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Ciencia

Las enterraron con arcos, flechas y una daga, pero durante más de un siglo se creyó que eran simples símbolos. Sus huesos sugieren que las princesas de Dahshur entrenaban hasta dejar marcas en el cuerpo

Cinco mujeres de la realeza egipcia pasaron más de cien años olvidadas en los depósitos de un museo. El nuevo análisis de sus esqueletos describe una vida de movimientos repetidos, lesiones curadas y esfuerzo físico que no encaja con la imagen de una élite femenina sedentaria.
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La daga de la princesa Ita era demasiado hermosa para parecer un arma cotidiana. Su empuñadura, decorada con oro, lapislázuli, turquesa y cornalina, encajaba perfectamente en la idea de un objeto creado para acompañar a una mujer de la realeza durante su viaje al más allá.

Lo mismo ocurría con los arcos, flechas, mazas y bastones encontrados en otras tumbas femeninas de Dahshur. Durante décadas resultó sencillo interpretarlos como emblemas de rango, elementos religiosos o una prolongación funeraria del poder del faraón. Nadie esperaba que las princesas hubieran sostenido realmente aquellas armas.

El problema es que sus cuerpos cuentan una historia distinta.

Un equipo de investigadores volvió a estudiar los restos del rey Hor y de cinco mujeres de la realeza que vivieron durante el Reino Medio, aproximadamente entre 1850 y 1700 a. C. El análisis encontró inserciones musculares especialmente desarrolladas, asimetrías y modificaciones en brazos, hombros y manos compatibles con movimientos intensos y repetidos, entre ellos tensar un arco o sujetar con fuerza una daga o una maza.

No convierte automáticamente a estas mujeres en generales ni demuestra que combatieran en una guerra. Pero sí obliga a sacar a las princesas egipcias del lugar decorativo en el que la historia moderna decidió colocarlas.

El descubrimiento llevaba más de un siglo dentro de dos cajas

Las enterraron con arcos, flechas y una daga, pero durante más de un siglo se creyó que eran simples símbolos. Sus huesos sugieren que las princesas de Dahshur entrenaban hasta dejar marcas en el cuerpo
© Frontiers.

Los esqueletos fueron recuperados por el arqueólogo francés Jacques de Morgan durante sus excavaciones de 1894 y 1895 en los complejos piramidales de Amenemhat II y Amenemhat III, en Dahshur. Parte de los restos fue examinada entonces de manera superficial, pero el conjunto acabó trasladado al Museo Egipcio de El Cairo y permaneció prácticamente olvidado hasta su redescubrimiento durante un proyecto de conservación iniciado en 2020.

Las cajas conservaban al rey Hor, a las princesas Ita, Khenmet, Itaweret y Noub-Hotep, y a una quinta mujer cuya identidad no es segura. El contexto funerario sugiere que podría tratarse de Sathathormeryt, enterrada junto a Itaweret con un ajuar que incluía arco, flechas, cetros y un flagelo. Sin embargo, la identificación depende de las antiguas etiquetas y de la relación entre el cuerpo y los objetos hallados en el siglo XIX.

El abandono tuvo consecuencias. Los cráneos de las mujeres habían sido separados de los cuerpos para estudiarlos en la Escuela de Medicina de El Cairo y terminaron perdiéndose. De cada esqueleto solo se conserva entre aproximadamente el 22% y el 58%, por lo que la reconstrucción de sus vidas está hecha con piezas incompletas.

Aun así, los huesos que sobrevivieron guardaban algo que las joyas no podían ofrecer: el registro de lo que aquellas personas hicieron una y otra vez mientras estaban vivas.

Un arco no queda grabado en el hueso, pero el gesto de tensarlo sí

Las enterraron con arcos, flechas y una daga, pero durante más de un siglo se creyó que eran simples símbolos. Sus huesos sugieren que las princesas de Dahshur entrenaban hasta dejar marcas en el cuerpo
© Frontiers.

Los músculos no se conservan durante cuatro milenios, pero los puntos donde se unían al esqueleto pueden desarrollarse de manera diferente cuando una actividad se repite durante años.

Itaweret presentaba zonas especialmente robustas en las clavículas, el pecho, los hombros y los antebrazos. Los investigadores relacionan ese patrón con la secuencia necesaria para disparar un arco: estabilizar el torso, extender un brazo y tirar repetidamente de la cuerda con el otro. Khenmet mostraba también modificaciones compatibles con ese tipo de movimiento.

El caso de Ita apuntaba hacia otra clase de esfuerzo. La musculatura asociada con el agarre, el pulgar, los dedos y la rotación del antebrazo estaba muy desarrollada, especialmente en el lado derecho. El patrón encaja con la manipulación habitual de armas de mano, como la daga encontrada dentro de su tumba o una maza.

Noub-Hotep, enterrada con flechas, presentaba fuertes inserciones musculares en el antebrazo y la mano, además de una curvatura particular en uno de sus metacarpianos. El rey Hor mostraba marcas similares a las observadas en las mujeres, algo que llevó al equipo a interpretar estas actividades como parte de una práctica compartida dentro de la élite, no como una anomalía exclusivamente femenina.

Tampoco eran cuerpos intactos. Itaweret había sobrevivido a fracturas en las costillas y el pie. Otros miembros del grupo presentaban traumatismos ya curados, infecciones, desgaste vertebral y señales de estrés nutricional. Su posición privilegiada no evitó las lesiones, aunque probablemente sí les permitió recibir cuidados capaces de mantenerlas con vida hasta que los huesos sanaran.

No sabemos si lucharon en una guerra, pero ya no podemos imaginarlas inmóviles

Los huesos registran movimientos, no profesiones. Una inserción muscular robusta no puede distinguir por sí sola entre una batalla, una cacería, un entrenamiento ceremonial o años de práctica deportiva. Tampoco permite saber si las armas fueron utilizadas contra otra persona.

Esa incertidumbre no reduce el interés del hallazgo. Lo cambia.

La pregunta ya no tiene que ser si estas princesas fueron “guerreras” en el sentido moderno, una etiqueta atractiva pero demasiado rígida. Lo realmente revelador es que algunas mujeres de la realeza parecen haber recibido una formación física especializada y constante. El arco, la daga y la maza podían formar parte de su educación, de ceremonias vinculadas al poder, de la caza o incluso de una preparación militar que aún no podemos reconstruir por completo.

El estudio también plantea que el rango social podía ampliar los límites asociados al género. Estas mujeres no realizaban trabajos manuales ordinarios, pero sus cuerpos tampoco reflejan una vida de quietud. El esfuerzo estaba estructurado, era preciso y respondía a prácticas propias de su posición dentro de la corte.

Durante más de un siglo, la arqueología miró sus ajuares y vio símbolos. Ahora la bioarqueología ha mirado sus brazos, hombros y manos, y ha encontrado repetición, fuerza y aprendizaje.

Puede que nunca sepamos contra qué apuntaban. Pero cuatro mil años después, sus huesos todavía recuerdan que tensaban la cuerda.

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