activo o una señal transitoria lo convierte en un observatorio difícil de sustituir con una sola misión nueva.
Hay algo más de fondo. Si LINK consigue capturar y elevar a Swift, la misión podría convertirse en un modelo para extender la vida de otros satélites científicos, comerciales o gubernamentales. No todos podrán salvarse, y no todos valdrán el coste, pero la idea cambia la relación con la infraestructura espacial: los satélites dejarían de ser objetos que se lanzan, se usan y se abandonan, para convertirse en máquinas que pueden recibir asistencia en órbita.
Swift fue diseñado para mirar las explosiones más violentas del universo. Dos décadas después, su momento más delicado no vendrá de un agujero negro ni de un estallido de rayos gamma, sino de un pequeño robot que deberá alcanzarlo en silencio, sujetarlo con cuidado y empujarlo de nuevo hacia arriba.