Cuando los arqueólogos abrieron las tumbas de varias princesas egipcias a finales del siglo XIX, encontraron junto a ellas arcos, flechas, dagas, mazas y otros objetos habitualmente asociados con la guerra y la caza. Durante más de un siglo quedó abierta una pregunta difícil de responder: ¿aquellas armas habían pertenecido realmente a las mujeres enterradas o eran únicamente símbolos de poder colocados durante el funeral?
Un nuevo análisis de sus huesos ofrece ahora una respuesta mucho más concreta. Cinco mujeres de la realeza que vivieron hace unos 4.000 años presentan marcas musculares y alteraciones óseas compatibles con movimientos repetitivos de alta intensidad, como tensar un arco, estabilizar un arma o sujetar con fuerza una daga.
El estudio, publicado en Frontiers in Environmental Archaeology, sostiene que estas princesas no llevaron necesariamente la vida sedentaria que podría esperarse de su posición. Sus esqueletos muestran que participaron de forma habitual en actividades físicamente exigentes, probablemente vinculadas con la arquería, la caza, el entrenamiento marcial o determinadas prácticas rituales.
Unas momias desaparecidas durante un siglo reaparecieron en el sótano de un museo

Los restos fueron recuperados originalmente entre 1894 y 1895 durante las excavaciones dirigidas por el arqueólogo Jacques de Morgan en Dahshur, una gran necrópolis situada al sur de El Cairo. Procedían de los complejos funerarios levantados alrededor de las pirámides de Amenemhat II y Amenemhat III, durante las dinastías XII y XIII del Reino Medio.
El conjunto incluía a las princesas Ita, Khenmet e Itaweret, una mujer anónima que los investigadores identifican provisionalmente como Sathathormeryt, la princesa Noub-Hotep y el rey Hor. Las cuatro primeras habrían sido hermanas e hijas del faraón Amenemhat II, mientras que Noub-Hotep y Hor pertenecieron a una etapa ligeramente posterior.
Tras pasar por distintas instituciones, los restos quedaron almacenados en cajas de madera y permanecieron sin estudiar durante décadas. Fueron localizados nuevamente en 2020, durante un proyecto de conservación de las colecciones bioarqueológicas del Museo Egipcio de El Cairo. Algunos huesos todavía conservaban los nombres escritos a mano por los excavadores del siglo XIX y fragmentos de los periódicos utilizados para envolverlos.
El estado de conservación era irregular. De Ita sobrevivía cerca del 58% del esqueleto, mientras que de la mujer identificada como Sathathormeryt apenas se conservaba alrededor del 22%. Los cráneos de las princesas, trasladados a otra institución a comienzos del siglo XX, se encuentran actualmente perdidos. Esta ausencia limita la posibilidad de reconstruir por completo su salud, alimentación y parentesco.
Sus brazos conservaban las señales de movimientos repetidos durante años

Los investigadores analizaron los lugares donde los músculos, tendones y ligamentos se unen a los huesos. Cuando una persona repite durante largos periodos una actividad físicamente exigente, algunas de estas zonas pueden adquirir una robustez particular y conservar una huella aproximada de los movimientos realizados en vida.
Khenmet e Itaweret presentaban un desarrollo notable en puntos de inserción del antebrazo relacionados con la rotación, la tracción y la estabilización del brazo. Según indica el estudio, la combinación resulta compatible con el gesto repetido de tensar una cuerda y sostener un arco. Itaweret también tenía inserciones especialmente fuertes en el pecho, los hombros y las clavículas.
En los huesos de Ita aparecieron señales diferentes. Los músculos de su mano y su antebrazo derecho estaban muy desarrollados, incluidos los que intervienen al flexionar los dedos y cerrar el puño. Los autores relacionan este patrón con la sujeción habitual de objetos como dagas o mazas. Precisamente, en su tumba se había encontrado una elaborada daga de bronce con una empuñadura decorada.
Noub-Hotep ofrece otro de los casos más llamativos. Sus antebrazos y su mano derecha conservaban inserciones musculares muy marcadas, mientras que uno de los metacarpianos presentaba una curvatura sin signos de enfermedad. La princesa fue enterrada junto a varias flechas, una coincidencia que refuerza la interpretación de que utilizó un arco de manera frecuente.
Estas huellas no permiten reconstruir una sesión concreta de entrenamiento ni demostrar que las princesas combatieran en una guerra. Las marcas musculares pueden estar influidas por la edad, la anatomía individual y otras actividades. Sin embargo, su repetición en diferentes mujeres, unida a las armas depositadas en sus tumbas, ofrece un argumento mucho más sólido que el proporcionado por los objetos funerarios por sí solos.
Fracturas, infecciones y desgaste en mujeres que pertenecían a la élite

Los esqueletos también conservaban lesiones que muestran que la posición social no las protegía de todos los riesgos. Itaweret sobrevivió a fracturas en varias costillas y en tres huesos del pie, posiblemente provocadas por caídas, golpes o accidentes. Las lesiones habían cicatrizado correctamente, lo que indica que recibió cuidados y dispuso del tiempo necesario para recuperarse.
Khenmet, fallecida entre los 35 y los 45 años, presentaba pérdida de densidad ósea, desgaste articular y señales compatibles con una antigua infección. Los investigadores consideran posible que sufriera osteoporosis o algún trastorno metabólico, aunque serán necesarios nuevos análisis para confirmarlo.
También se encontraron alteraciones congénitas poco frecuentes en las vértebras de varios individuos. Ita tenía espina bífida oculta en la región sacra, Khenmet una abertura anómala en la primera vértebra cervical y Hor y Noub-Hotep compartían otras variaciones en la unión de la columna con la pelvis. La repetición de estos rasgos apoya la existencia de vínculos familiares estrechos y posibles prácticas endogámicas dentro de la realeza.
El estudio identifica además restos de incienso y resina de enebro utilizados durante la momificación. Eran sustancias valiosas que debían llegar a Egipto mediante redes comerciales de larga distancia, una muestra de que estas personas recibieron un tratamiento funerario reservado para la élite incluso cuando sus cuerpos revelaban enfermedades, traumatismos y estrés físico acumulado.
Las armas de sus tumbas empiezan a contar una historia diferente
La presencia de arcos en enterramientos femeninos había sido interpretada tradicionalmente desde una perspectiva simbólica. Podían representar protección, autoridad o la participación de la princesa en la regeneración ritual del faraón, sin implicar necesariamente que hubiera utilizado el arma durante su vida.
Los nuevos resultados no eliminan esa función ceremonial. Un objeto podía ser al mismo tiempo una herramienta práctica y un símbolo de identidad. Lo que cambia es que los huesos permiten considerar seriamente que algunas mujeres de la familia real fueron entrenadas para manejar aquellas armas.
La investigación tampoco demuestra que todas las princesas egipcias fueran guerreras. El conjunto es pequeño, los esqueletos están incompletos y procede de un contexto real muy específico. Lo que revela es una élite femenina mucho más activa de lo que suele sugerir la imagen de mujeres rodeadas únicamente de joyas, sirvientes y ceremonias.
Hace aproximadamente 4.000 años, aquellas princesas pudieron tensar arcos, practicar la caza y ejecutar movimientos que exigían fuerza, precisión y entrenamiento constante. Las armas enterradas junto a ellas quizá no representaban una vida imaginada para el más allá. Sus propios huesos indican que también formaron parte de la vida que dejaron atrás.