En julio del año 2025, las aguas desbordadas arrasaron con todo a su paso en el noroeste del condado de Travis. Pero, al retirarse, dejaron al descubierto un vestigio de otro tiempo: las huellas fosilizadas de un depredador que reinó sobre Norteamérica hace más de cien millones de años. El hallazgo, tan fortuito como revelador, ya está reescribiendo fragmentos de la historia geológica local.
Un rastro en el barro del tiempo

Las quince huellas, cada una de entre 46 y 51 centímetros de largo, emergieron en la ribera de Sandy Creek mientras un grupo de voluntarios retiraba escombros de la crecida. La confirmación llegó pocos días después, el 5 de agosto, cuando el paleontólogo Matthew Brown, de la Universidad de Texas en Austin, verificó que pertenecían a un dinosaurio carnívoro similar al Acrocanthosaurus, un bípedo de hasta 11 metros de longitud que dominó el territorio durante el Cretácico temprano.
El patrón en que se disponen (una especie de enredo de pisadas) sugiere que no se trataba de un ejemplar aislado, sino posiblemente de varios individuos moviéndose juntos.
Tecnología para revivir la escena

Brown y su equipo planean regresar al lugar para documentar las huellas, tanto las recién expuestas como las ya registradas en la década de los ’90. Ahora cuentan con herramientas impensables entonces: drones y escáneres de superficie capaces de generar modelos 3D de los rastros, lo que podría aportar pistas sobre la anatomía, la zancada y la dinámica de grupo de estos animales.
El lecho de Sandy Creek corta la Formación Glen Rose, una capa rocosa de unos 110 millones de años. Es en estas mismas rocas donde las huellas quedaron impresas y, gracias a la erosión provocada por la tormenta, reaparecieron a la luz.
Un legado fósil bajo tierra
El condado de Travis se encuentra a unos 320 kilómetros al sur del Parque Estatal Dinosaur Valley, célebre por sus huellas prehistóricas. No es extraño hallar rastros similares en la región, pero cada descubrimiento añade piezas nuevas al rompecabezas de la fauna mesozoica texana.
En aquella era, gran parte del estado estaba cubierto por lodazales y mares poco profundos que guardaron, como si fueran páginas petrificadas, el testimonio de criaturas que caminaban, cazaban y sobrevivían en un mundo ya desaparecido. Hoy, esos pasos vuelven a contar su historia.