Hace 56 millones de años, Wyoming era prácticamente irreconocible. Donde hoy dominan paisajes secos y grandes extensiones de artemisa había bosques densos con enormes metasecuoyas, sicomoros, alisos y palmeras. Entonces ocurrió uno de los mayores experimentos climáticos naturales de la historia de la Tierra.
Una gigantesca cantidad de carbono entró en la atmósfera durante el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM). Los niveles de CO₂ al menos se duplicaron y la temperatura global aumentó aproximadamente entre 5 y 9 ºC, según las estimaciones recopiladas por Nature.
Un estudio publicado ahora en Science ha conseguido reconstruir qué ocurrió después con aquellos bosques. El resultado es bastante menos tranquilizador que la conocida idea de que más CO₂ significa simplemente más plantas.
Al principio el bosque creció. Después perdió un 61% de su cubierta de hojas

Los investigadores recurrieron a algo minúsculo: fragmentos de la cutícula de hojas fosilizadas preservados en los carbones y lignitos de la cuenca de Hanna, en Wyoming.
Las células epidérmicas de una hoja cambian dependiendo de cuánta luz reciben. Las que crecen bajo la sombra de un bosque cerrado tienden a alargarse más que aquellas expuestas directamente al Sol.
El equipo comprobó primero esa relación en bosques actuales de América Central y del Sur. Después midió miles de células fósiles y utilizó su geometría para calcular el llamado índice de área foliar (LAI), una medida de cuánta superficie de hojas existe sobre una determinada extensión de terreno. Es la primera vez que esta técnica permite cuantificar directamente la densidad de un bosque del PETM. Y apareció una historia en dos actos.
El aumento inicial del CO₂ favoreció primero el crecimiento vegetal. Pero ese efecto no duró. Durante los siguientes miles de años, el área foliar del bosque cayó aproximadamente un 61%. Incluso después de aquella caída extrema, permaneció alrededor de un 35% por debajo de sus niveles anteriores durante decenas de miles de años.
El bosque necesitó más de 100.000 años para recuperarse.
El CO₂ dejó de ser fertilizante cuando el planeta se volvió demasiado caliente

El resultado parece contradictorio solo a primera vista. Las plantas necesitan CO₂ para realizar la fotosíntesis y, bajo determinadas condiciones, concentraciones mayores pueden estimular su crecimiento. Eso habría ocurrido inicialmente durante el PETM. Pero los árboles también necesitan agua y temperaturas dentro de unos límites fisiológicos.
A medida que continuó el calentamiento, el aumento de la evaporación y la sequedad comenzó a superar aquella ventaja. Grandes árboles desaparecieron, las copas se abrieron y especies adaptadas a ambientes más cálidos migraron hacia Wyoming. Helechos y palmeras ganaron terreno mientras cambiaba casi por completo la composición vegetal.
La transformación no terminó en las plantas. Con menos cubierta vegetal aumentó la erosión, cambió el ciclo del agua y disminuyó la cantidad de carbono almacenada en la biomasa. También aumentaron las señales de daños provocados por insectos sobre las hojas fósiles. En otras palabras: cuando el bosque empezó a deteriorarse, también perdió parte de su capacidad para actuar como amortiguador climático.
La diferencia inquietante es que hoy estamos pisando el acelerador mucho más fuerte
El PETM no es una reproducción exacta de 2026. La distribución continental era distinta, no existían sociedades humanas y las causas de aquella liberación de carbono fueron diferentes.
Pero ofrece algo que ningún experimento moderno puede proporcionar: una película de cómo responde un ecosistema durante decenas de miles de años después de un enorme aumento del carbono atmosférico. Y hay una diferencia particularmente importante. La liberación actual de carbono está ocurriendo aproximadamente un orden de magnitud más rápido que durante el PETM. Mientras aquel cambio se desarrolló durante miles de años, la humanidad está comprimiendo una transformación enorme en apenas siglos.
Los investigadores ya señalan señales preocupantes en bosques modernos sometidos simultáneamente a calor, sequías, incendios, deforestación y fragmentación. Ellen Currano, coautora del estudio, apunta especialmente al Amazonas como uno de los lugares donde comienzan a observarse cambios similares.
Aquellas diminutas células fósiles de Wyoming han dejado así una advertencia gigantesca: la última vez que el CO₂ se disparó y el planeta siguió calentándose, el bosque no terminó convertido en una jungla exuberante. Perdió más de la mitad de su cubierta de hojas y la Tierra necesitó más de 100.000 años para recuperarla.